El día se despedía lentamente bajando un telón de colores
que pintaba el cielo. Ella lo miró detenidamente, apreciando cada segundo,
porque esa era una de las pocas cosas que todavía podía apreciar. Esperaba el
colectivo pacientemente, hipnotizada por ese ocaso tan mágico. Se avecinaba la
oscuridad. Y entonces, las luces de los autos se volvían destellos, que se
acercaban y se alejaban. Reconoció el colectivo por su ruido tan
característico, del que todas las sombras conocemos, y partió rumbo al lejano
hogar. Las sombras ocupaban todos los asientos, así que se quedó parada,
mirando por la ventana las miles de casas pasando rápidamente por como una
cinta transportadora y adentrándose cada vez más en sus pensamientos, de los
que ya no le pertenecían porque hacía rato de que ellos se habían vuelto dueños
de ella.
De pronto le asaltó una idea tan rápida que fue como si le
pegaran una patada en el estómago, tuvo que contener las ganas de doblarse y
caerse al suelo. Cerró los ojos e imaginó el universo cayendo a toda velocidad
e infinitamente. Pensó que tal vez todo se estaba desmoronando, que estábamos
transitando una caída hacía al vacío, que en algún momento íbamos a llegar al
fondo, chocar contra él y desaparecer junto con todo. La idea de que nada
existiera jamás le adormeció las piernas y sintió como si la cabeza le diera
millones de vueltas. ¿Y si algún día todo se termina? Ya no hay más vida, no
hay más estrellas, lunas ni soles, días ni noches, ni tiempo. No hay tampoco
partículas ni moléculas. Solo la nada misma.
De repente su mirada reparó en un niño que no debería tener
más de dos años. Iba sentado encima de su madre jugando con unos lentes de sol
demasiado grandes para su pequeña cabecita mientras se reía. En un momento se
los sacó y ambos se miraron. El niño abrió los ojos asombrado, acercó su diminuta
manito hacia ella y le acarició los dedos que estaban fuertemente aferrados al
asiento. No supo cuánto tiempo duró ese momento. Tal vez fue solo una milésima de
segundo. Se miraron tan fijamente que ella quedó atrapada en sus ojos grandes y
brillantes. Vas a cambiar el universo, le dijo con la mente. Entonces descubrió
su propio reflejo, su rostro plasmado en esos dos ojos como espejos. Y entendió
que lo que había dicho, no se lo decía ni más ni menos, que a ella misma.
Vera Miszka