jueves, 23 de mayo de 2013

Obsesión



Mi cabeza me está matando. Es como si tuviera tambores en el cerebro y un nene chiquito los estuviera golpeando con una felicidad enorme. Me retumba todo. Siento que todo va a estallar, en cualquier momento. Ojalá sea pronto. Ya no quiero soportarlo más. Se acabaron los analgésicos. Afuera está lloviendo. Ahora mismo, estoy frente a la ventana, observando. Esperando. Esperándola. No puedo vivir con toda esta culpa. No puedo evitar sentirla. ¿Qué hice mal? Siempre creí ser un buen padre. ¿Qué falló? Siempre pensé que los dos juntos estábamos bien, que no necesitábamos a nadie más. Pero, ¿era así? ¿Acaso ella siempre necesitó una madre y yo nunca quise verlo? Pero lo que más me atormentaba era que había decepcionado a Lisa. Le había prometido que cuidaría bien de nuestra hija Emma, antes de que muriera. El parto se había complicado y Lisa perdió mucha sangre. No lo resistió.  


Ahora me pregunto si Emma tendrá frío y hambre, si está consciente, si piensa que la estoy buscando o ya perdió las esperanzas. “Porque yo sigo buscándote, y no voy a parar hasta encontrarte” pensé. No me voy a rendir. Ojalá apareciera caminando por la vereda ahora. Ojalá estuviera en el jardín que ahora estoy observando, girando con los brazos extendidos y con la cara hacia el cielo, con los ojos cerrados, como hacía cuando tenía ocho años. A Emma siempre le gustó la lluvia. Aunque eso significara pescar un resfriado después.


Hace tres meses que Emma había desaparecido. Todo empezó hace cinco meses, había dicho el detective Thomas. Emma acababa de cumplir dieciséis años. Y su tío, hermano de Lisa, le regaló una laptop para ella. Tenemos una computadora en la casa, pero siempre fue de los dos. Yo no soy de esos padres que se meten en los asuntos de sus hijos todo el tiempo. Espero que no malinterpreten esto, yo cuido a mi hija, pero no soy extremista. Pero si lo hubiera sido ¿Esto hubiera pasado? No, pero ella no sería feliz, dijo una voz dentro de mi cabeza. Pero ella estaría acá, conmigo. Emma se alegró mucho con su nueva laptop, ya que, según ella, era más cómodo escribir sus historias acostada en su cama. ¿Tendrá una cama para dormir en este momento? Trataré de no analizar las posibles respuestas a eso.  En los siguientes meses no noté nada raro en ella hasta el día que me contó todo, estaba tan alterada, nunca la había visto tan asustada. Ese día fue el último en que la vi. El detective Thomas me dijo que la única forma de darse cuenta de algo así, era haber leído los historiales de su laptop a menos que la víctima le contara a alguien, y que generalmente es así en todos los casos de este tipo. Pero Emma no era como todos los demás casos, yo lo sabía, y no porque fuera su padre. Emma era inteligente, en cuánto las cosas estuvieron fuera de sus manos, me contó todo, pero yo fui lento. Yo no hice lo suficiente, no la protegí como debería haberlo hecho. Y me arrepentiré de ello por el resto de mi vida.


Resulta que mi Emma, estuvo comunicándose por internet con un tal “Toby” por dos meses. En las conversaciones de las redes sociales, se muestra como un chico de la edad de mi hija, dice vivir en las afueras de la ciudad, ir a la escuela, en fin, un adolescente normal. Si yo no hubiera leído eso en una situación como esa, lo habría creído. Las conversaciones no eran frecuentes en un principio. Pero “Toby” se las había ingeniado para captar la atención de Emma. Le planteaba problemas, por ejemplo, le decía que le había pasado tal cosa, alguna situación común en los adolescentes, en la que ella se sentía identificada y de alguna forma terminaban hablando de un tema en general, que llevaba a otro tema y así. A veces las conversaciones duraban horas. Así, este hijo de puta se apropió de la confianza de mi hija y se aprovechó de ella. Pero algo sucedió después, algo que delató las intenciones de Toby. Mi hija siempre ha mantenido mejores amistades con chicos que con chicas. Desde que era pequeña le fue más fácil sociabilizar con ellos. No soy celoso. Emma siempre supo elegir bien a sus amigos. Excepto a Toby.


Cuando Toby le dijo a mi hija de encontrarse en un lugar para verse y solos, ella lo rechazó de inmediato. En el segundo intento,  Toby la invitó a una fiesta y le dijo que podía llevar amigas, Emma volvió a rechazarlo. Acá es cuando las cosas comienzan a complicarse más. Al día siguiente, Emma le envió un mensaje a Toby, que decía que no la molestara más y que no le interesaba tener algún contacto con él. Luego lo eliminó de todas las redes sociales. Una semana después me contó todo, una semana después desapareció, una semana después la verdadera pesadilla comenzó.


Según el relato de Emma, el día en que le mandó ese mensaje a Toby y decidió no mantener ningún contacto más con él, fue cuando en la mañana, al llegar a la escuela y entrar en su curso encontró un oso de peluche enorme sobre la mesa en la que ella ocupaba todos los días. La mesa estaba al lado de la ventana, que daba hacia la calle, tranquilamente cualquiera podría observarla desde la vereda, aunque ella no había visto a nadie hacerlo. Sobre las piernas del oso y apoyada contra su panza, se hallaba un sobre rojo que decía “Emma”.  En un principio, mi hija pensó que era una broma de alguno de sus amigos, ella no tenía novio, pero al leer la carta y la firma “Toby” un escalofrío la abrumó. Nadie sabía de la existencia de Toby. Hasta ese día. Cuando llegó uno de sus amigos y la encontró llorando con los pedazos de la carta esparcidos por la mesa, Emma le contó todo. Su amigo, August, la tranquilizó y le pidió que la dejara ayudarla, ella aceptó con la condición de que no le contara nada a nadie.


Al día siguiente, por la tarde, Emma fue a su clase de educación física, dejó su bolso en el vestuario y se concentró en mejorar sus pases. Al finalizar la clase y dirigirse junto a las demás chicas, entre ellas su mejor amiga Rose, encontró su bolso tirado en el suelo, con todas sus cosas desparramadas, como si el bolso hubiera sido arrojado en un acto de furia. Y sobre éste, una nota impresa que decía “no te desharás de mí”. A Emma estaba por darle un ataque de histeria cuando Rose tomó las cosas rápidamente y sacó a mi hija de allí lo antes posible. Una vez en la calle, Emma logró no estallar en un ataque nervioso, sólo algunas lágrimas escaparon de sus ojos. Pero nada que llamase la atención alrededor. En cuanto se tranquilizó, llamó a August y ambas fueron a su casa. De donde me llamó más tarde para pedirme permiso para quedarse a dormir. No era algo anormal, conozco a los padres de August desde hace años. No noté nada raro en su voz. Emma con la ayuda de August le contó todo a Rose. Y juntos los tres, comenzaron a buscar soluciones para el asunto. La primera fue, que Emma no se quedara sola en ningún momento. Las noches que yo trabajaba, o Rose se quedaba a dormir, o Emma iba a dormir a lo de Rose, o a lo de August. Pero eso no fue suficiente.


Una noche, yo tuve que ir a trabajar, Rose y Emma se quedaron solas por unas horas. Era medianoche, yo volvía hacia la casa cuando sucedió, ambas estaban durmiendo, entonces Emma oyó que algo golpeaba la ventana. Se sentó en la cama y esperó. El sonido de la piedra golpeando el vidrio la terminó de despertar. Alguien estaba arrojando piedras a la ventana. Se levantó de la cama y caminó hacia ella. Al mirar hacia afuera, todo estaba oscuro, pero pudo ver que al lado de un poste de luz había una persona vestida toda de negro, que por su contextura se adivinaba que era un hombre. Según Emma, justo en el instante que reparó en él la mirada, éste levantó su brazo en dirección hacia ella, en la mano tenía una rosa roja. Emma me explicó que por un segundo pensó que se quedaría clavada allí del susto. Pero pudo reaccionar y despertó a Rose. Cuando ambas se acercaron nuevamente a la ventana ya no había nadie, sólo la rosa yacía en el suelo. 

A los diez minutos, sonó su celular. Ella atendió, dijo “hola” varias veces y nadie contestó del otro lado, cortó la llamada, el número era desconocido. Cinco minutos después, el celular volvió a sonar. Se repitió lo mismo tres veces, y a la tercera vez Emma le gritó que la dejara en paz. Entonces, le llegó un mensaje que decía “Sos mía”.  Entonces fue cuando decidió contarme lo que pasaba, pero en la mañana.  Así lo hizo, cuando me enteré no sabía qué pensar.


En una situación así, podría haber enloquecido, pero no fue así. No fue así porque mi hija estaba muy dolida, pero sobre todo asustada y no le beneficiaba que yo reaccionara de esa manera. Después de estar consolándola por un rato, Emma se calmó y ambos estuvimos de acuerdo en llamar a la policía. Así lo hicimos, pero no sirvió de nada, ya que no teníamos suficientes pruebas, el acosador de mi hija no le había hecho nada. Lo más grave que había hecho era tirar piedras a mi casa. Emma no tenía conocimiento alguno de su aspecto, ya que se había presentado a oscuras y vestido completamente de negro, podría ser cualquiera. Además, no había pruebas de que era el mismo que había hecho el desastre en el vestuario del gimnasio, lo mismo con el oso de peluche. Después de discutir acaloradamente con el oficial de policía, tuve que desistir, lo único que nos faltaba es que me llevaran detenido a mí.


Así que, tuve que proteger a mi hija por mis propios medios. Ese día, llamé a mi trabajo y dije que me encontraba enfermo, por lo que no iría. Emma no fue al colegio, nos quedamos juntos en la casa, ideando planes para resolver esto. La única manera de conseguir pruebas, era dejar que el maldito se acercara a mi hija, y eso no iba a pasar. Entonces comenzamos a investigar todo lo que pudimos, en base a lo que teníamos. Lo que logramos no fue mucho. El oso no tenía etiqueta del local donde lo habían comprado, las cartas estaban impresas y el número del celular era desconocido. No teníamos conocimientos para averiguarlo. Entonces Emma llamó a August, que tenía un poco de conocimiento en el tema de informática. Luego de unas horas, vino a la casa e intentó rastrear el número de IP de la computadora que usaba Toby para comunicarse con Emma. Finalmente, después de mucho trabajo, logró localizarlo, un cyber en el centro de la ciudad. Todos nos decepcionamos, tantas horas de trabajo y no teníamos nada. Entonces el teléfono comenzó a sonar, no el celular de Emma, el teléfono de nuestra casa. Y yo atendí esta vez, pero al decir “hola” se cortó la llamada. Y esto se repitió varias veces, Emma comenzó a ponerse nerviosa. Yo, enfurecido, tomé el teléfono y le grité que parara, que nos dejara en paz y que iba a llamar a la policía. Entonces, dejó de sonar el teléfono. Emma, August y yo nos quedamos en silencio, mirándonos. De repente, sonó el celular de Emma, ella lo tomó en sus manos y lo miró, dejó que sonara y no contestó. Silencio. El celular sonando otra vez, una, dos, tres veces. Silencio. Emma me miró. August estaba inquieto y miraba hacia fuera por las ventanas del living. Se dio vuelta y nos dijo que había alguien afuera. Comenzamos a movernos y le ordené a  mi hija que se quedara donde estaba. Miré por la ventana. En la vereda de enfrente de nuestra casa, había un auto negro estacionado, con un hombre adentro que no se divisaba bien. Pero claramente podíamos ver la mano en su oreja. Creo que en ese momento perdí el control, el odio me invadió, quería salir y darle una buena paliza al hombre. Estaba ya saliendo de la casa cuando mi hija me detuvo. Tenía lágrimas en los ojos y se estremecía con el celular en las manos. Me acerqué y le pregunté que le pasaba. Ella me dio el celular. En la pantalla se visualizaban fotos de Emma. Emma yendo al colegio, Emma en el colegio, Emma en casa de August, Emma con Rose, Emma caminando por la calle y la última, Emma durmiendo en su propia cama. Luego había un video, en el que se veían Emma en su habitación con Rose hablando. Mientras asimilaba lo que veía, August interrumpió mis pensamientos hablando casi a los gritos, con un tono de alivio, diciendo que el tipo se marchaba. Entonces miré por la ventana y en definitiva, el auto se movía, se marchaba, pero no por mucho.


El momento de alivio, duró unos segundos, un mensaje le había llegado a Emma. Esta vez Toby decía que vendría por Emma para que estuviesen juntos para siempre y que mataría a cualquiera se interpusiera. Que aunque llamara a la policía se la llevaría, que tenía ojos en todos lados y que nadie podría evitar que estuviesen juntos. Después aclaraba que si se entregaba por voluntad propia, no lastimaría a nadie, por lo contrario, haría lo que tendría que hacer para llevársela. Esto nos horrorizó a los tres e inmediatamente llamé a la policía. No sabía que más hacer.  Esta vez, un policía vino a la casa, le ofrecimos todas las pruebas que teníamos, que no eran muchas, dijo que las investigaría y que vendría un móvil policial con dos policías a custodiar la casa todo el día y la noche. Así fue, pero ni eso impidió que se llevaran a mi niña. Desde entonces me pregunto si de no haber ido a trabajar esa noche, podría haberlo impedido. Aunque sea una persona que casi llega la mitad de años de su vida, que ya no es tan ágil. Y si August, un chico joven, con más habilidades que yo, no pudo hacerlo, no me deja muchas posibilidades. Pero si hubiéramos estado los dos…Estaríamos muertos.


Todo ocurrió en la noche, antes del cambio de guardia de policía. Yo había ido a trabajar, sin ganas, luego de que mi hija insistiera en ello. Después de todo, había policías en la vereda y August estaba en la casa. Qué tontos fuimos. Cuando llegué del trabajo, había dos autos de policía en la entrada de mi casa. Eso ya me alteró, porque el cambio de guardia era hace una hora. Bajé de mi auto, pasé por al lado de las patrullas, ambas tenían las puertas delanteras abiertas. De uno de ellos, del asiento del conductor, un policía descansaba, con la cabeza hacia atrás. Mi primera impresión fue que estaba dormido, ya que, a pesar de las luces de la calle, estaba oscuro. Al acercarme más, logré ver que tenía un tajo enorme de oreja a oreja y estaba cubierto de sangre. Había sangre por todos lados, en su cuerpo, salpicada en el parabrisas y en el piso.  En el asiento del acompañante, se divisaban unas piernas. Rodeé el auto y vi que el otro oficial había caído de costado al intentar salir, supuse, pero no lo había logrado. El mango de un cuchillo sobresalía de su ojo y un enorme charco de sangre se había esparcido por el asfalto de la calle. Sentí la acidez del vómito cuando llega hasta la garganta y lo retuve, en una reacción de urgencia por la vida de mi niña. Tomé el arma de los pantalones del policía que tenía el cuchillo en el ojo y corrí hacia la casa. Al entrar todo estaba muy silencioso, todo parecía normal, y saber que no era así, le daba un contraste espeluznante a la situación. Subí las escaleras tratando de hacer el menor ruido imposible. Aunque sentía que el latido de mi corazón me delataba. Con el arma en alto, recorrí el pasillo, fui directo a la habitación de Emma. Ya me imaginaba, encontrar a Toby ahí y poder dispararle hasta matarlo, realmente lo deseaba. Al ingresar en la habitación de Emma no había ningún Toby allí. Ni ninguna Emma. Solo dos policías de cuclillas al lado del cuerpo de August. Uno de ellos intentó de revivirlo, pero ya era demasiado tarde, la bala había pasado muy cerca del corazón y August se desangró en menos de dos minutos. Los policías habían llegado no mucho antes que yo y August todavía tenía pulso, llamaron a la ambulancia, hicieron todo a su alcance para salvarlo y no lo lograron. Toby había cumplido su promesa.


En los siguientes meses no supimos más de Toby. La policía ni siquiera tenía una pista. No había dejado huellas en la casa, ni en el cuchillo con el que mató a los oficiales el día en que se llevó a Emma. Las únicas personas que lo vieron estaban muertas. Nadie sabía cómo lucía. La foto de mi hija salió en los noticieros, y pegué mil copias de ella por todos lados. Nadie la vio.


Fui a los funerales de los oficiales y de August. Vi el sufrimiento de sus familiares. Pero la diferencia es que ellos tenían a quién velar, de quién despedirse. Tenían la posibilidad de seguir adelante y superarlo. Yo no. Porque mi Emma no está muerta. Mi Emma está en algún lugar, esperando ser rescatada. Y yo no puedo hacer nada.


Ya no puedo mantener los ojos abiertos con este dolor de cabeza, así que, cierro las cortinas, apago la luz del living y me dirijo a mi dormitorio. Sé que no voy a poder dormir. Hace meses que no duermo bien. Camino por el pasillo, paso por la puerta de la habitación de Emma y me detengo ahí. Sin pensar entro. Y recorro la habitación, miro los posters de sus bandas preferidas en las paredes, la biblioteca con sus libros, en la mesa de luz hay un par apilados. Me acerco para verlos mejor, los ojeo. Cuando voy a dejarlos donde estaban  veo que hay un portarretratos con una foto. En ella Emma es pequeña y está con su traje de baño en la playa, abrazada a mi pierna. Ella hacía eso porque le daba miedo el mar. Sonreí.


Estaba en una playa, Emma era pequeña y corría con sus piernitas gordas por la orilla y reía. Yo corría detrás de ella, la tomaba por sorpresa en mis brazos, ella lanzaba una carcajada  y sacudía los brazos de arriba abajo. Y yo giraba mientras la abrazaba. Entonces escuché un ruido. Me detenía y allí estaba Lisa, me hablaba pero no le entendía. Emma había desaparecido. Lisa se acercaba hacia mí, seguía sin entenderle. De repente me di cuenta de que no me estaba hablando, emitía un sonido como el de…un teléfono. El teléfono está sonando. Abrí los ojos. Estaba en la habitación de Emma, me había quedado dormido en su cama. Miré el reloj en la mesa de luz y eran las tres de la madrugada. Me levanté rápidamente y llegué a atender el teléfono.


-          Papá ¿sos vos? – Era la voz de Emma, una Emma agitada, casi sin aliento. No podía creerlo,

-          ¿Emma? Hija, mi amor, ¿dónde estás? ¿estás bien?

-          No tengo tiempo papá, necesito que me escuches. ¿Te acordás cuándo en el colegio nos llevaban a una excursión en una granja?

-          Sí. Hija…

-          Bueno, creo es por ahí dónde estoy. A veces escucho a los niños bajar de las combis. He visto por la ventana el cartel con el sol enorme. –Se oían sus sollozos.

-          ¿Te hizo daño?

-          Eso no importa ahora, tenés que llamar a la policía y decirles dónde estoy.  Él se va a dar cuenta, en cuanto venga y no sé lo que es capaz de hacer, podré entretenerlo, pero no mucho. Diles que se apuren papá. Te quiero mucho. –Ahora lloraba con más fuerza. –Adiós.


Me quedé con el teléfono en la mano un segundo, escuchando el tono. Estaba a punto de marcar el 911 cuando algo me detuvo. Fue la imagen de los cuerpos de los policías ensangrentados. Y las imágenes de cómo sería todo si yo marcaba esos números ahora. La policía iría, suponiendo que llegaran a tiempo, salvarían a Emma. Si Toby se hallaba ahí, lo encarcelarían. ¿Cuántos  años le darían? ¿Perpetua? ¿Para qué? ¿Para que se portara bien por unos años y luego salir con libertad condicional? No. No podía existir una posibilidad de que ese monstruo viviera. ¿Era eso lo que me impedía llamar a la policía o el incontrolable deseo de la venganza corriendo por mis venas?


Puse el teléfono en su lugar y fui hasta mi dormitorio. Allí me vestí lo más rápido que pude. Me acerqué a la cómoda y abrí el primer cajón, busqué debajo de la ropa interior y saqué el arma. La había comprado luego de la noche en que Emma desapareció, solo por si acaso. Luego de cargarle las balas, la guardé en el bolsillo derecho de la campera. Tomé el celular, las llaves de mi auto y salí.


Conduje lo más discreto y rápido que pude. En la ruta no había mucho tránsito, así que no tuve inconvenientes. Dejé el auto a unos pocos kilómetros de la granja, entre unos árboles, luego seguí a pie. Todo estaba oscuro. Entonces caí en la cuenta de que no había pensado un plan. Emma había dicho que este hombre se iba a dar cuenta de que ella me había llamado. Si era así, estaría alerta, me vería llegar y la mataría antes de que pudiera poner un pie en la casa.  Tal vez ya la había matado. Me sentía un tonto, había actuado por el impulso de la desesperación, la ira, el odio, la venganza y había puesto en riesgo la vida de Emma. Pero ahora no había vuelta atrás, ya había llegado demasiado lejos. Entonces seguí avanzando entre los pastos altos, con las manos dentro de los bolsillos de la campera, la derecha tomando firmemente el arma, ya se veían unas luces de la casa. Deseaba con todas mis fuerzas que no me viera llegar, que no me estuviera esperando.


Llegué a la casa,  no era muy grande, una típica casa de campo. A unos metros estaba el granero, con un enorme sol en la entrada, allí es dónde llevaban a los niños de excursión. Por allí habían pasado quién sabe cuántos alumnos y maestros y nunca oyeron nada, ni vieron nada. Mi hija estaba encerrada en esa casa, sin embargo nadie se había dado cuenta. Había luces dentro de la casa, me quedé pegado a una de las paredes laterales, junto a una ventana para pensar cómo me convendría entrar. A veces, la vida ni eso te otorga. La vida te pone a prueba, situaciones en las que, solo tienes minutos, a veces segundos, para actuar. Si no sos lo suficientemente rápido y eficaz, puede significar algo tan trágico, que te marca por el resto de tu vida. Puede llegar a cambiarte la forma de ver la realidad, lo que considerás que está bien o mal. Tengo que concentrarme, cualquier error que cometa, puede significar la muerte de Emma. Espié por la ventana. Una mesa. Un sillón. Una televisión encendida. Cuadros en las paredes. Un reloj. Lo único que se oye es el televisor.  Escucho un quejido. Me aplasto más contra la pared. Un hombre irrumpe en la habitación y empieza a caminar en círculos. Está nervioso. Camina hacia la izquierda rápidamente y desaparece.

Entonces lo escucho gritar “¿Por qué me hacés esto?”  y cosas que se estrellan contra el suelo.  Trato de seguir el sonido, rodeando la casa, esperando el momento adecuado para ingresar.  Hay una puerta trasera, parece que da hacia una cocina. Me escondo detrás de una planta y escucho, ahora se oye más cerca.


-          Te di todo de mí para que seas feliz y así me lo pagás. –Estaba diciendo el hombre, parecía que estaba a punto de llorar.  Nadie le contestaba, parecía estar hablando solo. –Confié en vos, te alimenté bien, te traté bien, te… no lo entiendo Emma ¿Por qué no podés amarme como yo te amo a vos?

-          Vos no me amás. –La voz de Emma sonó fría, cortante como una daga afilada. ¿Qué está haciendo? Si lo altera más es peor.

-          ¿¡Qué!? –Hubo un silencio de unos segundos, luego Emma habló.

-          Una persona que ama a otra persona no la secuestra, no la obliga a quedarse en un lugar en contra de su voluntad, no la aleja de las personas que quiere.

-          ¿Qué estás diciendo? No podés hablarme de esa manera. ¿Te olvidás lo que le hice a tu amiguito y a los policías Emma? –Este tipo es un loco. Segundos atrás parecía estar al borde del llanto y ahora habla como un psicópata. Se oyó un sollozo de Emma.

-          Sos un loco de mierda. –Lo dijo con tanto odio que no parecía ella. Se río. –¿Es que no te das cuenta? Sos un fracasado, sos tan patético que para tener una mujer tuviste que secuestrarla, porque ninguna te daba bola. –Si sigue así va a matarla. Comencé a abrir la puerta lentamente, tratando de hacer el menor ruido posible, agradecí a Dios que no estaba cerrada con llave. –Vendrán en cualquier momento, no podés hacer nada. Aunque no estés acá, averiguarán de quién es la propiedad y sabrán quién sos. –Seguía diciendo Emma. Ya casi estaba dentro de la cocina.

-          ¿Te das cuenta de lo que hiciste? Ahora te tengo que matar Emma. –Lo dijo lentamente. Emma se quedó callada. Había una puerta a la izquierda, de donde venían las voces.


Entonces Emma gritó y yo al intentar abrir la puerta, se trabó, la pateé con todas mis fuerzas y se abrió. El dormitorio era pequeño, había una cama de dos plazas, no tenía ventanas, había cosas tiradas, rotas por todo el suelo. En el centro de la habitación, un hombre de unos treinta años, cabello rubio, corto, ojos negros llenos de locura me miraba por detrás de mi hija. La apresaba con el brazo izquierdo y con el derecho le rodeaba el cuello, sostenía un cuchillo, rozándolo. No podía creer a quién estaba viendo.


-          Bajá el arma o la mato. –Me dijo. Tiré el arma al piso.

-          ¿Detective Thomas? –Dije estupefacto. Él sonrío.

-          Hola, señor James.

-          ¡Yo confié en usted! –Nunca había estado tan enfadado en mi vida. Río a carcajadas –¡Hijo de puta!

-          Callate o le corto el cuello en este instante. –Dijo el detective Thomas, serio.

-          No llamé a la policía, no tenés que matarla. –Le contesté lo más calmado que pude. De los ojos de Emma caían lágrimas silenciosas.

-          ¿Cómo sé que no me mentís?

-          ¿Estaría acá si los hubiera llamado? –Se quedó en silencio. –Soltala.

-          ¿Por qué? Me pertenece. –Emma lanzó un chillido de rabia. -¡Callate! –Una gotita de sangre comenzó a salir de su cuello. Emma hizo una mueca de dolor.

-          No, no hagas eso, por favor. –Miré a Emma, en su rostro no había ni un signo de miedo. Sólo odio.

-          Papi vino a rescatarte Emma, qué ternura. –Se burló. –Lástima que no va poder lograrlo. Estalló en una carcajada. Emma cerró los ojos. Suspiró.

-          Soltame, ahora. –Él se quedó en silencio. –Soltame, dejás ir a mi papá y me quedo con vos para siempre. –Abrió los ojos y sonrió. Le besó la oreja. Emma puso cara de asco.

-          Te amo tanto. –Le dijo.


La sangre me hervía en el cuerpo. Emma sollozó. El detective Thomas bajó el cuchillo, pero demasiado lento. Ella aferró su mano a la de él, intentando sacárselo. Luego le pateó la pierna con violencia, él lanzó un grito de dolor y movió el brazo al que Emma estaba aferrada y la lanzó contra la pared. Ella cayó sentada, pensé que había perdido el conocimiento, entonces se movió, intentó incorporarse pero no pudo, pero logré ver un destello en su mano. Lleno de rabia, me agaché, tomé el arma y disparé. No acerté. De repente, algo voló por el aire, se clavó en el estómago del detective, que abrió los ojos y la boca. Miró a mi hija, con tristeza, como si se sintiera traicionado. Se llevó las manos a donde estaba el cuchillo, que minutos antes estaba a punto de cortar la garganta de mi hija. La sangre se expandió por todo su sweater gris, que se tiñó de un rojo oscuro. Luego se desplomó en el suelo y siguió mirándola, mientras gemía de dolor, hasta morir.

Cuando estuvo inmóvil, corrí hacia Emma y nos abrazamos. Ambos llorábamos.

-          Sabía que ibas a venir papá. –Me dijo.

-          Siempre te encontraré. –Es todo lo que pude decir.


Vera Miszka.



jueves, 16 de mayo de 2013

La decepción


La decepción

Erick se despertó por los rayos de luz de mañana que entraban por la ventana. Se sentó en la cama y se frotó los ojos, bostezó y permaneció allí un momento, sintiendo el silencio. Hoy cumplo once años, pensó. Muchos niños de su edad en su lugar estarían super contentos, ansiosos de recibir sus regalos, comer tota y disfrutar de un día de juegos con sus amigos; pero Erick no sentía nada de eso. No es que no le gustara su cumpleaños, simplemente le daba igual, algo que su madre no entendía. Igualmente se sentía feliz, porque hoy vería a su papá.

Se calzó sus pantuflas color rojas y salió de su habitación para dirigirse al baño, se lavó la cara y cepilló sus dientes, luego caminó por el pasillo hasta la cocina. Ahí se encontró con su mamá, que le había preparado su desayuno preferido, medialunas caseras con una buena leche chocolatada. Ella se acercó a él, lo besó y lo abrazó muy fuerte, le dijo “feliz cumpleaños” y otras cosas, típicas de las madres, como “Estás tan grande…” muy emocionada. Si, su madre era de esas que se emocionaban por todo. Lo miró con ternura y se sentó enfrente suyo mientras devoraba su desayuno.

-          Perdón por no darte tu regalo todavía hijo, es que no he cobrado…pero hoy a la tarde iré al banco mientras estás con tu papá y lo compraré. – Se lo dijo con un tono de tristeza, una tristeza discreta, pero visible.
-          Está bien mamá – Le respondió Erick.- ya te dije que no quiero nada. – Él sabía que desde que papá se había ido de casa el salario de mamá apenas alcanzaba para los dos.
-          ¿Qué clase de niño dice eso? – Dijo bromeando su madre y luego sonrío. Eso lo hizo sonreír a él también, le gustaba mucho cuando su mamá sonreía y más ahora, que sus sonrisas no eran muy frecuentes, no después de que papá se fue.
-          Una muy razonable. – Contestó Erick y se le escapó una risita. Ella también río.
-          Mirá, ya tengo pensado tu regalo y te va a encantar…
-          En serio mamá…-Pero ella lo ignoró y siguió hablando:
-          …además tenía pensado que podrías invitar a Peter a jugar, puedo hacerles unas pizzas y llevarlos para alquilar una película y verla acá.
-          No ma, es que hoy voy a ver a papá y…voy a estar cansado.
-          Ah, está bien hijo, como vos quieras, yo solo decía…
-          Si lo sé. Mamá sé que crees que papá me cancelará como siempre, pero hoy es mi cumpleaños y no creo que lo haga. Aparte siento que está vez vendrá, estoy seguro. –No sabía si lo estaba realmente, sólo quería tranquilizar a su madre. Ella abrió la boca para contestar pero el teléfono sonó y Erick se incorporó para atender.

-          ¿Hola?
-          Hola hijo, feliz cumpleaños, ¿cómo estás? – Que no me cancele, que no me cancele por favor, pensó.
-          Hola papá, gracias, estoy bien ¿y vos?
-          Bien, hijo, no tengo tiempo de hablar ahora, tengo mucho trabajo, pasala bien en la escuela, te voy a buscar cuando salgas ¿está bien? Y mandale un beso a tu madre.
-          Está bien papá, yo también te quiero. –Colgó el teléfono.
Se dirigió a su madre y le dijo:
-          ¿Ves? Si vendrá, te mandó un beso.
-          Si vos decís… -Suspiró. –Andá a prepararte que se hace tarde, la madre de Rick  estará aquí en diez minutos.

Erick fue a su habitación, se cambió de ropa, tomó su mochila, se arregló el pelo con las manos apresuradamente y entonces llegó la mamá de Rick en su auto azul, despidió a su madre con un beso y subió al auto. Su amigo le deseó feliz cumpleaños y le regaló un juego de play station, esos de armas que mamá odiaba pero él jugaba igual a escondidas, aunque su madre sabía eso, no era tonta. Pero prefería jugarlos así, a escondidas, que bancarse a su madre malhumorada. Le agradeció el regalo a Rick, lo guardó en la mochila. Dos minutos después llegaron a la escuela, se despidieron de la mamá de Rick y juntos ingresaron a clase. El resto del día fue igual que todos, Erick no tenía muchos amigos en la escuela, no porque no podía si no porque no le gustaba estar rodeado de gente, con la compañía de Rick de vez en cuando le bastaba y si no, quedarse solo no le molestaba, al contrario. Es cierto que el resto de los chicos de su clase pensaban que era raro y eso los mantenía alejados, por suerte, pensaba Erick.

En el recreo, Rick le preguntó a Erick si quería hacer algo a la tarde para festejar su cumpleaños. Erick le contestó que no porque estaría con su padre. Su amigo abrió los ojos como platos y luego sonrío.
-          ¿En serio? Eso es genial amigo.
-          Sí.
-          Y… ¿Estás seguro de que…?-Rick no terminó la pregunta.
-          Sí, esta vez vendrá, es en serio. –Erick dijo sonriendo.
-          Buenísimo Erick, pero hey…no quiero desilusionarte ni nada por el estilo pero tratá de no ilusionarte demasiado, sabés que te lo ha prometido varias veces y…
-          Ya lo sé, pero es mi cumpleaños Rick, vendrá. –Contestó en un suspiro.
-          Está bien.

El resto de la mañana siguió el curso de siempre, casi se durmió en la clase de lengua y tuvo una evaluación de ciencias sociales, que al parecer, le fue bien. Los minutos de la última hora nunca habían pasado tan lentos. Al sonar el timbre, Erick corrió por los pasillos de la escuela, dos profesores le llamaron la atención pero no le importó porque vería a su padre. Sí, saldría y ahí estaría, con su camioneta gris, le dejaría conducir sobre su falda y se divertirían juntos como los viejos tiempos. Escucharían rock and roll en la radio y cantarían hasta que se les acabase el aire. Y todo estaría bien. Hacía tres meses que no veía a su padre, tres meses que parecían tres años. Él siempre tenía trabajo, si no eran reuniones, eran viajes de negocios u otras cosas más. Mamá se enojaba mucho con él por hacerle eso a Erick. Pero Erick quería mucho a su padre y le tenía paciencia y sabía que en algún momento su padre se daría cuenta que lo extrañaba e iría a verlo. Como hoy.

Ya casi llegaba a las puertas de salida, se imaginaba el gran abrazo que le daría a su papá después de tanto tiempo. Bajó los escalones mirando hacia todos lados. Nada. Está retrasado es solo eso, pensó. Se sentó en el pasto recién cortado que se extendía a los dos costados del sendero de entrada, y esperó. La gente se dispersaba y siguió mirando, nada. No puede hacerme esto, no, tiene que venir, pensó, y enseguida otra voz en su consciente le dijo “No va a venir, no te quiere, no le importas”. Sacudió la cabeza y sus cabellos negros se revolvieron. Entonces vio una camioneta gris que se detenía en doble fila con las luces parpadeantes. Su corazón se aceleró. Saltó del pasto y corrió hacia la vereda con entusiasmo. Pero al llegar, no fue su padre el que bajó de la camioneta para abrazarlo, sino una mujer que le hizo señas a una niña un poco menor que él para que subiera a la camioneta. Erick bajó la cabeza y caminó hasta su casa. En ese trayecto sintió algo que nunca antes había sentido, era doloroso, triste. Y por primera vez llegó a creer que su padre no lo quería, es más, se creyó que seguramente se había casado con otra mujer que tenía hijos  y que estaba jugando en el parque con ellos, que los dejaba conducir su camioneta gris sobre su falda…Tonterías, pensó. Igualmente, sus ojos se llenaron de lágrimas que cayeron silenciosamente por sus mejillas.

Al llegar a su casa, mamá no estaba porque había ido al banco así que atravesó el jardín hasta llegar al patio trasero, allí levantó a alfombra, que estaba al pie de la puerta de la cocina, sacó la llave e ingresó. En la casa reinaba una paz tranquilizadora, se secó las lágrimas con la manga de su buzo y fue hasta su habitación, allí dejó la mochila, sacó el regalo de Rick y fue hacia el living para probarlo. Jugó hasta que escucho las llaves girando en la cerradura  de la puerta delantera.

Su madre entraba con una caja debajo del brazo derecho y la cartera en el otro. Al verlo ella se asombró, dejó la caja en el suelo y lo abrazó.

No le dijo nada, ni siquiera por el videojuego pausado en la pantalla, no había nada que decir. Se miraron en silencio por dos segundos, entonces la caja hizo un ruido, mejor dicho, algo dentro de la caja. Erick se sobresaltó y su madre sonrío un poco, casi forzadamente. Se acercó, tomó la caja y se la dio a su hijo.
-          Feliz cumpleaños mi amor.

Erick miró dentro de la caja y encontró una bola de pelos negra con blanco que se movía sin parar. Una cabeza se asomó y una lengua rosada comenzó a lamerle las manos, luego ladró. Nunca había visto un cachorro más hermoso.

-          Mamá…es hermoso, gracias. –La besó.
-          Iba a comprarte otra cosa, pero saliendo del banco había una mujer regalándolos y bueno…pensé que era mejor que algo material. Sé que es una boca más que alimentar…pero bueno, nos arreglaremos, encontraremos la forma.
-          ¿Es macho? –Le preguntó mientras lo acariciaba.
-          No, hembra. ¿Qué nombre le vas a poner?
-          Todavía no lo sé.
Todavía sonreían cuando el teléfono sonó, su madre se incorporó violentamente y tomó el teléfono.
-          ¿Si?
-          Jennifer, perdóname, en serio, no pude ir…
-          Conmigo no tenés que disculparte. –Dijo frunciendo el ceño.
-          Pasame con él.
-          No, vas a tener que venir a disculparte y explicarle por qué sos tan mierda en su cara.
-          Vamos Jen, no puedo, estoy trabajando…
-          Andate a la mierda, vos y tu estúpido trabajo, por dios Mike, es tu hijo, acaba de cumplir once años y vos… -Lanzó un grito de furia.
-          Jen…
-          Hijo de puta –Estrelló el auricular con violencia contra la pared, que quedó balanceándose en el aire. Luego rompió a llorar.

Erick se acercó y la abrazó. Entonces encontró la palabra para definir lo que sentía en ese momento. Decepción. Y aunque esa no fue la única vez en su vida que lo sintió en los años de su vida, esa vez fue la peor de todas. Siempre había creído que su padre era una buena persona, que lo quería y que siempre estaría a su lado. Pero su padre lo había decepcionado de tal forma (había hecho llorar a mamá una vez más) que sentía que se quebraba por dentro. ¿Era posible que un niño de tan solo once años se sintiera así? Madre e hijo se miraron a los ojos por unos segundos y entendieron que ahora, eran ellos dos contra el mundo. Erick acarició a su nueva perrita que comenzó a correr, se resbaló con el piso y se chocó una pared. No, somos tres contra el mundo. Y aunque ambos estaban destrozados no pudieron evitar reír.

Vera Miszka.