“Todos tenemos luz y
oscuridad en nuestro interior. Lo que importa son las decisiones que tomamos.
Eso es lo que en realidad somos.”
-Sirius Black (Harry Potter y la Orden del Fénix)
Anochecía cuando Ulises caminaba por las calles desiertas de
la zona más peligrosa de la ciudad. Estaba preparado, sabía lo que tenía que
hacer y no tenía miedo. Avanzaba con las manos en los bolsillos, acariciando la
pistola dentro del derecho. Iba a ser una noche fría y ahora todo estaba
silencioso. A esta hora, en el barrio, todos se encerraban en sus casas,
temerosas de ser víctimas de alguna que otra pelea callejera entre pandillas,
de ser presa de seres desconocidos con las mentes más oscuras. Uno nunca sabe
qué se esconde entre las sombras. En el barrio se manejaban con las leyes de la
selva, el más fuerte sobrevive.
Ulises doblaba en una esquina y llegaba a una pequeña plaza,
en la que unas hamacas se mecían lentamente por el viento. Allí divisaba la silueta de un hombre y se
acercó hacia él. Era Nicolás, se conocían desde que eran tan solo unos niños. Se
sonrieron, e intercambiaron unas
palabras, porque no había tiempo para charlas.
Siguieron su camino, se internaron en un callejón oscuro y se sentaron
detrás de un contenedor de basura, a esperar.
La noche era fría y silenciosa, justo como le gustaba a Ulises. Entonces
miró a su amigo, los ojos verdes, las ojeras que caían debajo de ellos, el pelo
negro rapado a los costados. En algún momento había sido un chico apuesto,
ahora sus dientes estaban amarillentos,
su cara estaba demacrada y pálida. Aparentaba diez años más de los que
tenía.
Ulises comenzó a temblar y a sentirse nervioso, hacía ya
unas cuantas horas que no se drogaba y la necesidad empezaba a abrumarlo. Sacó
un cigarrillo y lo encendió, aunque sabía que eso no calmaría la ansiedad. Nicolás
lo miró y sonrío. Tranquilamente, metió las manos en sus bolsillos y extrajo
dos pequeñas bolsitas, le dio una Ulises y éste le agradeció, a lo que el otro
le contestó que se lo tendría que pagar luego. Ulises asintió, con la esperanza
de que su jefe les pagara bien por el trabajito que estaban por hacer. Entonces
cada uno disfrutó lo suyo, aunque no era mucho, pero les satisfaría por unas horas.
Ulises comenzó a sentirse mejor. El tiempo se aceleró y los momentos se le
pasaban como flashes. Que de a ratos se sentían tan bien, y por momentos
escuchaba cosas, que le daban miedo, como llantos de un bebé que no paraba de
gritar.
De repente todo se
puso negro, por un segundo, que parecieron horas, solo oía su respiración
agitada. Entendió que solo había cerrado los ojos. Al abrirlos se encontró en
una habitación donde había un niño, no debía tener más de tres años. Lo miraba
confundido y con lágrimas en los ojos. Un ruido de un golpe, seguido de un
chillido los sobresaltó a ambos. Ulises escuchó la voz de su amigo y luego el
tiro. Corrió hacia dónde provenía el sonido y se encontró en una sala. Allí
yacían dos cuerpos en el suelo, un hombre y una mujer, la sangre se esparcía,
espesa. Detrás estaba parado Nicolás, con el arma en la mano y con una sonrisa
macabra en el rostro miraba su obra. Inmediatamente, desvió la mirada hacía él
y le preguntó calmadamente si había terminado. Ulises entendió que se refería
al niño. Al ver que no contestaba nada,
su compañero lo miró con desprecio y dijo “para esto hubiera venido solo”.
Suspirando, comenzó a dirigirse por donde había venido Ulises.
Ya estaban enfrentados, Ulises estaba por decirle algo cuando vio que la
mujer comenzó a arrastrarse. Entonces, su amigo, al verle la cara, se dio
vuelta bruscamente, caminó rápidamente
hacia la mujer y le dio una fuerte patada en la cabeza. “Morite de una vez”
exclamó.
Se volvió hacia Ulises y le dijo:
-
¿Pensás hacer tu trabajo? ¿O tengo que hacer
todo yo? – En su voz se notaba su irritación. Ulises no contestó. -¿Qué mierda
te pasa? ¿Por qué me mirás así?
Sin responder, se volvió a la habitación donde estaba el
niño, a terminar su trabajo, para poder cobrar ese dinero de una vez. Cuando
entró todo seguía igual, el niño estaba inmóvil, solo lo siguió con los ojos.
Cuando Ulises le puso el arma en la frente, la criatura lo seguía mirando, sin
llorar, como si entendiera. Y su cara, su mirada, su presencia le era tan
familiar que segundos antes de apretar el gatillo, pudo ver su hermano Max.
Ulises despertó gritando, últimamente tenía muchas
pesadillas, pero nunca lograba acordarse de qué se trataban. Ya era de día, así
que levantó su cuerpo de diez años de la cama haciendo un esfuerzo, le dolía
todo el cuerpo. Mientras se cambiaba su madre entró a su habitación, al parecer
lo había oído gritar. Ulises le dijo que había sido otra de sus pesadillas y
ella lo miró preocupada. “¿Y no te acordás de nada?”. A la mente de Ulises acudieron algunas
imágenes con sonidos de voces, que no pudo relacionar ni comprender. Negó con
la cabeza. Ella estaba por salir de la
habitación cuando Ulises le preguntó:
-
¿Mamá qué es “drogarse”? –En realidad, Ulises
tenía una vaga idea de lo que era, solo quería asegurarse. Su madre se quedó
helada. Luego se acercó hacia él.
-
¿De dónde sacaste eso? –Le preguntó.
-
Lo escuché… en mi sueño. –Ella se agachó hasta
quedar a la altura de su hijo.
-
Es algo peligroso hijo que…-Suspiró.
-
¿Es lo que hacía el tío Javier?
-
Sí. –Lo miró con tristeza.
-
¿Es por eso que murió? –Ulises sabía que a su
madre no le gustaba hablar sobre ese tema, porque la ponía muy triste, pero él
necesitaba saber. Tal vez había soñado con el tío Javier.
-
Si, hijito.
-
¿Y por qué lo hacía mamá?
-
Tu tío tenía problemas en su vida, cosas feas
que le pasaron y lo que hacía se convirtió en una forma de evitar esas cosas.
–Ulises vio la tristeza de su madre reflejada en su rostro y decidió no
preguntar más.
Luego de desayunar y prepararse,
su madre lo acompañó a la escuela junto con Max, su hermano pequeño de dos
años, que iba en el cochecito, medio dormido. Cuando llegaron, Ulises se
despidió de su madre y de su hermano, luego ingresó a la escuela. Las horas de
clase pasaron lentas y aburridas, Ulises junto con todos sus compañeros
esperaban la llegada del recreo. Cuando
sonó el timbre, todos salieron apresurados al patio del colegio. Ulises se
reunió con sus amigos. Uno de ellos contaba sobre un juego que había jugado en
la casa de su primo, que tenía una computadora con una pantalla enorme…Ulises
se distrajo en sus pensamientos y dejó de escucharlo. Se concentró, de verdad
se sentía intrigado por lo que había soñado y quería acordarse, pero no lo
lograba. Entonces reparó en que a unos metros, sentado contra una pared, un
chico lo observaba. El chico estaba solo, tenía un cuaderno sobre sus piernas y
parecía estar dibujando algo, cuando vio que Ulises lo estaba mirando, giró la
cabeza hacia otro lado. El que había estado relatando la anécdota, dijo un
chiste y todos rieron, menos Ulises que no lo había escuchado. Ulises les
preguntó a sus amigos si sabían quién era el chico que lo había observado. Uno
de ellos le contestó que se llamaba Nicolás, que era nuevo, que lo habían
expulsado de una escuela y que lo enviaron aquí. El nombre del chico le resultó
familiar, pero no supo por qué.
Siguiendo un impulso, se alejó de su grupo y se acercó a donde estaba el
chico. Cuando lo tuvo frente a él, se
quedó sin palabras. Era su rostro, juraría que lo había visto en alguna parte,
que lo conocía de algún lado. Pero no podía recordar de dónde. El chico lo miró de una forma extraña, luego
le pasó la mano delante de los ojos. Ulises parpadeó y se sintió avergonzado,
pero no lo demostró. Se presentó y le preguntó si quería jugar a algo con sus
amigos. Le contestó que no, cortante y siguió dibujando. Ulises se quedó
callado y miró lo que dibujaba el chico, era un dragón que escupía fuego por la
boca, parecía real. Estaba a punto de dar media vuelta y volver por donde había
venido, cuando el chico le habló:
-
Me llamo Nicolás, lo siento, no me gustan los
juegos, me parecen estúpidos. –Le dijo seriamente. –Prefiero dibujar, es algo que en lo que sé
que soy bueno y me hace sentir bien. –Lo miró y sonrío.
-
¿Te molesta si me siento? –Le preguntó Ulises.
Nicolás se encogió de hombros y Ulises se sentó a su lado.
Nicolás tenía los ojos verdes y
el pelo negro le caía sobre los ojos, era flaco y no muy alto. Habían empezado
a charlar cuando vieron aproximarse a Tomás y a su grupo. Se empujaban entre
ellos y reían. Tomás era un chico gordo y enorme, y dedicaba su tiempo a
molestar a los demás chicos. Principalmente los nuevos. Cuando llegaron hasta ellos, Tomás los miró,
se agachó y le sacó el cuaderno de las manos a Nicolás. Los dos se pararon.
Nicolás le pidió que se lo devuelva. Tomás observó los dibujos y se echó a
reír, luego tiró el cuaderno por encima de su hombro. Todos los del grupo
rieron. El chico nuevo, tratando de
contener su ira, le dijo.
-
Me las pagarás.
-
Ay, qué miedo. –Le contestó Tomás, algunos del
grupo rieron.
-
¿No sabés por qué estoy acá no? –Le dijo
Nicolás, calmado. ¿Qué estaba haciendo?
Ulises quería que se callara, iba a hacer que les dieran la paliza de sus
vidas.
-
Dicen que te expulsaron
-
Oh si, un chico idiota como vos, quiso
molestarme, pobrecito. –Nicolás hablaba sonriente. Esa sonrisa, Ulises la
recordaba. Pero ¿de dónde?
-
¿Me estás amenazando? –Le dijo Tomás, furioso.
-
No, pero ese chico idiota se cagó en los
pantalones cuando le enseñé….-Metió las manos en los bolsillos y extrajo una
navaja -…esto y luego se la mostré…-Apuntó a Tomás al cuello. – así. –Todos se
quedaron en silencio. Sonó el timbre.
-
Estás muerto. –Le contestó Tomás, dio media
vuelta y se marchó con sus amigotes.
Una vez a salvo, Ulises le preguntó si estaba loco o algo así.
-
Tranquilo, no volverán, creeme.
Así fue como Ulises y Nicolás
se hicieron amigos.
Los años pasaron y los dos se volvieron como hermanos,
inseparables. Ambos estuvieron para el otro en los malos y buenos momentos. Ulises no tardó en enterarse que la familia de Nicolás no
era normal. Nicolás tenía muchos hermanos y no todos eran del mismo padre. El
novio de su madre era violento y solía pegarle a ella y hasta a veces, a sus
hijos. Así que un día, el hermano mayor de Nicolás, Franco, harto de la
situación, le pegó un tiro, en frente de Nicolás, sus hermanos y su madre.
Franco ya era mayor, así que fue preso por algunos años, luego lo liberaron.
Pero para ese momento, él había cambiado totalmente. Nicolás decía que se había
convertido en otra persona. Se ausentaba días enteros, y a veces se iba por las
noches, mientras todos dormían. Cuando su madre le preguntaba a dónde iba, se
ponía agresivo y le contestaba que no era de su incumbencia. Por otro lado, Ulises comenzó a tener peleas y
conflictos con su madre.
Un día, Nicolás le pidió a Ulises que lo acompañara para
seguir a su hermano y descubrir el misterio. Ulises aprovechó la oportunidad
para salir de su casa, había tenido una fea discusión con su madre y ya no
aguantaba estar ahí ni un segundo más.
Siguieron a Franco unas cuadras, hasta que se dio cuenta y
se acercó a ellos. El miedo que sintieron los amigos se les escapaba por los
poros. Pero para sorpresa de ellos, el hermano mayor de Nicolás no tuvo una
mala reacción, si no que se echó a reír. Amistosamente, les pidió que lo
acompañaran y así lo hicieron. Caminaron por las calles del barrio hasta llegar
a un terreno baldío, donde había un grupito de chicos de la edad de Franco,
sentados en los pastos. Los recibieron con risas y todo parecía ir bien.
Sabiendo que Ulises y Nicolás eran más chicos, uno podría
imaginarse que los amigos de Franco podrían llegar a tratarlos diferente a como
se trataban entre ellos, pero este no fue el caso. Ni siquiera cuando uno de
ellos sacó un porro de su bolsillo y comenzó a fumarlo. Después comenzó a
pasarlo a los demás, como si no les importara que Nicolás y él estuvieran allí.
Cuando había terminado, encendieron otro y esta vez se lo pasaron a Nicolás. En
sus ojos hubo un segundo de duda, pero
lo aceptó y luego Ulises también. Que estaba tan enojado con su madre que
realmente no le importaba lo que le sucediera en ese momento. Entonces fue como
si toda esa carga se liberara y comenzara a flotar. Se sentía tan bien,
relajado, liviano. Era como si todos esos problemas hubiesen volado más allá de
su cabeza y fue maravilloso. Pero no duró lo que él quería que durara.
Así fue como comenzaron a estar con Franco y sus amigos todos los días, en
los que siempre se drogaban y a veces, no solo con marihuana. Pero cuando
estaba en casa, Ulises casi no podía dormir, su madre ya no le hablaba y
alejaba a Max todo lo posible de él, eso era lo que más le enfurecía.
Uno de esos días, Nicolás y Ulises fueron a encontrarse con
el grupo, como hacían usualmente. Pero cuando quisieron drogarse, Franco negó
con la cabeza y dijo:
-
Esto no es gratis chicos.
-
Te pagamos después, dale. –Le contestó Nicolás.
-
No quiero que me paguen. –Dijo sonriendo. Los
amigos se miraron sin entender. –Quiero que trabajen para mí.
-
¿Haciendo qué? –Intervino Ulises, que no le
estaba gustando el asunto.
-
Lo que sea que les pida, y les pagaré, obvio. –Concluyó.
Ulises no supo que le sucedió en ese momento, ni por qué. En
su cabeza aparecieron imágenes, que se fueron conectando y formando partes de
lo que había sido un sueño, olvidado hace ya tiempo.
En estas imágenes apareció Nicolás, con muchos años más
grande, con la cara demacrada. Lo vio entrar a un hogar y matar a sangre fría a
una mujer. Y su sonrisa, esa sonrisa, esos ojos perdidos en la locura fue lo
que lo hizo estremecer. Y se vio a sí mismo, apuntando con un arma a la cara de
un niño, que tendría la edad de Max, sintiendo ese deseo de drogarse, que le
reclamaba su cuerpo…
Corrió. Nicolás lo llamó, pero él no se detuvo. Llegó a su
casa y se encerró en su habitación, estaba alterado, no sabía qué hacer. Recordó
la cara de Max en el sueño y comenzó a golpearse la cabeza contra la pared,
cerró los ojos. Cuando los abrió estaba acurrucado en un rincón de su
habitación, le dolía todo el cuerpo y tenía tantas ganas de drogarse que le dio
miedo.
Se incorporó, caminó hasta su cama y se acostó, con la cara
contra la almohada. En eso oyó unos pasos y su madre le habló desde la puerta.
-
Ulises. –Lo llamó. Él no contestó.
-
Ulises, levántate.
“Quiero que se vaya, andate mamá,
haceme el favor, dale” pensó.
-
No me voy a ir hasta que te levantes y hablemos.
–Ulises empezó a moverse y se sentó en la cama, sin mirarla. Ella se acercó.
-
¿Otra vez estás drogado? ¿No te dije que lo
dejaras? –Le dijo levantando la voz.
-
¿Qué querés? –Alcanzó a decir Ulises, sin que se
le quebrara la voz.
-
Que te vayas. – Sintió una puntada en el pecho.
-
¿A dónde?
-
Ulises, te voy a internar, vas a hacer rehabilitación.
–Dijo la frase sin vacilar.
-
¿Qué? ¿Pero vos me estás jodiendo? –Ulises se
levantó de la cama, furioso. ¿Cómo podía hacerle una cosa así?
-
No, no podés seguir así. Tenés diecisiete años,
no podés destruirte así. Max tiene miedo, yo tengo miedo y no te quiero cerca
de nosotros hasta que estés bien.
-
¿Dónde está Max?
-
Durmiendo, así que te agredecería que no grites.
Ulises, lleno de furia, tomó su mochila y salió de la casa
mientras que su madre lo seguía a los gritos.
-
YO NO VOY A IR A ESE LUGAR DE MIERDA –Le gritó y
salió de la casa.
Caminando por la vereda, logró ver la carita de Max, que lo
miraba desde la ventana de la casa, apoyado contra el vidrio. Ulises siguió
caminando sin mirar atrás. En el camino se encontró con Nicolás que trató de
convencerlo de que trabajara para Franco, Ulises le dijo que no y siguió
caminando.
A sus diecisiete años, Ulises empezó a vivir su vida solo.
Le costó, pero no volvió a drogarse nunca más en su vida. Porque cada vez que
estaba a punto de hacerlo, la carita de Max contra el vidrio aparecía en su
mente y no podía hacerlo. No soportaba haber decepcionado a su hermano, ni que
éste le llegara a tenerle miedo.
Pasaron años. Una noche estaba sentado en su departamento,
mirando el noticiero, cuando una noticia lo impactó. En la pantalla, los
titulares hablaban sobre un hombre que había asesinado a una familia por
asuntos de narcotráfico y agregaban que éste había sido asesinado en un tiroteo
de bandas luego de cometer el crimen. A los titulares lo acompañaba una foto.
Y era él, Nicolás, justo como lo había
soñado, hace tanto tiempo. Nunca había encontrado la explicación al sueño. Nunca creyó en las premoniciones, ni en los
psíquicos, ni nada de eso. Así que trató de justificar que lo que había sido
que tomara la decisión de huir de Nicolás, Franco y toda su vida, fue su propio
instinto, pero en el fondo sabía que no era así. Sabía que por alguna extraña
razón, que tal vez nunca llegara a descubrir, la vida le había enviado una
advertencia.
El escritor dejó de escribir.
Por las persianas se colaban las primeras luces del día. Había estado
escribiendo toda la noche. Se levantó y se dirigió al baño a darse una ducha. Se
cambió y salió a la calle. Tomó un colectivo, el viaje duró dos horas. Cuando
llegó a su destino, el corazón le palpitaba en los oídos, estaba nervioso.
Esperó y caminó hacia la entrada de la casa. Tocó timbre. Tardaron unos minutos
en abrir. Se encontró con un chico de trece años frente a él, era su viva
imagen de joven. Los dos se miraron en silencio. El chico le preguntó que
necesitaba. No lo había reconocido. El escritor le dijo quién era mientras los
ojos se le llenaban de lágrimas. Tenía tanto que decirle, demasiadas disculpas,
pero en ese momento, las palabras no salían. Se escuchó la voz de una mujer que
venía desde adentro de la casa. Y en un segundo, su madre estaba detrás de su hermano,
los años vividos se reflejaban en su rostro. Entonces el escritor, comenzó a
llorar, se acercó a su hermano y lo abrazó. Pronto se acercó su madre y los
tres se abrazaban y lloraban. Tal vez, los errores cometidos no los arreglara
nunca, él no podía cambiar el pasado, pero en ese momento, estaban juntos, se
sentían completos y con eso, bastaba.
“The family is forever”
Vera Miszka