martes, 5 de noviembre de 2013

Premoniciones

“Todos tenemos luz y oscuridad en nuestro interior. Lo que importa son las decisiones que tomamos. Eso es lo que en realidad somos.”
                                                             -Sirius Black (Harry Potter y la Orden del Fénix)


Anochecía cuando Ulises caminaba por las calles desiertas de la zona más peligrosa de la ciudad. Estaba preparado, sabía lo que tenía que hacer y no tenía miedo. Avanzaba con las manos en los bolsillos, acariciando la pistola dentro del derecho. Iba a ser una noche fría y ahora todo estaba silencioso. A esta hora, en el barrio, todos se encerraban en sus casas, temerosas de ser víctimas de alguna que otra pelea callejera entre pandillas, de ser presa de seres desconocidos con las mentes más oscuras. Uno nunca sabe qué se esconde entre las sombras. En el barrio se manejaban con las leyes de la selva, el más fuerte sobrevive.

Ulises doblaba en una esquina y llegaba a una pequeña plaza, en la que unas hamacas se mecían lentamente por el viento.  Allí divisaba la silueta de un hombre y se acercó hacia él. Era Nicolás, se conocían desde que eran tan solo unos niños. Se sonrieron,  e intercambiaron unas palabras, porque no había tiempo para charlas.  Siguieron su camino, se internaron en un callejón oscuro y se sentaron detrás de un contenedor de basura, a esperar.  La noche era fría y silenciosa, justo como le gustaba a Ulises. Entonces miró a su amigo, los ojos verdes, las ojeras que caían debajo de ellos, el pelo negro rapado a los costados. En algún momento había sido un chico apuesto, ahora sus dientes estaban amarillentos,  su cara estaba demacrada y pálida. Aparentaba diez años más de los que tenía. 

Ulises comenzó a temblar y a sentirse nervioso, hacía ya unas cuantas horas que no se drogaba y la necesidad empezaba a abrumarlo. Sacó un cigarrillo y lo encendió, aunque sabía que eso no calmaría la ansiedad. Nicolás lo miró y sonrío. Tranquilamente, metió las manos en sus bolsillos y extrajo dos pequeñas bolsitas, le dio una Ulises y éste le agradeció, a lo que el otro le contestó que se lo tendría que pagar luego. Ulises asintió, con la esperanza de que su jefe les pagara bien por el trabajito que estaban por hacer. Entonces cada uno disfrutó lo suyo, aunque no era mucho, pero les satisfaría  por unas horas.
Ulises comenzó a sentirse mejor.  El tiempo se aceleró y los momentos se le pasaban como flashes. Que de a ratos se sentían tan bien, y por momentos escuchaba cosas, que le daban miedo, como llantos de un bebé que no paraba de gritar.

De repente  todo se puso negro, por un segundo, que parecieron horas, solo oía su respiración agitada. Entendió que solo había cerrado los ojos. Al abrirlos se encontró en una habitación donde había un niño, no debía tener más de tres años. Lo miraba confundido y con lágrimas en los ojos. Un ruido de un golpe, seguido de un chillido los sobresaltó a ambos. Ulises escuchó la voz de su amigo y luego el tiro. Corrió hacia dónde provenía el sonido y se encontró en una sala. Allí yacían dos cuerpos en el suelo, un hombre y una mujer, la sangre se esparcía, espesa. Detrás estaba parado Nicolás, con el arma en la mano y con una sonrisa macabra en el rostro miraba su obra. Inmediatamente, desvió la mirada hacía él y le preguntó calmadamente si había terminado. Ulises entendió que se refería al niño.  Al ver que no contestaba nada, su compañero lo miró con desprecio y dijo “para esto hubiera venido solo”. Suspirando, comenzó a dirigirse por donde había venido  Ulises.  Ya estaban enfrentados, Ulises estaba por decirle algo cuando vio que la mujer comenzó a arrastrarse. Entonces, su amigo, al verle la cara, se dio vuelta bruscamente,  caminó rápidamente hacia la mujer y le dio una fuerte patada en la cabeza. “Morite de una vez” exclamó.
Se volvió hacia Ulises y le dijo:
-          ¿Pensás hacer tu trabajo? ¿O tengo que hacer todo yo? – En su voz se notaba su irritación. Ulises no contestó. -¿Qué mierda te pasa? ¿Por qué me mirás así?

Sin responder, se volvió a la habitación donde estaba el niño, a terminar su trabajo, para poder cobrar ese dinero de una vez. Cuando entró todo seguía igual, el niño estaba inmóvil, solo lo siguió con los ojos. Cuando Ulises le puso el arma en la frente, la criatura lo seguía mirando, sin llorar, como si entendiera. Y su cara, su mirada, su presencia le era tan familiar que segundos antes de apretar el gatillo, pudo ver su hermano Max.

Ulises despertó gritando, últimamente tenía muchas pesadillas, pero nunca lograba acordarse de qué se trataban. Ya era de día, así que levantó su cuerpo de diez años de la cama haciendo un esfuerzo, le dolía todo el cuerpo. Mientras se cambiaba su madre entró a su habitación, al parecer lo había oído gritar. Ulises le dijo que había sido otra de sus pesadillas y ella lo miró preocupada. “¿Y no te acordás de nada?”.  A la mente de Ulises acudieron algunas imágenes con sonidos de voces, que no pudo relacionar ni comprender. Negó con la cabeza.  Ella estaba por salir de la habitación cuando Ulises le preguntó:

-          ¿Mamá qué es “drogarse”? –En realidad, Ulises tenía una vaga idea de lo que era, solo quería asegurarse. Su madre se quedó helada. Luego se acercó hacia él.
-          ¿De dónde sacaste eso? –Le preguntó.
-          Lo escuché… en mi sueño. –Ella se agachó hasta quedar a la altura de su hijo.
-          Es algo peligroso hijo que…-Suspiró.
-          ¿Es lo que hacía el tío Javier?
-          Sí. –Lo miró con tristeza.
-          ¿Es por eso que murió? –Ulises sabía que a su madre no le gustaba hablar sobre ese tema, porque la ponía muy triste, pero él necesitaba saber. Tal vez había soñado con el tío  Javier.
-          Si, hijito.
-          ¿Y por qué lo hacía mamá?
-          Tu tío tenía problemas en su vida, cosas feas que le pasaron y lo que hacía se convirtió en una forma de evitar esas cosas. –Ulises vio la tristeza de su madre reflejada en su rostro y decidió no preguntar más.

Luego de desayunar y prepararse, su madre lo acompañó a la escuela junto con Max, su hermano pequeño de dos años, que iba en el cochecito, medio dormido. Cuando llegaron, Ulises se despidió de su madre y de su hermano, luego ingresó a la escuela. Las horas de clase pasaron lentas y aburridas, Ulises junto con todos sus compañeros esperaban la llegada del recreo.  Cuando sonó el timbre, todos salieron apresurados al patio del colegio. Ulises se reunió con sus amigos. Uno de ellos contaba sobre un juego que había jugado en la casa de su primo, que tenía una computadora con una pantalla enorme…Ulises se distrajo en sus pensamientos y dejó de escucharlo. Se concentró, de verdad se sentía intrigado por lo que había soñado y quería acordarse, pero no lo lograba. Entonces reparó en que a unos metros, sentado contra una pared, un chico lo observaba. El chico estaba solo, tenía un cuaderno sobre sus piernas y parecía estar dibujando algo, cuando vio que Ulises lo estaba mirando, giró la cabeza hacia otro lado. El que había estado relatando la anécdota, dijo un chiste y todos rieron, menos Ulises que no lo había escuchado. Ulises les preguntó a sus amigos si sabían quién era el chico que lo había observado. Uno de ellos le contestó que se llamaba Nicolás, que era nuevo, que lo habían expulsado de una escuela y que lo enviaron aquí. El nombre del chico le resultó familiar, pero no supo por qué.  Siguiendo un impulso, se alejó de su grupo y se acercó a donde estaba el chico.  Cuando lo tuvo frente a él, se quedó sin palabras. Era su rostro, juraría que lo había visto en alguna parte, que lo conocía de algún lado. Pero no podía recordar de dónde.  El chico lo miró de una forma extraña, luego le pasó la mano delante de los ojos. Ulises parpadeó y se sintió avergonzado, pero no lo demostró. Se presentó y le preguntó si quería jugar a algo con sus amigos. Le contestó que no, cortante y siguió dibujando. Ulises se quedó callado y miró lo que dibujaba el chico, era un dragón que escupía fuego por la boca, parecía real. Estaba a punto de dar media vuelta y volver por donde había venido, cuando el chico le habló:

-          Me llamo Nicolás, lo siento, no me gustan los juegos, me parecen estúpidos. –Le dijo seriamente.  –Prefiero dibujar, es algo que en lo que sé que soy bueno y me hace sentir bien. –Lo miró y sonrío.
-          ¿Te molesta si me siento? –Le preguntó Ulises. Nicolás se encogió de hombros y Ulises se sentó a su lado.

Nicolás tenía los ojos verdes y el pelo negro le caía sobre los ojos, era flaco y no muy alto. Habían empezado a charlar cuando vieron aproximarse a Tomás y a su grupo. Se empujaban entre ellos y reían. Tomás era un chico gordo y enorme, y dedicaba su tiempo a molestar a los demás chicos. Principalmente los nuevos.  Cuando llegaron hasta ellos, Tomás los miró, se agachó y le sacó el cuaderno de las manos a Nicolás. Los dos se pararon. Nicolás le pidió que se lo devuelva. Tomás observó los dibujos y se echó a reír, luego tiró el cuaderno por encima de su hombro. Todos los del grupo rieron.  El chico nuevo, tratando de contener su ira, le dijo.

-          Me las pagarás.
-          Ay, qué miedo. –Le contestó Tomás, algunos del grupo rieron.
-          ¿No sabés por qué estoy acá no? –Le dijo Nicolás, calmado.  ¿Qué estaba haciendo? Ulises quería que se callara, iba a hacer que les dieran la paliza de sus vidas.
-          Dicen que te expulsaron
-          Oh si, un chico idiota como vos, quiso molestarme, pobrecito. –Nicolás hablaba sonriente. Esa sonrisa, Ulises la recordaba. Pero ¿de dónde?
-          ¿Me estás amenazando? –Le dijo Tomás, furioso.
-          No, pero ese chico idiota se cagó en los pantalones cuando le enseñé….-Metió las manos en los bolsillos y extrajo una navaja -…esto y luego se la mostré…-Apuntó a Tomás al cuello. – así. –Todos se quedaron en silencio. Sonó el timbre.

-          Estás muerto. –Le contestó Tomás, dio media vuelta y se marchó con sus amigotes.
Una vez a salvo,  Ulises le preguntó si estaba loco o algo así.
-          Tranquilo, no volverán, creeme.

Así fue como Ulises y Nicolás se hicieron amigos.
Los años pasaron y los dos se volvieron como hermanos, inseparables. Ambos estuvieron para el otro en los malos y buenos momentos. Ulises no tardó en enterarse que la familia de Nicolás no era normal. Nicolás tenía muchos hermanos y no todos eran del mismo padre. El novio de su madre era violento y solía pegarle a ella y hasta a veces, a sus hijos. Así que un día, el hermano mayor de Nicolás, Franco, harto de la situación, le pegó un tiro, en frente de Nicolás, sus hermanos y su madre. Franco ya era mayor, así que fue preso por algunos años, luego lo liberaron. Pero para ese momento, él había cambiado totalmente. Nicolás decía que se había convertido en otra persona. Se ausentaba días enteros, y a veces se iba por las noches, mientras todos dormían. Cuando su madre le preguntaba a dónde iba, se ponía agresivo y le contestaba que no era de su incumbencia.  Por otro lado, Ulises comenzó a tener peleas y conflictos con su madre.

Un día, Nicolás le pidió a Ulises que lo acompañara para seguir a su hermano y descubrir el misterio. Ulises aprovechó la oportunidad para salir de su casa, había tenido una fea discusión con su madre y ya no aguantaba estar ahí ni un segundo más.

Siguieron a Franco unas cuadras, hasta que se dio cuenta y se acercó a ellos. El miedo que sintieron los amigos se les escapaba por los poros. Pero para sorpresa de ellos, el hermano mayor de Nicolás no tuvo una mala reacción, si no que se echó a reír. Amistosamente, les pidió que lo acompañaran y así lo hicieron. Caminaron por las calles del barrio hasta llegar a un terreno baldío, donde había un grupito de chicos de la edad de Franco, sentados en los pastos. Los recibieron con risas y todo parecía ir bien.
Sabiendo que Ulises y Nicolás eran más chicos, uno podría imaginarse que los amigos de Franco podrían llegar a tratarlos diferente a como se trataban entre ellos, pero este no fue el caso. Ni siquiera cuando uno de ellos sacó un porro de su bolsillo y comenzó a fumarlo. Después comenzó a pasarlo a los demás, como si no les importara que Nicolás y él estuvieran allí. Cuando había terminado, encendieron otro y esta vez se lo pasaron a Nicolás. En sus ojos hubo un segundo de duda,  pero lo aceptó  y luego Ulises también.  Que estaba tan enojado con su madre que realmente no le importaba lo que le sucediera en ese momento. Entonces fue como si toda esa carga se liberara y comenzara a flotar. Se sentía tan bien, relajado, liviano. Era como si todos esos problemas hubiesen volado más allá de su cabeza y  fue maravilloso.  Pero no duró lo que él quería que durara.

Así fue como comenzaron a estar  con Franco y sus amigos todos los días, en los que siempre se drogaban y a veces, no solo con marihuana. Pero cuando estaba en casa, Ulises casi no podía dormir, su madre ya no le hablaba y alejaba a Max todo lo posible de él, eso era lo que más le enfurecía.
Uno de esos días, Nicolás y Ulises fueron a encontrarse con el grupo, como hacían usualmente. Pero cuando quisieron drogarse, Franco negó con la cabeza y dijo:

-          Esto no es gratis chicos.
-          Te pagamos después, dale. –Le contestó Nicolás.
-          No quiero que me paguen. –Dijo sonriendo. Los amigos se miraron sin entender. –Quiero que trabajen para mí.
-          ¿Haciendo qué? –Intervino Ulises, que no le estaba gustando el asunto.
-          Lo que sea que les pida, y les pagaré, obvio. –Concluyó.

Ulises no supo que le sucedió en ese momento, ni por qué. En su cabeza aparecieron imágenes, que se fueron conectando y formando partes de lo que había sido un sueño, olvidado hace ya tiempo.
En estas imágenes apareció Nicolás, con muchos años más grande, con la cara demacrada. Lo vio entrar a un hogar y matar a sangre fría a una mujer. Y su sonrisa, esa sonrisa, esos ojos perdidos en la locura fue lo que lo hizo estremecer. Y se vio a sí mismo, apuntando con un arma a la cara de un niño, que tendría la edad de Max, sintiendo ese deseo de drogarse, que le reclamaba su cuerpo…

Corrió. Nicolás lo llamó, pero él no se detuvo. Llegó a su casa y se encerró en su habitación, estaba alterado, no sabía qué hacer. Recordó la cara de Max en el sueño y comenzó a golpearse la cabeza contra la pared, cerró los ojos. Cuando los abrió estaba acurrucado en un rincón de su habitación, le dolía todo el cuerpo y tenía tantas ganas de drogarse que le dio miedo.
Se incorporó, caminó hasta su cama y se acostó, con la cara contra la almohada. En eso oyó unos pasos y su madre le habló desde la puerta.

-          Ulises. –Lo llamó. Él no contestó.
-          Ulises, levántate.
“Quiero que se vaya, andate mamá, haceme el favor, dale” pensó.
-          No me voy a ir hasta que te levantes y hablemos. –Ulises empezó a moverse y se sentó en la cama, sin mirarla. Ella se acercó.
-          ¿Otra vez estás drogado? ¿No te dije que lo dejaras? –Le dijo levantando la voz.
-          ¿Qué querés? –Alcanzó a decir Ulises, sin que se le quebrara la voz.
-          Que te vayas. – Sintió una puntada en el pecho.
-          ¿A dónde?
-          Ulises, te voy a internar, vas a hacer rehabilitación. –Dijo la frase sin vacilar.
-          ¿Qué? ¿Pero vos me estás jodiendo? –Ulises se levantó de la cama, furioso. ¿Cómo podía hacerle una cosa así?
-          No, no podés seguir así. Tenés diecisiete años, no podés destruirte así. Max tiene miedo, yo tengo miedo y no te quiero cerca de nosotros hasta que estés bien.
-          ¿Dónde está Max?
-          Durmiendo, así que te agredecería que no grites.
Ulises, lleno de furia, tomó su mochila y salió de la casa mientras que su madre lo seguía a los gritos.
-          YO NO VOY A IR A ESE LUGAR DE MIERDA –Le gritó y salió de la casa.

Caminando por la vereda, logró ver la carita de Max, que lo miraba desde la ventana de la casa, apoyado contra el vidrio. Ulises siguió caminando sin mirar atrás. En el camino se encontró con Nicolás que trató de convencerlo de que trabajara para Franco, Ulises le dijo que no y siguió caminando.

A sus diecisiete años, Ulises empezó a vivir su vida solo. Le costó, pero no volvió a drogarse nunca más en su vida. Porque cada vez que estaba a punto de hacerlo, la carita de Max contra el vidrio aparecía en su mente y no podía hacerlo. No soportaba haber decepcionado a su hermano, ni que éste le llegara a tenerle miedo.
Pasaron años. Una noche estaba sentado en su departamento, mirando el noticiero, cuando una noticia lo impactó. En la pantalla, los titulares hablaban sobre un hombre que había asesinado a una familia por asuntos de narcotráfico y agregaban que éste había sido asesinado en un tiroteo de bandas luego de cometer el crimen. A los titulares lo acompañaba una foto. Y  era él, Nicolás, justo como lo había soñado, hace tanto tiempo. Nunca había encontrado la explicación al sueño.  Nunca creyó en las premoniciones, ni en los psíquicos, ni nada de eso. Así que trató de justificar que lo que había sido que tomara la decisión de huir de Nicolás, Franco y toda su vida, fue su propio instinto, pero en el fondo sabía que no era así. Sabía que por alguna extraña razón, que tal vez nunca llegara a descubrir, la vida le había enviado una advertencia.

El escritor dejó de escribir. Por las persianas se colaban las primeras luces del día. Había estado escribiendo toda la noche. Se levantó y se dirigió al baño a darse una ducha. Se cambió y salió a la calle. Tomó un colectivo, el viaje duró dos horas. Cuando llegó a su destino, el corazón le palpitaba en los oídos, estaba nervioso. Esperó y caminó hacia la entrada de la casa. Tocó timbre. Tardaron unos minutos en abrir. Se encontró con un chico de trece años frente a él, era su viva imagen de joven. Los dos se miraron en silencio. El chico le preguntó que necesitaba. No lo había reconocido. El escritor le dijo quién era mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. Tenía tanto que decirle, demasiadas disculpas, pero en ese momento, las palabras no salían. Se escuchó la voz de una mujer que venía desde adentro de la casa. Y en un segundo, su madre estaba detrás de su hermano, los años vividos se reflejaban en su rostro. Entonces el escritor, comenzó a llorar, se acercó a su hermano y lo abrazó. Pronto se acercó su madre y los tres se abrazaban y lloraban. Tal vez, los errores cometidos no los arreglara nunca, él no podía cambiar el pasado, pero en ese momento, estaban juntos, se sentían completos y con eso, bastaba.


“The family is forever”


Vera Miszka

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