sábado, 31 de enero de 2015

El regreso a casa




Estoy acampando sola, en la oscuridad. Es tarde, y aún no puedo dormir. Oigo los sonidos que hacen los animales y la brisa, ese silbido que hace el viento siempre como anunciando que algo está por venir.


Hoy me desperté en mi cama, pensando que tenía que venir a acampar. Apenas lo supe me organicé todo para ir. Ahora acá estoy. Ni siquiera tengo una explicación. Solo lo hago porque siento que debo hacerlo. Es como si algo me llamara. Sí, creo que recuerdo haber soñado con este lugar. Recuerdo un susurro que no entiendo pero continúa sonando, no se detiene.


Es entonces cuando lo vuelvo a escuchar. Abro los ojos, pensando que estoy soñando. Después de unos segundos lo oigo otra vez, suena como si el viento me hablara. Entre esos sonidos de lengua extraña escucho mi nombre. La frase se repite, una y otra vez. Prendo la luz de la linterna, me quedo quieta y atenta. Comienzo a ver sombras por las paredes de la carpa. El sonido se vuelve más fuerte.


Hoy me desperté, sintiendo que debía buscar algo, pero no sé qué es. Ahora, muchas horas después, siento que debo salir a buscarlo.


Rápidamente, me pongo un abrigo y las zapatillas. Salgo con la linterna en una mano, me detengo a observar al rededor y luego comienzo a caminar.


Los grillos les cantan a la luna. Algunas lechuzas conversan con las estrellas. Todos los sonidos se combinan en una melodía hermosa, pero a la vez, misteriosa.


Después de caminar un rato, veo una luz a unos metros. Sin saber por qué me acerco hacia ella, estoy a punto de tocarla. Estiro los dedos cuando, de repente, comienza a alejarse rápidamente. Empiezo a correr detrás de ella, pero cada vez va más rápido. Nunca puedo alcanzar la luz. Los pies me duelen, siento ramitas que se me clavan en los pies. Pero no me importa, yo sigo corriendo la luz. Cada vez está más lejos, hasta que la pierdo de vista. Entonces me detengo. Me doy cuenta que no tengo a linterna, se me debe haber caído en el camino. Todo está oscuro. Casi no puedo ver. Además los animales se han callado por una extraña razón.


Comienzo a oír el susurro otra vez, esa combinación de palabras inentendibles, esa frase con mi nombre. Que me llama, que me reclama. Lo escucho a mis espaldas. Me doy vuelta y allí está la luz, ahora titila y está quieta. Cuando me acerco esta vez, no se mueve y cuando la toco comienza a girar a mi al rededor, produciendo ese sonido cada vez más seguido. Cada vez más veloz me da vueltas. Comienzo a sentir que mis pies se separan del piso. Miro hacia abajo y compruebo que me estoy elevando. Los árboles se van volviendo cada vez más pequeños. Las estrellas se ven más claras desde acá. Y ya no siento frío ni temor. Mis pies bailan en el aire. Y el sonido que reproduce la luz se vuelve una melodía relajante. Elevarse es como respirar, es como un suspiro.


No puedo evitar sentirme feliz, sin preocupaciones. Sólo sé que todo va a estar bien.






Vera Miszka

miércoles, 14 de enero de 2015

La sombra sin nombre



Ahora lo veo en todas partes. Desde aquel día en el café. No sé quién es ni qué quiere de mí. Pero siempre esa silueta. Siempre parado de la misma manera. Siempre alejado. Entre la gente como un ser invisible. No necesito verlo para saber que está ahí, aunque con frecuencia lo miro, oculto entre las sombras. Siento su presencia. El corazón comienza a latirme más fuerte, se me pone la piel de gallina.
Aquel día refugiada en el café, luego de verlo por primera vez, me levanté para ir al baño. Allí frente al espejo sequé mis lágrimas, intenté calmarme mirando mi propio reflejo, dándome palabras de ánimo con poco efecto. Y cuando salí estaba parado a tan solo unas mesas de la mía, observándome. Pasé a su lado, intentando disimular mi desesperación, tratando de pasar desapercibida.  No pude divisar su rostro. Parecía una sombra, llegué a creer que lo era. Llegué a creer tantas cosas, menos lo que terminó sucediendo.
Desde entonces, vivo huyendo, de una sombra sin nombre. Así lo llamo. Ya perdí la cuenta de las veces que me he mudado, de las ciudades que he visto. Pero él siempre me encuentra. Porque se ha transformado en mi propia sombra, siguiéndome a todas partes. A cualquier lado que voy, él está ahí, acechándome. Tanto tiempo he vivido así, asustada, acechada como una presa. Él está esperando, el momento correcto  para caer sobre mí y envolverme con sus garras, lo sé, lo siento en mis huesos. Es tiempo de que haga algo más, es tiempo de dejar de huir. Huir no soluciona las cosas, en algún lado leí esa frase.
Así que aquí estoy, en el café donde todo comenzó. En cualquier instante sentiré su presencia. Sí, creo que lo siento aproximarse. Mi corazón avisa. Pero esta vez estoy más asustada que nunca. Estoy a punto de enfrentar mi peor miedo.  Lo veo de reojo. Me levanto y salgo afuera. La nieve cae silenciosamente. Estoy a unos pasos. Me duele caminar, me duele internamente, pero igual lo hago. Avanzo entre la nieve, entre la oscura tarde.  Entonces ya teniéndolo en frente mío, levanto la cabeza y lo miro, fijamente. Me tiembla todo el cuerpo. De repente me encuentro con mi propia imagen. No lo entiendo. Mis propios ojos me miran con lágrimas en los ojos llenos de confusión, miedo y desesperación. Intento decir algo, pero no puedo. De mi boca solo sale una nube de vapor que se extingue en el aire. Es la sombra, que ya no es la sombra, sino una copia de mí misma, la que rompe el silencio. Con las cejas fruncidas y gesto amenazante me dice:
-          Deja de seguirme, sombra sin nombre.
Luego se da vuelta y desaparece entre los copos de nieve.



Vera Miszka