Ahora lo veo en todas partes. Desde aquel día en el café. No
sé quién es ni qué quiere de mí. Pero siempre esa silueta. Siempre parado de la
misma manera. Siempre alejado. Entre la gente como un ser invisible. No
necesito verlo para saber que está ahí, aunque con frecuencia lo miro, oculto
entre las sombras. Siento su presencia. El corazón comienza a latirme más
fuerte, se me pone la piel de gallina.
Aquel día refugiada en el café, luego de verlo por primera
vez, me levanté para ir al baño. Allí frente al espejo sequé mis lágrimas,
intenté calmarme mirando mi propio reflejo, dándome palabras de ánimo con poco
efecto. Y cuando salí estaba parado a tan solo unas mesas de la mía,
observándome. Pasé a su lado, intentando disimular mi desesperación, tratando
de pasar desapercibida. No pude divisar
su rostro. Parecía una sombra, llegué a creer que lo era. Llegué a creer tantas
cosas, menos lo que terminó sucediendo.
Desde entonces, vivo huyendo, de una sombra sin nombre. Así
lo llamo. Ya perdí la cuenta de las veces que me he mudado, de las ciudades que
he visto. Pero él siempre me encuentra. Porque se ha transformado en mi propia
sombra, siguiéndome a todas partes. A cualquier lado que voy, él está ahí,
acechándome. Tanto tiempo he vivido así, asustada, acechada como una presa. Él
está esperando, el momento correcto para
caer sobre mí y envolverme con sus garras, lo sé, lo siento en mis huesos. Es
tiempo de que haga algo más, es tiempo de dejar de huir. Huir no soluciona las cosas, en algún lado leí esa frase.
Así que aquí estoy, en el café donde todo comenzó. En
cualquier instante sentiré su presencia. Sí, creo que lo siento aproximarse. Mi
corazón avisa. Pero esta vez estoy más asustada que nunca. Estoy a punto de enfrentar
mi peor miedo. Lo veo de reojo. Me levanto
y salgo afuera. La nieve cae silenciosamente. Estoy a unos pasos. Me duele
caminar, me duele internamente, pero igual lo hago. Avanzo entre la nieve,
entre la oscura tarde. Entonces ya
teniéndolo en frente mío, levanto la cabeza y lo miro, fijamente. Me tiembla
todo el cuerpo. De repente me encuentro con mi propia imagen. No lo entiendo.
Mis propios ojos me miran con lágrimas en los ojos llenos de confusión, miedo y
desesperación. Intento decir algo, pero no puedo. De mi boca solo sale una nube
de vapor que se extingue en el aire. Es la sombra, que ya no es la sombra, sino
una copia de mí misma, la que rompe el silencio. Con las cejas fruncidas y
gesto amenazante me dice:
-
Deja de seguirme, sombra sin nombre.
Luego se da vuelta y desaparece entre los copos de nieve.
Vera Miszka

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