Mi
cabeza me está matando. Es como si tuviera tambores en el cerebro y un nene
chiquito los estuviera golpeando con una felicidad enorme. Me retumba todo.
Siento que todo va a estallar, en cualquier momento. Ojalá sea pronto. Ya no
quiero soportarlo más. Se acabaron los analgésicos. Afuera está lloviendo.
Ahora mismo, estoy frente a la ventana, observando. Esperando. Esperándola. No
puedo vivir con toda esta culpa. No puedo evitar sentirla. ¿Qué hice mal?
Siempre creí ser un buen padre. ¿Qué falló? Siempre pensé que los dos juntos
estábamos bien, que no necesitábamos a nadie más. Pero, ¿era así? ¿Acaso ella
siempre necesitó una madre y yo nunca quise verlo? Pero lo que más me
atormentaba era que había decepcionado a Lisa. Le había prometido que cuidaría
bien de nuestra hija Emma, antes de que muriera. El parto se había complicado y
Lisa perdió mucha sangre. No lo resistió.
Ahora
me pregunto si Emma tendrá frío y hambre, si está consciente, si piensa que la
estoy buscando o ya perdió las esperanzas. “Porque yo sigo buscándote, y no voy
a parar hasta encontrarte” pensé. No me voy a rendir. Ojalá apareciera
caminando por la vereda ahora. Ojalá estuviera en el jardín que ahora estoy
observando, girando con los brazos extendidos y con la cara hacia el cielo, con
los ojos cerrados, como hacía cuando tenía ocho años. A Emma siempre le gustó
la lluvia. Aunque eso significara pescar un resfriado después.
Hace
tres meses que Emma había desaparecido. Todo empezó hace cinco meses, había
dicho el detective Thomas. Emma acababa de cumplir dieciséis años. Y su tío,
hermano de Lisa, le regaló una laptop para ella. Tenemos una computadora en la
casa, pero siempre fue de los dos. Yo no soy de esos padres que se meten en los
asuntos de sus hijos todo el tiempo. Espero que no malinterpreten esto, yo
cuido a mi hija, pero no soy extremista. Pero si lo hubiera sido ¿Esto hubiera
pasado? No, pero ella no sería
feliz, dijo una voz dentro de
mi cabeza. Pero ella estaría acá, conmigo. Emma se alegró mucho con su nueva
laptop, ya que, según ella, era más cómodo escribir sus historias acostada en
su cama. ¿Tendrá una cama para dormir en este momento? Trataré de no analizar
las posibles respuestas a eso. En los siguientes meses no noté nada raro
en ella hasta el día que me contó todo, estaba tan alterada, nunca la había
visto tan asustada. Ese día fue el último en que la vi. El detective Thomas me
dijo que la única forma de darse cuenta de algo así, era haber leído los
historiales de su laptop a menos que la víctima le contara a alguien, y que
generalmente es así en todos los casos de este tipo. Pero Emma no era como
todos los demás casos, yo lo sabía, y no porque fuera su padre. Emma era
inteligente, en cuánto las cosas estuvieron fuera de sus manos, me contó todo,
pero yo fui lento. Yo no hice lo suficiente, no la protegí como debería haberlo
hecho. Y me arrepentiré de ello por el resto de mi vida.
Resulta
que mi Emma, estuvo comunicándose por internet con un tal “Toby” por dos meses.
En las conversaciones de las redes sociales, se muestra como un chico de la
edad de mi hija, dice vivir en las afueras de la ciudad, ir a la escuela, en
fin, un adolescente normal. Si yo no hubiera leído eso en una situación como
esa, lo habría creído. Las conversaciones no eran frecuentes en un principio.
Pero “Toby” se las había ingeniado para captar la atención de Emma. Le
planteaba problemas, por ejemplo, le decía que le había pasado tal cosa, alguna
situación común en los adolescentes, en la que ella se sentía identificada y de
alguna forma terminaban hablando de un tema en general, que llevaba a otro tema
y así. A veces las conversaciones duraban horas. Así, este hijo de puta se
apropió de la confianza de mi hija y se aprovechó de ella. Pero algo sucedió
después, algo que delató las intenciones de Toby. Mi hija siempre ha mantenido
mejores amistades con chicos que con chicas. Desde que era pequeña le fue más
fácil sociabilizar con ellos. No soy celoso. Emma siempre supo elegir bien a
sus amigos. Excepto a Toby.
Cuando
Toby le dijo a mi hija de encontrarse en un lugar para verse y solos, ella lo
rechazó de inmediato. En el segundo intento, Toby la invitó a una fiesta
y le dijo que podía llevar amigas, Emma volvió a rechazarlo. Acá es cuando las
cosas comienzan a complicarse más. Al día siguiente, Emma le envió un mensaje a
Toby, que decía que no la molestara más y que no le interesaba tener algún
contacto con él. Luego lo eliminó de todas las redes sociales. Una semana
después me contó todo, una semana después desapareció, una semana después la
verdadera pesadilla comenzó.
Según
el relato de Emma, el día en que le mandó ese mensaje a Toby y decidió no
mantener ningún contacto más con él, fue cuando en la mañana, al llegar a la
escuela y entrar en su curso encontró un oso de peluche enorme sobre la mesa en
la que ella ocupaba todos los días. La mesa estaba al lado de la ventana, que
daba hacia la calle, tranquilamente cualquiera podría observarla desde la
vereda, aunque ella no había visto a nadie hacerlo. Sobre las piernas del oso y
apoyada contra su panza, se hallaba un sobre rojo que decía “Emma”. En un
principio, mi hija pensó que era una broma de alguno de sus amigos, ella no
tenía novio, pero al leer la carta y la firma “Toby” un escalofrío la abrumó.
Nadie sabía de la existencia de Toby. Hasta ese día. Cuando llegó uno de sus
amigos y la encontró llorando con los pedazos de la carta esparcidos por la
mesa, Emma le contó todo. Su amigo, August, la tranquilizó y le pidió que la
dejara ayudarla, ella aceptó con la condición de que no le contara nada a nadie.
Al día
siguiente, por la tarde, Emma fue a su clase de educación física, dejó su bolso
en el vestuario y se concentró en mejorar sus pases. Al finalizar la clase y
dirigirse junto a las demás chicas, entre ellas su mejor amiga Rose, encontró
su bolso tirado en el suelo, con todas sus cosas desparramadas, como si el
bolso hubiera sido arrojado en un acto de furia. Y sobre éste, una nota impresa
que decía “no te desharás de mí”. A Emma estaba por darle un ataque de histeria
cuando Rose tomó las cosas rápidamente y sacó a mi hija de allí lo antes
posible. Una vez en la calle, Emma logró no estallar en un ataque nervioso,
sólo algunas lágrimas escaparon de sus ojos. Pero nada que llamase la atención
alrededor. En cuanto se tranquilizó, llamó a August y ambas fueron a su casa.
De donde me llamó más tarde para pedirme permiso para quedarse a dormir. No era
algo anormal, conozco a los padres de August desde hace años. No noté nada raro
en su voz. Emma con la ayuda de August le contó todo a Rose. Y juntos los tres,
comenzaron a buscar soluciones para el asunto. La primera fue, que Emma no se
quedara sola en ningún momento. Las noches que yo trabajaba, o Rose se quedaba
a dormir, o Emma iba a dormir a lo de Rose, o a lo de August. Pero eso no fue
suficiente.
Una
noche, yo tuve que ir a trabajar, Rose y Emma se quedaron solas por unas horas.
Era medianoche, yo volvía hacia la casa cuando sucedió, ambas estaban
durmiendo, entonces Emma oyó que algo golpeaba la ventana. Se sentó en la cama
y esperó. El sonido de la piedra golpeando el vidrio la terminó de despertar.
Alguien estaba arrojando piedras a la ventana. Se levantó de la cama y caminó
hacia ella. Al mirar hacia afuera, todo estaba oscuro, pero pudo ver que al
lado de un poste de luz había una persona vestida toda de negro, que por su
contextura se adivinaba que era un hombre. Según Emma, justo en el instante que
reparó en él la mirada, éste levantó su brazo en dirección hacia ella, en la
mano tenía una rosa roja. Emma me explicó que por un segundo pensó que se
quedaría clavada allí del susto. Pero pudo reaccionar y despertó a Rose. Cuando
ambas se acercaron nuevamente a la ventana ya no había nadie, sólo la rosa
yacía en el suelo.
A los
diez minutos, sonó su celular. Ella atendió, dijo “hola” varias veces y nadie
contestó del otro lado, cortó la llamada, el número era desconocido. Cinco
minutos después, el celular volvió a sonar. Se repitió lo mismo tres veces, y a
la tercera vez Emma le gritó que la dejara en paz. Entonces, le llegó un
mensaje que decía “Sos mía”. Entonces fue cuando decidió contarme lo que
pasaba, pero en la mañana. Así lo hizo, cuando me enteré no sabía qué
pensar.
En una
situación así, podría haber enloquecido, pero no fue así. No fue así porque mi
hija estaba muy dolida, pero sobre todo asustada y no le beneficiaba que yo
reaccionara de esa manera. Después de estar consolándola por un rato, Emma se
calmó y ambos estuvimos de acuerdo en llamar a la policía. Así lo hicimos, pero
no sirvió de nada, ya que no teníamos suficientes pruebas, el acosador de mi
hija no le había hecho nada. Lo más grave que había hecho era tirar piedras a
mi casa. Emma no tenía conocimiento alguno de su aspecto, ya que se había
presentado a oscuras y vestido completamente de negro, podría ser cualquiera.
Además, no había pruebas de que era el mismo que había hecho el desastre en el
vestuario del gimnasio, lo mismo con el oso de peluche. Después de discutir
acaloradamente con el oficial de policía, tuve que desistir, lo único que nos
faltaba es que me llevaran detenido a mí.
Así
que, tuve que proteger a mi hija por mis propios medios. Ese día, llamé a mi
trabajo y dije que me encontraba enfermo, por lo que no iría. Emma no fue al
colegio, nos quedamos juntos en la casa, ideando planes para resolver esto. La
única manera de conseguir pruebas, era dejar que el maldito se acercara a mi
hija, y eso no iba a pasar. Entonces comenzamos a investigar todo lo que
pudimos, en base a lo que teníamos. Lo que logramos no fue mucho. El oso no
tenía etiqueta del local donde lo habían comprado, las cartas estaban impresas
y el número del celular era desconocido. No teníamos conocimientos para
averiguarlo. Entonces Emma llamó a August, que tenía un poco de conocimiento en
el tema de informática. Luego de unas horas, vino a la casa e intentó rastrear
el número de IP de la computadora que usaba Toby para comunicarse con Emma.
Finalmente, después de mucho trabajo, logró localizarlo, un cyber en el centro
de la ciudad. Todos nos decepcionamos, tantas horas de trabajo y no teníamos nada.
Entonces el teléfono comenzó a sonar, no el celular de Emma, el teléfono de
nuestra casa. Y yo atendí esta vez, pero al decir “hola” se cortó la llamada. Y
esto se repitió varias veces, Emma comenzó a ponerse nerviosa. Yo, enfurecido,
tomé el teléfono y le grité que parara, que nos dejara en paz y que iba a
llamar a la policía. Entonces, dejó de sonar el teléfono. Emma, August y yo nos
quedamos en silencio, mirándonos. De repente, sonó el celular de Emma, ella lo
tomó en sus manos y lo miró, dejó que sonara y no contestó. Silencio. El
celular sonando otra vez, una, dos, tres veces. Silencio. Emma me miró. August
estaba inquieto y miraba hacia fuera por las ventanas del living. Se dio vuelta
y nos dijo que había alguien afuera. Comenzamos a movernos y le ordené a
mi hija que se quedara donde estaba. Miré por la ventana. En la vereda de
enfrente de nuestra casa, había un auto negro estacionado, con un hombre
adentro que no se divisaba bien. Pero claramente podíamos ver la mano en su
oreja. Creo que en ese momento perdí el control, el odio me invadió, quería
salir y darle una buena paliza al hombre. Estaba ya saliendo de la casa cuando
mi hija me detuvo. Tenía lágrimas en los ojos y se estremecía con el celular en
las manos. Me acerqué y le pregunté que le pasaba. Ella me dio el celular. En
la pantalla se visualizaban fotos de Emma. Emma yendo al colegio, Emma en el
colegio, Emma en casa de August, Emma con Rose, Emma caminando por la calle y
la última, Emma durmiendo en su propia cama. Luego había un video, en el que se
veían Emma en su habitación con Rose hablando. Mientras asimilaba lo que veía,
August interrumpió mis pensamientos hablando casi a los gritos, con un tono de
alivio, diciendo que el tipo se marchaba. Entonces miré por la ventana y en
definitiva, el auto se movía, se marchaba, pero no por mucho.
El
momento de alivio, duró unos segundos, un mensaje le había llegado a Emma. Esta
vez Toby decía que vendría por Emma para que estuviesen juntos para siempre y
que mataría a cualquiera se interpusiera. Que aunque llamara a la policía se la
llevaría, que tenía ojos en todos lados y que nadie podría evitar que
estuviesen juntos. Después aclaraba que si se entregaba por voluntad propia, no
lastimaría a nadie, por lo contrario, haría lo que tendría que hacer para
llevársela. Esto nos horrorizó a los tres e inmediatamente llamé a la policía.
No sabía que más hacer. Esta vez, un policía vino a la casa, le ofrecimos
todas las pruebas que teníamos, que no eran muchas, dijo que las investigaría y
que vendría un móvil policial con dos policías a custodiar la casa todo el día
y la noche. Así fue, pero ni eso impidió que se llevaran a mi niña. Desde
entonces me pregunto si de no haber ido a trabajar esa noche, podría haberlo
impedido. Aunque sea una persona que casi llega la mitad de años de su vida,
que ya no es tan ágil. Y si August, un chico joven, con más habilidades que yo,
no pudo hacerlo, no me deja muchas posibilidades. Pero si hubiéramos estado los
dos…Estaríamos muertos.
Todo
ocurrió en la noche, antes del cambio de guardia de policía. Yo había ido a
trabajar, sin ganas, luego de que mi hija insistiera en ello. Después de todo,
había policías en la vereda y August estaba en la casa. Qué tontos fuimos.
Cuando llegué del trabajo, había dos autos de policía en la entrada de mi casa.
Eso ya me alteró, porque el cambio de guardia era hace una hora. Bajé de mi
auto, pasé por al lado de las patrullas, ambas tenían las puertas delanteras
abiertas. De uno de ellos, del asiento del conductor, un policía descansaba, con
la cabeza hacia atrás. Mi primera impresión fue que estaba dormido, ya que, a
pesar de las luces de la calle, estaba oscuro. Al acercarme más, logré ver que
tenía un tajo enorme de oreja a oreja y estaba cubierto de sangre. Había sangre
por todos lados, en su cuerpo, salpicada en el parabrisas y en el piso.
En el asiento del acompañante, se divisaban unas piernas. Rodeé el auto y
vi que el otro oficial había caído de costado al intentar salir, supuse, pero
no lo había logrado. El mango de un cuchillo sobresalía de su ojo y un enorme
charco de sangre se había esparcido por el asfalto de la calle. Sentí la acidez
del vómito cuando llega hasta la garganta y lo retuve, en una reacción de
urgencia por la vida de mi niña. Tomé el arma de los pantalones del policía que
tenía el cuchillo en el ojo y corrí hacia la casa. Al entrar todo estaba muy
silencioso, todo parecía normal, y saber que no era así, le daba un contraste
espeluznante a la situación. Subí las escaleras tratando de hacer el menor
ruido imposible. Aunque sentía que el latido de mi corazón me delataba. Con el
arma en alto, recorrí el pasillo, fui directo a la habitación de Emma. Ya me
imaginaba, encontrar a Toby ahí y poder dispararle hasta matarlo, realmente lo
deseaba. Al ingresar en la habitación de Emma no había ningún Toby allí. Ni
ninguna Emma. Solo dos policías de cuclillas al lado del cuerpo de August. Uno
de ellos intentó de revivirlo, pero ya era demasiado tarde, la bala había
pasado muy cerca del corazón y August se desangró en menos de dos minutos. Los
policías habían llegado no mucho antes que yo y August todavía tenía pulso,
llamaron a la ambulancia, hicieron todo a su alcance para salvarlo y no lo
lograron. Toby había cumplido su promesa.
En los
siguientes meses no supimos más de Toby. La policía ni siquiera tenía una
pista. No había dejado huellas en la casa, ni en el cuchillo con el que mató a
los oficiales el día en que se llevó a Emma. Las únicas personas que lo vieron
estaban muertas. Nadie sabía cómo lucía. La foto de mi hija salió en los
noticieros, y pegué mil copias de ella por todos lados. Nadie la vio.
Fui a
los funerales de los oficiales y de August. Vi el sufrimiento de sus
familiares. Pero la diferencia es que ellos tenían a quién velar, de quién
despedirse. Tenían la posibilidad de seguir adelante y superarlo. Yo no. Porque
mi Emma no está muerta. Mi Emma está en algún lugar, esperando ser rescatada. Y
yo no puedo hacer nada.
Ya no
puedo mantener los ojos abiertos con este dolor de cabeza, así que, cierro las
cortinas, apago la luz del living y me dirijo a mi dormitorio. Sé que no voy a
poder dormir. Hace meses que no duermo bien. Camino por el pasillo, paso por la
puerta de la habitación de Emma y me detengo ahí. Sin pensar entro. Y recorro
la habitación, miro los posters de sus bandas preferidas en las paredes, la
biblioteca con sus libros, en la mesa de luz hay un par apilados. Me acerco
para verlos mejor, los ojeo. Cuando voy a dejarlos donde estaban veo que
hay un portarretratos con una foto. En ella Emma es pequeña y está con su traje
de baño en la playa, abrazada a mi pierna. Ella hacía eso porque le daba miedo
el mar. Sonreí.
Estaba
en una playa, Emma era pequeña y corría con sus piernitas gordas por la orilla
y reía. Yo corría detrás de ella, la tomaba por sorpresa en mis brazos, ella
lanzaba una carcajada y sacudía los brazos de arriba abajo. Y yo giraba
mientras la abrazaba. Entonces escuché un ruido. Me detenía y allí estaba Lisa,
me hablaba pero no le entendía. Emma había desaparecido. Lisa se acercaba hacia
mí, seguía sin entenderle. De repente me di cuenta de que no me estaba
hablando, emitía un sonido como el de…un teléfono. El teléfono está sonando.
Abrí los ojos. Estaba en la habitación de Emma, me había quedado dormido en su
cama. Miré el reloj en la mesa de luz y eran las tres de la madrugada. Me
levanté rápidamente y llegué a atender el teléfono.
- Papá ¿sos vos? – Era la voz de Emma,
una Emma agitada, casi sin aliento. No podía creerlo,
- ¿Emma? Hija, mi amor, ¿dónde estás?
¿estás bien?
- No tengo tiempo papá, necesito que me
escuches. ¿Te acordás cuándo en el colegio nos llevaban a una excursión en una
granja?
- Sí. Hija…
- Bueno, creo es por ahí dónde estoy. A
veces escucho a los niños bajar de las combis. He visto por la ventana el
cartel con el sol enorme. –Se oían sus sollozos.
- ¿Te hizo daño?
- Eso no importa ahora, tenés que llamar
a la policía y decirles dónde estoy. Él se va a dar cuenta, en cuanto
venga y no sé lo que es capaz de hacer, podré entretenerlo, pero no mucho.
Diles que se apuren papá. Te quiero mucho. –Ahora lloraba con más fuerza.
–Adiós.
Me
quedé con el teléfono en la mano un segundo, escuchando el tono. Estaba a punto
de marcar el 911 cuando algo me detuvo. Fue la imagen de los cuerpos de los
policías ensangrentados. Y las imágenes de cómo sería todo si yo marcaba esos
números ahora. La policía iría, suponiendo que llegaran a tiempo, salvarían a
Emma. Si Toby se hallaba ahí, lo encarcelarían. ¿Cuántos años le darían?
¿Perpetua? ¿Para qué? ¿Para que se portara bien por unos años y luego salir con
libertad condicional? No. No podía existir una posibilidad de que ese monstruo
viviera. ¿Era eso lo que me impedía llamar a la policía o el incontrolable
deseo de la venganza corriendo por mis venas?
Puse el
teléfono en su lugar y fui hasta mi dormitorio. Allí me vestí lo más rápido que
pude. Me acerqué a la cómoda y abrí el primer cajón, busqué debajo de la ropa
interior y saqué el arma. La había comprado luego de la noche en que Emma
desapareció, solo por si acaso. Luego de cargarle las balas, la guardé en el
bolsillo derecho de la campera. Tomé el celular, las llaves de mi auto y salí.
Conduje
lo más discreto y rápido que pude. En la ruta no había mucho tránsito, así que
no tuve inconvenientes. Dejé el auto a unos pocos kilómetros de la granja,
entre unos árboles, luego seguí a pie. Todo estaba oscuro. Entonces caí en la
cuenta de que no había pensado un plan. Emma había dicho que este hombre se iba
a dar cuenta de que ella me había llamado. Si era así, estaría alerta, me vería
llegar y la mataría antes de que pudiera poner un pie en la casa. Tal vez
ya la había matado. Me sentía un tonto, había actuado por el impulso de la
desesperación, la ira, el odio, la venganza y había puesto en riesgo la vida de
Emma. Pero ahora no había vuelta atrás, ya había llegado demasiado lejos. Entonces
seguí avanzando entre los pastos altos, con las manos dentro de los bolsillos
de la campera, la derecha tomando firmemente el arma, ya se veían unas luces de
la casa. Deseaba con todas mis fuerzas que no me viera llegar, que no me
estuviera esperando.
Llegué
a la casa, no era muy grande, una típica casa de campo. A unos metros
estaba el granero, con un enorme sol en la entrada, allí es dónde llevaban a
los niños de excursión. Por allí habían pasado quién sabe cuántos alumnos y
maestros y nunca oyeron nada, ni vieron nada. Mi hija estaba encerrada en esa
casa, sin embargo nadie se había dado cuenta. Había luces dentro de la casa, me
quedé pegado a una de las paredes laterales, junto a una ventana para pensar
cómo me convendría entrar. A veces, la vida ni eso te otorga. La vida te pone a
prueba, situaciones en las que, solo tienes minutos, a veces segundos, para
actuar. Si no sos lo suficientemente rápido y eficaz, puede significar algo tan
trágico, que te marca por el resto de tu vida. Puede llegar a cambiarte la
forma de ver la realidad, lo que considerás que está bien o mal. Tengo que
concentrarme, cualquier error que cometa, puede significar la muerte de Emma.
Espié por la ventana. Una mesa. Un sillón. Una televisión encendida. Cuadros en
las paredes. Un reloj. Lo único que se oye es el televisor. Escucho un
quejido. Me aplasto más contra la pared. Un hombre irrumpe en la habitación y
empieza a caminar en círculos. Está nervioso. Camina hacia la izquierda
rápidamente y desaparece.
Entonces
lo escucho gritar “¿Por qué me hacés esto?” y cosas que se estrellan
contra el suelo. Trato de seguir el sonido, rodeando la casa, esperando
el momento adecuado para ingresar. Hay una puerta trasera, parece que da
hacia una cocina. Me escondo detrás de una planta y escucho, ahora se oye más
cerca.
- Te di todo de mí para que seas feliz y
así me lo pagás. –Estaba diciendo el hombre, parecía que estaba a punto de
llorar. Nadie le contestaba, parecía estar hablando solo. –Confié en vos,
te alimenté bien, te traté bien, te… no lo entiendo Emma ¿Por qué no podés
amarme como yo te amo a vos?
- Vos no me amás. –La voz de Emma sonó
fría, cortante como una daga afilada. ¿Qué está haciendo? Si lo altera más es
peor.
- ¿¡Qué!? –Hubo un silencio de unos
segundos, luego Emma habló.
- Una persona que ama a otra persona no
la secuestra, no la obliga a quedarse en un lugar en contra de su voluntad, no
la aleja de las personas que quiere.
- ¿Qué estás diciendo? No podés hablarme
de esa manera. ¿Te olvidás lo que le hice a tu amiguito y a los policías Emma?
–Este tipo es un loco. Segundos atrás parecía estar al borde del llanto y ahora
habla como un psicópata. Se oyó un sollozo de Emma.
- Sos un loco de mierda. –Lo dijo con
tanto odio que no parecía ella. Se río. –¿Es que no te das cuenta? Sos un
fracasado, sos tan patético que para tener una mujer tuviste que secuestrarla,
porque ninguna te daba bola. –Si sigue así va a matarla. Comencé a abrir la
puerta lentamente, tratando de hacer el menor ruido posible, agradecí a Dios
que no estaba cerrada con llave. –Vendrán en cualquier momento, no podés hacer
nada. Aunque no estés acá, averiguarán de quién es la propiedad y sabrán quién
sos. –Seguía diciendo Emma. Ya casi estaba dentro de la cocina.
- ¿Te das cuenta de lo que hiciste?
Ahora te tengo que matar Emma. –Lo dijo lentamente. Emma se quedó callada.
Había una puerta a la izquierda, de donde venían las voces.
Entonces
Emma gritó y yo al intentar abrir la puerta, se trabó, la pateé con todas mis
fuerzas y se abrió. El dormitorio era pequeño, había una cama de dos plazas, no
tenía ventanas, había cosas tiradas, rotas por todo el suelo. En el centro de
la habitación, un hombre de unos treinta años, cabello rubio, corto, ojos
negros llenos de locura me miraba por detrás de mi hija. La apresaba con el
brazo izquierdo y con el derecho le rodeaba el cuello, sostenía un cuchillo,
rozándolo. No podía creer a quién estaba viendo.
- Bajá el arma o la mato. –Me dijo. Tiré
el arma al piso.
- ¿Detective Thomas? –Dije estupefacto.
Él sonrío.
- Hola, señor James.
- ¡Yo confié en usted! –Nunca había
estado tan enfadado en mi vida. Río a carcajadas –¡Hijo de puta!
- Callate o le corto el cuello en este
instante. –Dijo el detective Thomas, serio.
- No llamé a la policía, no tenés que
matarla. –Le contesté lo más calmado que pude. De los ojos de Emma caían
lágrimas silenciosas.
- ¿Cómo sé que no me mentís?
- ¿Estaría acá si los hubiera llamado?
–Se quedó en silencio. –Soltala.
- ¿Por qué? Me pertenece. –Emma lanzó un
chillido de rabia. -¡Callate! –Una gotita de sangre comenzó a salir de su
cuello. Emma hizo una mueca de dolor.
- No, no hagas eso, por favor. –Miré a
Emma, en su rostro no había ni un signo de miedo. Sólo odio.
- Papi vino a rescatarte Emma, qué
ternura. –Se burló. –Lástima que no va poder lograrlo. Estalló en una
carcajada. Emma cerró los ojos. Suspiró.
- Soltame, ahora. –Él se quedó en
silencio. –Soltame, dejás ir a mi papá y me quedo con vos para siempre. –Abrió
los ojos y sonrió. Le besó la oreja. Emma puso cara de asco.
- Te amo tanto. –Le dijo.
La
sangre me hervía en el cuerpo. Emma sollozó. El detective Thomas bajó el
cuchillo, pero demasiado lento. Ella aferró su mano a la de él, intentando
sacárselo. Luego le pateó la pierna con violencia, él lanzó un grito de dolor y
movió el brazo al que Emma estaba aferrada y la lanzó contra la pared. Ella
cayó sentada, pensé que había perdido el conocimiento, entonces se movió,
intentó incorporarse pero no pudo, pero logré ver un destello en su mano. Lleno
de rabia, me agaché, tomé el arma y disparé. No acerté. De repente, algo voló
por el aire, se clavó en el estómago del detective, que abrió los ojos y la
boca. Miró a mi hija, con tristeza, como si se sintiera traicionado. Se llevó
las manos a donde estaba el cuchillo, que minutos antes estaba a punto de
cortar la garganta de mi hija. La sangre se expandió por todo su sweater gris,
que se tiñó de un rojo oscuro. Luego se desplomó en el suelo y siguió
mirándola, mientras gemía de dolor, hasta morir.
Cuando
estuvo inmóvil, corrí hacia Emma y nos abrazamos. Ambos llorábamos.
- Sabía que ibas a venir papá. –Me dijo.
- Siempre te encontraré. –Es todo lo que
pude decir.
