Estoy acampando sola, en la oscuridad. Es tarde, y aún no puedo dormir. Oigo los sonidos que hacen los animales y la brisa, ese silbido que hace el viento siempre como anunciando que algo está por venir.
Hoy me desperté en mi cama, pensando que tenía que venir a acampar. Apenas lo supe me organicé todo para ir. Ahora acá estoy. Ni siquiera tengo una explicación. Solo lo hago porque siento que debo hacerlo. Es como si algo me llamara. Sí, creo que recuerdo haber soñado con este lugar. Recuerdo un susurro que no entiendo pero continúa sonando, no se detiene.
Es entonces cuando lo vuelvo a escuchar. Abro los ojos, pensando que estoy soñando. Después de unos segundos lo oigo otra vez, suena como si el viento me hablara. Entre esos sonidos de lengua extraña escucho mi nombre. La frase se repite, una y otra vez. Prendo la luz de la linterna, me quedo quieta y atenta. Comienzo a ver sombras por las paredes de la carpa. El sonido se vuelve más fuerte.
Hoy me desperté, sintiendo que debía buscar algo, pero no sé qué es. Ahora, muchas horas después, siento que debo salir a buscarlo.
Rápidamente, me pongo un abrigo y las zapatillas. Salgo con la linterna en una mano, me detengo a observar al rededor y luego comienzo a caminar.
Los grillos les cantan a la luna. Algunas lechuzas conversan con las estrellas. Todos los sonidos se combinan en una melodía hermosa, pero a la vez, misteriosa.
Después de caminar un rato, veo una luz a unos metros. Sin saber por qué me acerco hacia ella, estoy a punto de tocarla. Estiro los dedos cuando, de repente, comienza a alejarse rápidamente. Empiezo a correr detrás de ella, pero cada vez va más rápido. Nunca puedo alcanzar la luz. Los pies me duelen, siento ramitas que se me clavan en los pies. Pero no me importa, yo sigo corriendo la luz. Cada vez está más lejos, hasta que la pierdo de vista. Entonces me detengo. Me doy cuenta que no tengo a linterna, se me debe haber caído en el camino. Todo está oscuro. Casi no puedo ver. Además los animales se han callado por una extraña razón.
Comienzo a oír el susurro otra vez, esa combinación de palabras inentendibles, esa frase con mi nombre. Que me llama, que me reclama. Lo escucho a mis espaldas. Me doy vuelta y allí está la luz, ahora titila y está quieta. Cuando me acerco esta vez, no se mueve y cuando la toco comienza a girar a mi al rededor, produciendo ese sonido cada vez más seguido. Cada vez más veloz me da vueltas. Comienzo a sentir que mis pies se separan del piso. Miro hacia abajo y compruebo que me estoy elevando. Los árboles se van volviendo cada vez más pequeños. Las estrellas se ven más claras desde acá. Y ya no siento frío ni temor. Mis pies bailan en el aire. Y el sonido que reproduce la luz se vuelve una melodía relajante. Elevarse es como respirar, es como un suspiro.
No puedo evitar sentirme feliz, sin preocupaciones. Sólo sé que todo va a estar bien.
Vera Miszka
