martes, 5 de noviembre de 2013

Premoniciones

“Todos tenemos luz y oscuridad en nuestro interior. Lo que importa son las decisiones que tomamos. Eso es lo que en realidad somos.”
                                                             -Sirius Black (Harry Potter y la Orden del Fénix)


Anochecía cuando Ulises caminaba por las calles desiertas de la zona más peligrosa de la ciudad. Estaba preparado, sabía lo que tenía que hacer y no tenía miedo. Avanzaba con las manos en los bolsillos, acariciando la pistola dentro del derecho. Iba a ser una noche fría y ahora todo estaba silencioso. A esta hora, en el barrio, todos se encerraban en sus casas, temerosas de ser víctimas de alguna que otra pelea callejera entre pandillas, de ser presa de seres desconocidos con las mentes más oscuras. Uno nunca sabe qué se esconde entre las sombras. En el barrio se manejaban con las leyes de la selva, el más fuerte sobrevive.

Ulises doblaba en una esquina y llegaba a una pequeña plaza, en la que unas hamacas se mecían lentamente por el viento.  Allí divisaba la silueta de un hombre y se acercó hacia él. Era Nicolás, se conocían desde que eran tan solo unos niños. Se sonrieron,  e intercambiaron unas palabras, porque no había tiempo para charlas.  Siguieron su camino, se internaron en un callejón oscuro y se sentaron detrás de un contenedor de basura, a esperar.  La noche era fría y silenciosa, justo como le gustaba a Ulises. Entonces miró a su amigo, los ojos verdes, las ojeras que caían debajo de ellos, el pelo negro rapado a los costados. En algún momento había sido un chico apuesto, ahora sus dientes estaban amarillentos,  su cara estaba demacrada y pálida. Aparentaba diez años más de los que tenía. 

Ulises comenzó a temblar y a sentirse nervioso, hacía ya unas cuantas horas que no se drogaba y la necesidad empezaba a abrumarlo. Sacó un cigarrillo y lo encendió, aunque sabía que eso no calmaría la ansiedad. Nicolás lo miró y sonrío. Tranquilamente, metió las manos en sus bolsillos y extrajo dos pequeñas bolsitas, le dio una Ulises y éste le agradeció, a lo que el otro le contestó que se lo tendría que pagar luego. Ulises asintió, con la esperanza de que su jefe les pagara bien por el trabajito que estaban por hacer. Entonces cada uno disfrutó lo suyo, aunque no era mucho, pero les satisfaría  por unas horas.
Ulises comenzó a sentirse mejor.  El tiempo se aceleró y los momentos se le pasaban como flashes. Que de a ratos se sentían tan bien, y por momentos escuchaba cosas, que le daban miedo, como llantos de un bebé que no paraba de gritar.

De repente  todo se puso negro, por un segundo, que parecieron horas, solo oía su respiración agitada. Entendió que solo había cerrado los ojos. Al abrirlos se encontró en una habitación donde había un niño, no debía tener más de tres años. Lo miraba confundido y con lágrimas en los ojos. Un ruido de un golpe, seguido de un chillido los sobresaltó a ambos. Ulises escuchó la voz de su amigo y luego el tiro. Corrió hacia dónde provenía el sonido y se encontró en una sala. Allí yacían dos cuerpos en el suelo, un hombre y una mujer, la sangre se esparcía, espesa. Detrás estaba parado Nicolás, con el arma en la mano y con una sonrisa macabra en el rostro miraba su obra. Inmediatamente, desvió la mirada hacía él y le preguntó calmadamente si había terminado. Ulises entendió que se refería al niño.  Al ver que no contestaba nada, su compañero lo miró con desprecio y dijo “para esto hubiera venido solo”. Suspirando, comenzó a dirigirse por donde había venido  Ulises.  Ya estaban enfrentados, Ulises estaba por decirle algo cuando vio que la mujer comenzó a arrastrarse. Entonces, su amigo, al verle la cara, se dio vuelta bruscamente,  caminó rápidamente hacia la mujer y le dio una fuerte patada en la cabeza. “Morite de una vez” exclamó.
Se volvió hacia Ulises y le dijo:
-          ¿Pensás hacer tu trabajo? ¿O tengo que hacer todo yo? – En su voz se notaba su irritación. Ulises no contestó. -¿Qué mierda te pasa? ¿Por qué me mirás así?

Sin responder, se volvió a la habitación donde estaba el niño, a terminar su trabajo, para poder cobrar ese dinero de una vez. Cuando entró todo seguía igual, el niño estaba inmóvil, solo lo siguió con los ojos. Cuando Ulises le puso el arma en la frente, la criatura lo seguía mirando, sin llorar, como si entendiera. Y su cara, su mirada, su presencia le era tan familiar que segundos antes de apretar el gatillo, pudo ver su hermano Max.

Ulises despertó gritando, últimamente tenía muchas pesadillas, pero nunca lograba acordarse de qué se trataban. Ya era de día, así que levantó su cuerpo de diez años de la cama haciendo un esfuerzo, le dolía todo el cuerpo. Mientras se cambiaba su madre entró a su habitación, al parecer lo había oído gritar. Ulises le dijo que había sido otra de sus pesadillas y ella lo miró preocupada. “¿Y no te acordás de nada?”.  A la mente de Ulises acudieron algunas imágenes con sonidos de voces, que no pudo relacionar ni comprender. Negó con la cabeza.  Ella estaba por salir de la habitación cuando Ulises le preguntó:

-          ¿Mamá qué es “drogarse”? –En realidad, Ulises tenía una vaga idea de lo que era, solo quería asegurarse. Su madre se quedó helada. Luego se acercó hacia él.
-          ¿De dónde sacaste eso? –Le preguntó.
-          Lo escuché… en mi sueño. –Ella se agachó hasta quedar a la altura de su hijo.
-          Es algo peligroso hijo que…-Suspiró.
-          ¿Es lo que hacía el tío Javier?
-          Sí. –Lo miró con tristeza.
-          ¿Es por eso que murió? –Ulises sabía que a su madre no le gustaba hablar sobre ese tema, porque la ponía muy triste, pero él necesitaba saber. Tal vez había soñado con el tío  Javier.
-          Si, hijito.
-          ¿Y por qué lo hacía mamá?
-          Tu tío tenía problemas en su vida, cosas feas que le pasaron y lo que hacía se convirtió en una forma de evitar esas cosas. –Ulises vio la tristeza de su madre reflejada en su rostro y decidió no preguntar más.

Luego de desayunar y prepararse, su madre lo acompañó a la escuela junto con Max, su hermano pequeño de dos años, que iba en el cochecito, medio dormido. Cuando llegaron, Ulises se despidió de su madre y de su hermano, luego ingresó a la escuela. Las horas de clase pasaron lentas y aburridas, Ulises junto con todos sus compañeros esperaban la llegada del recreo.  Cuando sonó el timbre, todos salieron apresurados al patio del colegio. Ulises se reunió con sus amigos. Uno de ellos contaba sobre un juego que había jugado en la casa de su primo, que tenía una computadora con una pantalla enorme…Ulises se distrajo en sus pensamientos y dejó de escucharlo. Se concentró, de verdad se sentía intrigado por lo que había soñado y quería acordarse, pero no lo lograba. Entonces reparó en que a unos metros, sentado contra una pared, un chico lo observaba. El chico estaba solo, tenía un cuaderno sobre sus piernas y parecía estar dibujando algo, cuando vio que Ulises lo estaba mirando, giró la cabeza hacia otro lado. El que había estado relatando la anécdota, dijo un chiste y todos rieron, menos Ulises que no lo había escuchado. Ulises les preguntó a sus amigos si sabían quién era el chico que lo había observado. Uno de ellos le contestó que se llamaba Nicolás, que era nuevo, que lo habían expulsado de una escuela y que lo enviaron aquí. El nombre del chico le resultó familiar, pero no supo por qué.  Siguiendo un impulso, se alejó de su grupo y se acercó a donde estaba el chico.  Cuando lo tuvo frente a él, se quedó sin palabras. Era su rostro, juraría que lo había visto en alguna parte, que lo conocía de algún lado. Pero no podía recordar de dónde.  El chico lo miró de una forma extraña, luego le pasó la mano delante de los ojos. Ulises parpadeó y se sintió avergonzado, pero no lo demostró. Se presentó y le preguntó si quería jugar a algo con sus amigos. Le contestó que no, cortante y siguió dibujando. Ulises se quedó callado y miró lo que dibujaba el chico, era un dragón que escupía fuego por la boca, parecía real. Estaba a punto de dar media vuelta y volver por donde había venido, cuando el chico le habló:

-          Me llamo Nicolás, lo siento, no me gustan los juegos, me parecen estúpidos. –Le dijo seriamente.  –Prefiero dibujar, es algo que en lo que sé que soy bueno y me hace sentir bien. –Lo miró y sonrío.
-          ¿Te molesta si me siento? –Le preguntó Ulises. Nicolás se encogió de hombros y Ulises se sentó a su lado.

Nicolás tenía los ojos verdes y el pelo negro le caía sobre los ojos, era flaco y no muy alto. Habían empezado a charlar cuando vieron aproximarse a Tomás y a su grupo. Se empujaban entre ellos y reían. Tomás era un chico gordo y enorme, y dedicaba su tiempo a molestar a los demás chicos. Principalmente los nuevos.  Cuando llegaron hasta ellos, Tomás los miró, se agachó y le sacó el cuaderno de las manos a Nicolás. Los dos se pararon. Nicolás le pidió que se lo devuelva. Tomás observó los dibujos y se echó a reír, luego tiró el cuaderno por encima de su hombro. Todos los del grupo rieron.  El chico nuevo, tratando de contener su ira, le dijo.

-          Me las pagarás.
-          Ay, qué miedo. –Le contestó Tomás, algunos del grupo rieron.
-          ¿No sabés por qué estoy acá no? –Le dijo Nicolás, calmado.  ¿Qué estaba haciendo? Ulises quería que se callara, iba a hacer que les dieran la paliza de sus vidas.
-          Dicen que te expulsaron
-          Oh si, un chico idiota como vos, quiso molestarme, pobrecito. –Nicolás hablaba sonriente. Esa sonrisa, Ulises la recordaba. Pero ¿de dónde?
-          ¿Me estás amenazando? –Le dijo Tomás, furioso.
-          No, pero ese chico idiota se cagó en los pantalones cuando le enseñé….-Metió las manos en los bolsillos y extrajo una navaja -…esto y luego se la mostré…-Apuntó a Tomás al cuello. – así. –Todos se quedaron en silencio. Sonó el timbre.

-          Estás muerto. –Le contestó Tomás, dio media vuelta y se marchó con sus amigotes.
Una vez a salvo,  Ulises le preguntó si estaba loco o algo así.
-          Tranquilo, no volverán, creeme.

Así fue como Ulises y Nicolás se hicieron amigos.
Los años pasaron y los dos se volvieron como hermanos, inseparables. Ambos estuvieron para el otro en los malos y buenos momentos. Ulises no tardó en enterarse que la familia de Nicolás no era normal. Nicolás tenía muchos hermanos y no todos eran del mismo padre. El novio de su madre era violento y solía pegarle a ella y hasta a veces, a sus hijos. Así que un día, el hermano mayor de Nicolás, Franco, harto de la situación, le pegó un tiro, en frente de Nicolás, sus hermanos y su madre. Franco ya era mayor, así que fue preso por algunos años, luego lo liberaron. Pero para ese momento, él había cambiado totalmente. Nicolás decía que se había convertido en otra persona. Se ausentaba días enteros, y a veces se iba por las noches, mientras todos dormían. Cuando su madre le preguntaba a dónde iba, se ponía agresivo y le contestaba que no era de su incumbencia.  Por otro lado, Ulises comenzó a tener peleas y conflictos con su madre.

Un día, Nicolás le pidió a Ulises que lo acompañara para seguir a su hermano y descubrir el misterio. Ulises aprovechó la oportunidad para salir de su casa, había tenido una fea discusión con su madre y ya no aguantaba estar ahí ni un segundo más.

Siguieron a Franco unas cuadras, hasta que se dio cuenta y se acercó a ellos. El miedo que sintieron los amigos se les escapaba por los poros. Pero para sorpresa de ellos, el hermano mayor de Nicolás no tuvo una mala reacción, si no que se echó a reír. Amistosamente, les pidió que lo acompañaran y así lo hicieron. Caminaron por las calles del barrio hasta llegar a un terreno baldío, donde había un grupito de chicos de la edad de Franco, sentados en los pastos. Los recibieron con risas y todo parecía ir bien.
Sabiendo que Ulises y Nicolás eran más chicos, uno podría imaginarse que los amigos de Franco podrían llegar a tratarlos diferente a como se trataban entre ellos, pero este no fue el caso. Ni siquiera cuando uno de ellos sacó un porro de su bolsillo y comenzó a fumarlo. Después comenzó a pasarlo a los demás, como si no les importara que Nicolás y él estuvieran allí. Cuando había terminado, encendieron otro y esta vez se lo pasaron a Nicolás. En sus ojos hubo un segundo de duda,  pero lo aceptó  y luego Ulises también.  Que estaba tan enojado con su madre que realmente no le importaba lo que le sucediera en ese momento. Entonces fue como si toda esa carga se liberara y comenzara a flotar. Se sentía tan bien, relajado, liviano. Era como si todos esos problemas hubiesen volado más allá de su cabeza y  fue maravilloso.  Pero no duró lo que él quería que durara.

Así fue como comenzaron a estar  con Franco y sus amigos todos los días, en los que siempre se drogaban y a veces, no solo con marihuana. Pero cuando estaba en casa, Ulises casi no podía dormir, su madre ya no le hablaba y alejaba a Max todo lo posible de él, eso era lo que más le enfurecía.
Uno de esos días, Nicolás y Ulises fueron a encontrarse con el grupo, como hacían usualmente. Pero cuando quisieron drogarse, Franco negó con la cabeza y dijo:

-          Esto no es gratis chicos.
-          Te pagamos después, dale. –Le contestó Nicolás.
-          No quiero que me paguen. –Dijo sonriendo. Los amigos se miraron sin entender. –Quiero que trabajen para mí.
-          ¿Haciendo qué? –Intervino Ulises, que no le estaba gustando el asunto.
-          Lo que sea que les pida, y les pagaré, obvio. –Concluyó.

Ulises no supo que le sucedió en ese momento, ni por qué. En su cabeza aparecieron imágenes, que se fueron conectando y formando partes de lo que había sido un sueño, olvidado hace ya tiempo.
En estas imágenes apareció Nicolás, con muchos años más grande, con la cara demacrada. Lo vio entrar a un hogar y matar a sangre fría a una mujer. Y su sonrisa, esa sonrisa, esos ojos perdidos en la locura fue lo que lo hizo estremecer. Y se vio a sí mismo, apuntando con un arma a la cara de un niño, que tendría la edad de Max, sintiendo ese deseo de drogarse, que le reclamaba su cuerpo…

Corrió. Nicolás lo llamó, pero él no se detuvo. Llegó a su casa y se encerró en su habitación, estaba alterado, no sabía qué hacer. Recordó la cara de Max en el sueño y comenzó a golpearse la cabeza contra la pared, cerró los ojos. Cuando los abrió estaba acurrucado en un rincón de su habitación, le dolía todo el cuerpo y tenía tantas ganas de drogarse que le dio miedo.
Se incorporó, caminó hasta su cama y se acostó, con la cara contra la almohada. En eso oyó unos pasos y su madre le habló desde la puerta.

-          Ulises. –Lo llamó. Él no contestó.
-          Ulises, levántate.
“Quiero que se vaya, andate mamá, haceme el favor, dale” pensó.
-          No me voy a ir hasta que te levantes y hablemos. –Ulises empezó a moverse y se sentó en la cama, sin mirarla. Ella se acercó.
-          ¿Otra vez estás drogado? ¿No te dije que lo dejaras? –Le dijo levantando la voz.
-          ¿Qué querés? –Alcanzó a decir Ulises, sin que se le quebrara la voz.
-          Que te vayas. – Sintió una puntada en el pecho.
-          ¿A dónde?
-          Ulises, te voy a internar, vas a hacer rehabilitación. –Dijo la frase sin vacilar.
-          ¿Qué? ¿Pero vos me estás jodiendo? –Ulises se levantó de la cama, furioso. ¿Cómo podía hacerle una cosa así?
-          No, no podés seguir así. Tenés diecisiete años, no podés destruirte así. Max tiene miedo, yo tengo miedo y no te quiero cerca de nosotros hasta que estés bien.
-          ¿Dónde está Max?
-          Durmiendo, así que te agredecería que no grites.
Ulises, lleno de furia, tomó su mochila y salió de la casa mientras que su madre lo seguía a los gritos.
-          YO NO VOY A IR A ESE LUGAR DE MIERDA –Le gritó y salió de la casa.

Caminando por la vereda, logró ver la carita de Max, que lo miraba desde la ventana de la casa, apoyado contra el vidrio. Ulises siguió caminando sin mirar atrás. En el camino se encontró con Nicolás que trató de convencerlo de que trabajara para Franco, Ulises le dijo que no y siguió caminando.

A sus diecisiete años, Ulises empezó a vivir su vida solo. Le costó, pero no volvió a drogarse nunca más en su vida. Porque cada vez que estaba a punto de hacerlo, la carita de Max contra el vidrio aparecía en su mente y no podía hacerlo. No soportaba haber decepcionado a su hermano, ni que éste le llegara a tenerle miedo.
Pasaron años. Una noche estaba sentado en su departamento, mirando el noticiero, cuando una noticia lo impactó. En la pantalla, los titulares hablaban sobre un hombre que había asesinado a una familia por asuntos de narcotráfico y agregaban que éste había sido asesinado en un tiroteo de bandas luego de cometer el crimen. A los titulares lo acompañaba una foto. Y  era él, Nicolás, justo como lo había soñado, hace tanto tiempo. Nunca había encontrado la explicación al sueño.  Nunca creyó en las premoniciones, ni en los psíquicos, ni nada de eso. Así que trató de justificar que lo que había sido que tomara la decisión de huir de Nicolás, Franco y toda su vida, fue su propio instinto, pero en el fondo sabía que no era así. Sabía que por alguna extraña razón, que tal vez nunca llegara a descubrir, la vida le había enviado una advertencia.

El escritor dejó de escribir. Por las persianas se colaban las primeras luces del día. Había estado escribiendo toda la noche. Se levantó y se dirigió al baño a darse una ducha. Se cambió y salió a la calle. Tomó un colectivo, el viaje duró dos horas. Cuando llegó a su destino, el corazón le palpitaba en los oídos, estaba nervioso. Esperó y caminó hacia la entrada de la casa. Tocó timbre. Tardaron unos minutos en abrir. Se encontró con un chico de trece años frente a él, era su viva imagen de joven. Los dos se miraron en silencio. El chico le preguntó que necesitaba. No lo había reconocido. El escritor le dijo quién era mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. Tenía tanto que decirle, demasiadas disculpas, pero en ese momento, las palabras no salían. Se escuchó la voz de una mujer que venía desde adentro de la casa. Y en un segundo, su madre estaba detrás de su hermano, los años vividos se reflejaban en su rostro. Entonces el escritor, comenzó a llorar, se acercó a su hermano y lo abrazó. Pronto se acercó su madre y los tres se abrazaban y lloraban. Tal vez, los errores cometidos no los arreglara nunca, él no podía cambiar el pasado, pero en ese momento, estaban juntos, se sentían completos y con eso, bastaba.


“The family is forever”


Vera Miszka

viernes, 30 de agosto de 2013

Espejos

“-Dígame una última cosa –Pidió Harry- ¿Esto es real? ¿O está pasando sólo dentro de mi cabeza?
-Claro que está pasando dentro de tu cabeza, Harry, pero ¿por qué iba a significar que esto no es real? –Contestó Dumbledore.”
                                                                                     - Harry Potter y las reliquias de la muerte.



Alma tenía quince años y vivía con sus padres, su hermano menor, Julián y su hermana mayor, Bianca.  Su hermana la detestaba y su hermano era muy pequeño, se la pasaba jugando con sus tractores de juguete y revolcándose en el patio del jardín, en su propio mundo. Sus padres debían las únicas personas en el mundo que le tenían algo de afecto, pero ellos no tenían tiempo para ella.

Bianca tenía dos años más que Alma. Ambas iban a la misma escuela, pero todas las mañanas Bianca se iba caminando con sus amigas por la vereda del frente porque no quería que en la escuela se supiera que ellas eran hermanas. Su hermana era morocha, tenía el pelo lacio y hermanos, unos ojos azules deslumbrantes y una sonrisa perfecta. Mientras que Alma no era fea, pero al lado de su hermana cualquier chico elegiría a Bianca porque era “perfecta”.

Por otro lado, Alma no era muy femenina, no le importaba arreglarse o lucir sus piernas, no mientras se sintiese cómoda.  Ella no tenía amigos, era invisible para todos. O al menos ella se sentía así. También se sentía muy sola. Se detestaba así misma por no poder agradarles a los demás  y se culpaba por la mayoría de las cosas malas que le pasaban. Muchas veces había pensado en el suicidio y se imaginaba a su hermana feliz, a sus padres olvidándola y a Julián sacándose los mocos. Pero nunca había tenido el valor de hacerlo.
Un día salió del colegio y caminaba a casa cuando empezó a llover, Alma seguía a paso tranquilo, disfrutando la lluvia, mientras los demás se refugiaban en sus paraguas y capuchas. Al llegar a una esquina un auto pasó por un charco y la empapó de la cabeza a los pies. Inmediatamente escuchó una risa a su lado, al girar la cabeza se encontró con un chico más grande que ella, el pelo rubio mojado le tapaba los ojos. Alma se sintió avergonzada y bajó la cabeza, sin saber que decir. El chico se presentó como Gastón. Y así fue como Alma fue feliz después de mucho tiempo.

Gastón tenía diecisiete años e iba a su escuela, en realidad casi nunca iba, porque solía escaparse y pasear por la ciudad solo. Alma lo acompañaba las veces que podía y pasaban mañanas y tardes tirados en plazas, hablando, o a veces oyendo el viento colándose entre las hojas de los árboles. Era el primer chico que a Alma le gustaba en serio.

Una tarde estaban en la terraza de un edificio. El viento soplaba constantemente, pero no hacía frío. Se habían quedado en silencio, cuando Gastón la tomó por sorpresa y empezó a hacerle cosquillas. Alma se retorció en el suelo, riendo a carcajadas y tratando de defenderse con sus brazos. Ambos reían, cuando de repente Gastón se quedó quieto y su sonrisa se borró, dejando una cara de desconcierto.  Él le estaba mirando el brazo. Entonces Alma se dio cuenta de que la manga de su remera se había subido, dejando al descubierto sus cicatrices. Avergonzada, se tapó rápidamente y con movimientos nerviosos. Él le preguntó por qué lo hacía y Alma le contó, por primera vez a alguien, esos sentimientos que había guardado por tanto tiempo. Desde cómo se horrorizaba con tan solo mirarse al espejo, hasta las veces que sentía que era invisible para todos, que no le importaba a nadie. Entonces él, sin decir nada, tomó su brazo y descubrió las cicatrices, se inclinó y se las besó. Ese fue el día más feliz de su vida.

Empezaba a sentirse feliz, había dejado de cortarse y de pensar en las cosas malas de su vida. Ese día le diría a Gastón lo que sentía por él. Lo estaba esperando, en la esquina de la escuela, donde se habían visto por primera vez. Pero Gastón no aparecía.  Alma empezó a caminar hacia la plaza que iban frecuentemente y cuando llegó se encontró con algo inesperado: Gastón estaba besando a otra chica. Cuando sintieron su presencia y se volvieron hacia ella, su mundo se derrumbó al reconocer a su hermana Bianca.
Alma se dio vuelta y corrió si rumbo. Corrió por lo que parecieron horas. Cuando llegó a su casa estaba agotada, sudorosa y con lágrimas en el rostro. Sus padres aún no habían llegado de trabajar, su hermana tampoco y Julián estaba en la guardería. Alma trató de tranquilizarse y fue al baño a lavarse la cara. Cuando terminó, levantó su cabeza y se miró al espejo, se odió por ser tan estúpida, ingenua y fea. No soportaba más ser así. Un impulso la llevó a estrellar su puño contra el espejo y los trozos de vidrio se incrustaron en sus dedos. Luego corrió a su habitación, allí había un espejo de tamaño cuerpo entero y se encontró con su reflejo otra vez. Fuera de sí, se acercó a él y comenzó a golpearlo. Sus manos quedaron ensangrentadas y deseó con toda su alma morirse ahí mismo, pero eso no pasó. Volvió al baño y se lavó las manos con agua fría, las vendó con gasas y se acostó a dormir. Un segundo antes de caer en el sueño pensó “ojalá no despierte jamás”.

Cuando abrió los ojos, se encontraba en su cama. Se levantó y caminó hacia el pasillo que iba hacia el baño, pero antes de entrar se detuvo. Había un silencio anormal en la casa. La recorrió llamando a sus padres, a Julián y hasta a su hermana, que era la última persona que quería ver en el mundo. Nadie contestó. Entonces se miró los pies y descubrió que estaba flotando. Pensó que estaba soñando, cerró los ojos y los volvió a abrir. Evidentemente había estado soñando, o eso creyó, porque estaba acostada en su cama otra vez. Se levantó y el silencio anormal abundaba la casa, la recorrió. Todas las habitaciones revisó y no encontró a nadie. Salió a la vereda y caminó, así en pijama como estaba. Nadie. Afuera estaba todo cubierto de nieve, incluso caían algunos copos silenciosos, pero Alma no sentía frío. Corrió por la calle, sintió que pasaron horas. Pero al mirar a la izquierda, su casa seguía ahí. “Quiero despertar” pensó. Cerró los ojos dos segundos y los volvió a abrir. Otra vez estaba en su cama. ¿Qué estaba pasando? Esta vez cuando se levantó, no salió del cuarto y notó que el espejo que había roto a golpes,  no tenía ni un rasguño. Miró a través de él. Divisó su habitación, y una chica exactamente igual a ella, sentada en la cama, con el filo de un cuchillo habría sus cicatrices, las atravesaba, en forma vertical.
Un grito atravesó la garganta de Alma y nadie la escuchó. Nadie la despertó.


Vera Miszka.



domingo, 16 de junio de 2013

La historia de Rick


Rick es un hombre de treinta años, es profesor en la facultad de psicología, no está casado ni tiene hijos, vive solo con su perro Freud.  Su vida se básicamente es ir a dar clase, tomar café en el descanso, volver al departamento en su auto, darle de comer a Freud y leer. Rick lee mucho desde que era chico. Siempre fue una persona solitaria, pocos amigos, que ve de vez en cuando y con las chicas nunca tuvo algo serio.  Pero él no es una persona infeliz. Siempre se las ha arreglado solo, desde que era pequeño.

La historia de Rick comienza una tarde ventosa de otoño, cuando al nacer su madre lo abandona en un orfanato en el que Rick vivirá los primeros doce años de su vida. En ese tiempo Rick verá cómo niños afortunados son adoptados (siempre son los más pequeños) y cómo otros se quedarán esperando ese día en que alguien los saque de allí para vivir como una familia de verdad. Jeremy es uno de ellos. Se la pasa hablando de cómo llegarán a adoptarlo, a veces su madre es rubia, a veces es morocha, otra veces su padre es corredor de autos de carreras y otras veces es bombero. Cosas de chicos.  Desafortunadamente, nadie nunca adoptará a Jeremy, y con dieciséis años se marchará a sobrevivir solo en las calles.  Rick no supo más de él desde el día en que Albert y Leila lo vinieron a buscar. Ese fue uno de los días más importantes de su vida. Albert y Leila tenían un hijo de veinte años, Martin, que no veían desde que lo habían echado de la casa. Martin era un chico problemático, se había vuelto adicto a la marihuana y sus padres se habían cansado de hacer de todo para que se recuperara, ya habían perdido la cuenta de las veces que lo habían llevado a rehabilitación. Después de pasar años lidiando con esta situación, Leila decide adoptar a un niño, tarda dos meses en convencer a Albert y juntos comienzan a hacer los trámites en cuanto conocen a Rick.

El día en que van a llevar a Rick a casa por primera vez, fue el comienzo de una vida feliz para los tres. La vida era buena en la casa de Albert y Leila. Leila hacía unas comidas riquísimas, por primera vez iba a una buena escuela. En el orfanato tenían maestros, pero se notaba que en realidad no les importaba si los niños aprendían o no. Y por primera vez, Rick tenía muchos libros para leer, Albert tenía una biblioteca llena. Un día se puso a mirarlos buscando algo para entretenerse, justo tenía uno en las manos que le había interesado de un tal Freud, cuando Albert se acercó y le dijo que para chicos de su edad esos libros resultarían aburridos.

-          Albert ¿igual puedo leer éste? Es de un tal…Freud. –Le dijo Rick.
-          Se dice “Froid”, Rick –Dijo Albert sonriendo- leelo si querés…-Se quedó pensando un momento. –Ahora vuelvo.
Al rato, Albert apareció con una caja llena de libros y le dijo a Rick que habían sido de Martin y que ahora eran suyos.

Todo iba bien y lo fue por años. Rick egresó de la escuela secundaria y estaba por ingresar a la facultad de psicología cuando ocurrió el accidente. Ese día el sueño feliz terminó y empezó la pesadilla. Resulta que Martin había tenido una sobredosis y estaba en el hospital. Lo habían traído unos chicos universitarios que pasaban justo por el parque donde se encontraba Martin a las tres de la mañana. De alguna manera habían contactado a Albert y Leila que inmediatamente salieron para allí, dejando a Rick solo en la casa. Fue la última vez que los vio. Tuvieron un accidente en el camino, un conductor borracho los chocó y murieron en el acto. Martin murió también esa noche.

Rick estuvo solo desde entonces, se quedó con la casa de sus padres adoptivos y vivió ahí por un tiempo, luego no lo soportó más y la vendió, se compró un departamento y consiguió un trabajo temporal en una librería para mantenerse mientras estudiaba en la facultad.  Años después se recibió de psicólogo, estuvo unos años trabajando en una clínica y luego se dedicó a la docencia en la facultad. Un día de esos, encontró un perrito abandonado en la puerta de la facultad. Era un día lluvioso y el cachorro intentaba entrar en el edificio para refugiarse de la lluvia, pero las personas no lo dejaban pasar.  En cuanto lo vio, Rick, no pudo resistirse y se lo llevó a su casa. Así conoció a Freud.  El tiempo pasó y de pronto, Rick se encontró con que tenía treinta años.

Una noche, Rick se había dormido con un libro en las manos. Su mente lo transportó a un lugar donde había muchos pasillos y puertas, algunas de ellas cerradas.  El pasillo era interminable, veía una puerta al final, pero le costaba llegar y cuando lo hizo se dio cuenta que no era una puerta, sino un espejo y su reflejo. Su reflejo era de un niño de ocho años. Su reflejo reía. Pero Rick no sabía de qué. Entonces todo se volvía de color verde. Los ojos de Rick y su reflejo de niño se encontraban, sus miradas se conectaban. Ambos estiraban sus brazos y el niño Rick sacaba su pequeña mano a través del espejo, tomando la mano de Rick adulto, que se dejaba llevar y atravesaba el espejo, sentía que caía. En ese instante despertaba, pero no en su dormitorio con Freud a los pies, estaba en una cama incómoda, fría y escuchaba respiraciones profundas de niños durmiendo, algunos roncaban. Se sentó de repente, al adivinar donde estaba, se quedó observando la oscuridad. Volvía a estar en el orfanato. Rick se sobresaltó a escuchar un sonido y se quedó inmóvil, lo escuchó nuevamente, se tranquilizó, él conocía ese sonido. Se bajó de la cama, emocionado y lo vio. Era Pucky, su amigo imaginario, que ahora tenía forma de ciervo,  sus ojos estaban tristes. Cuando Rick se acercaba, Pucky  se daba media vuelta y comenzaba a alejarse de él. Rick nunca supo qué era Pucky, porque siempre estaba cambiando de forma, pero él siempre lo reconocía por sus ojos celestes. Ahora se preguntaba por qué lo miraba de esa forma. Comenzó a seguirlo. Atravesaron la habitación, caminando entre las camas en donde algunos niños soñaban, otros tenían pesadillas. Y mientras seguían caminando, porque parecía que iban en cámara lenta, algunos desaparecían, otros se quedaban. A los que se quedaban les empezaban a quedar chicas las camas. Se despertaban sobresaltados, y con la luz que emanaba Pucky, Rick les veía los rostros sin ningún rastro de esperanza. De repente, Pucky se detuvo y la luz desapareció. 
Todo estaba oscuro y solo se escuchaba las respiraciones de los pocos niños que quedaban, niños que ya no eran niños. Cada vez las se oían más fuertes, se convertían en susurros, en llantos, que aunque Rick se tapara los oídos con ambas manos apretando su cabeza, no se callaban. Ahora eran gritos desesperados, Rick no podía entender que decían porque gritaban todos a la vez. Entonces todo se volvió celeste, porque Pucky estaba allí, en forma de un ave, que volaba por toda la habitación, que no era el orfanato, era su dormitorio. Luego de dar unas vueltas, se posaba en su cama y se transformaba en una serpiente que comenzaba a arrastrarse hacia él. Rick tenía mucho miedo, porque Pucky nunca lo había mirado así, con tanto odio. Cuando llegaba hasta él, se detenía justo enfrente de su cara y se quedaba ahí, mirándolo, sacando la lengua y Rick solo deseaba morir en ese instante…

Se despertó sobresaltado y confundido, encendió el velador, miró el reloj y eran las tres de la madrugada. El libro que estaba leyendo cuando se durmió se había caído al suelo, las sábanas y las frazadas estaban enroscadas, parecían serpientes.  Se levantó, fue hasta al baño, se miró en el espejo y vio que tenía las mejillas empapadas de lágrimas. Nunca había tenido un sueño tan vívido en su vida, pero se convenció de que era solo eso, un sueño. Orinó y volvió a acostarse. Se acordó de Freud y lo buscó, pero no lo encontró, fue a la cocina, al comedor, al balcón, a su dormitorio, nada. Se sentó en el sillón, pensando qué hacer, cuando oyó un sonido raro que provenía de su dormitorio. Fue hasta ahí, llamando a Freud,  y cuando llegó se encontró con la ventana abierta.  La cerró,  y siguió llamando a su perro, cuando escuchó otra vez el sonido, le era familiar pero no sabía de dónde, no podía recordar.  Estaba de espaldas a la ventana cuando algo impactó contra la ventana, la destrozó, entró en la habitación volando expulsando una luz celeste. Era un dragón enorme, que se posó sobre el ropero de Rick y lo miró, con sus ojos celestes. Entonces Rick recordó, pero Pucky seguía furioso, porque se había olvidado de él todos estos años, porque lo había dejado ahí, en el orfanato, solo, junto con todos esos niños que no lo podían ver. Rick se disculpó, pero era demasiado tarde. Pucky se elevó y enormes llamas de fuego de todos colores llenaron la habitación. Rick intentó correr, pero estaba acorralado, el fuego estaba en todas partes. Pucky seguía lanzando fuego,  a Rick lo envolvieron las llamas que comenzaron a consumirlo.  Cuando todo acabó y todo era cenizas, Pucky se elevó,  salió volando por la ventana y desapareció.

Horas después, Marta, una anciana que vivía en el departamento de enfrente al de Rick, se despertó por los ladridos de Freud en su puerta. Vinieron policías y bomberos, periodistas y gente del barrio. La policía determinó que Rick se había suicidado y nadie lo cuestionó, porque Rick no tenía familia y sus amigos no conocían mucho de su vida.  Marta se quedó con Freud, que murió de viejo años después.

Nunca olvides a tus amigos imaginarios.

Vera Miszka
                

jueves, 23 de mayo de 2013

Obsesión



Mi cabeza me está matando. Es como si tuviera tambores en el cerebro y un nene chiquito los estuviera golpeando con una felicidad enorme. Me retumba todo. Siento que todo va a estallar, en cualquier momento. Ojalá sea pronto. Ya no quiero soportarlo más. Se acabaron los analgésicos. Afuera está lloviendo. Ahora mismo, estoy frente a la ventana, observando. Esperando. Esperándola. No puedo vivir con toda esta culpa. No puedo evitar sentirla. ¿Qué hice mal? Siempre creí ser un buen padre. ¿Qué falló? Siempre pensé que los dos juntos estábamos bien, que no necesitábamos a nadie más. Pero, ¿era así? ¿Acaso ella siempre necesitó una madre y yo nunca quise verlo? Pero lo que más me atormentaba era que había decepcionado a Lisa. Le había prometido que cuidaría bien de nuestra hija Emma, antes de que muriera. El parto se había complicado y Lisa perdió mucha sangre. No lo resistió.  


Ahora me pregunto si Emma tendrá frío y hambre, si está consciente, si piensa que la estoy buscando o ya perdió las esperanzas. “Porque yo sigo buscándote, y no voy a parar hasta encontrarte” pensé. No me voy a rendir. Ojalá apareciera caminando por la vereda ahora. Ojalá estuviera en el jardín que ahora estoy observando, girando con los brazos extendidos y con la cara hacia el cielo, con los ojos cerrados, como hacía cuando tenía ocho años. A Emma siempre le gustó la lluvia. Aunque eso significara pescar un resfriado después.


Hace tres meses que Emma había desaparecido. Todo empezó hace cinco meses, había dicho el detective Thomas. Emma acababa de cumplir dieciséis años. Y su tío, hermano de Lisa, le regaló una laptop para ella. Tenemos una computadora en la casa, pero siempre fue de los dos. Yo no soy de esos padres que se meten en los asuntos de sus hijos todo el tiempo. Espero que no malinterpreten esto, yo cuido a mi hija, pero no soy extremista. Pero si lo hubiera sido ¿Esto hubiera pasado? No, pero ella no sería feliz, dijo una voz dentro de mi cabeza. Pero ella estaría acá, conmigo. Emma se alegró mucho con su nueva laptop, ya que, según ella, era más cómodo escribir sus historias acostada en su cama. ¿Tendrá una cama para dormir en este momento? Trataré de no analizar las posibles respuestas a eso.  En los siguientes meses no noté nada raro en ella hasta el día que me contó todo, estaba tan alterada, nunca la había visto tan asustada. Ese día fue el último en que la vi. El detective Thomas me dijo que la única forma de darse cuenta de algo así, era haber leído los historiales de su laptop a menos que la víctima le contara a alguien, y que generalmente es así en todos los casos de este tipo. Pero Emma no era como todos los demás casos, yo lo sabía, y no porque fuera su padre. Emma era inteligente, en cuánto las cosas estuvieron fuera de sus manos, me contó todo, pero yo fui lento. Yo no hice lo suficiente, no la protegí como debería haberlo hecho. Y me arrepentiré de ello por el resto de mi vida.


Resulta que mi Emma, estuvo comunicándose por internet con un tal “Toby” por dos meses. En las conversaciones de las redes sociales, se muestra como un chico de la edad de mi hija, dice vivir en las afueras de la ciudad, ir a la escuela, en fin, un adolescente normal. Si yo no hubiera leído eso en una situación como esa, lo habría creído. Las conversaciones no eran frecuentes en un principio. Pero “Toby” se las había ingeniado para captar la atención de Emma. Le planteaba problemas, por ejemplo, le decía que le había pasado tal cosa, alguna situación común en los adolescentes, en la que ella se sentía identificada y de alguna forma terminaban hablando de un tema en general, que llevaba a otro tema y así. A veces las conversaciones duraban horas. Así, este hijo de puta se apropió de la confianza de mi hija y se aprovechó de ella. Pero algo sucedió después, algo que delató las intenciones de Toby. Mi hija siempre ha mantenido mejores amistades con chicos que con chicas. Desde que era pequeña le fue más fácil sociabilizar con ellos. No soy celoso. Emma siempre supo elegir bien a sus amigos. Excepto a Toby.


Cuando Toby le dijo a mi hija de encontrarse en un lugar para verse y solos, ella lo rechazó de inmediato. En el segundo intento,  Toby la invitó a una fiesta y le dijo que podía llevar amigas, Emma volvió a rechazarlo. Acá es cuando las cosas comienzan a complicarse más. Al día siguiente, Emma le envió un mensaje a Toby, que decía que no la molestara más y que no le interesaba tener algún contacto con él. Luego lo eliminó de todas las redes sociales. Una semana después me contó todo, una semana después desapareció, una semana después la verdadera pesadilla comenzó.


Según el relato de Emma, el día en que le mandó ese mensaje a Toby y decidió no mantener ningún contacto más con él, fue cuando en la mañana, al llegar a la escuela y entrar en su curso encontró un oso de peluche enorme sobre la mesa en la que ella ocupaba todos los días. La mesa estaba al lado de la ventana, que daba hacia la calle, tranquilamente cualquiera podría observarla desde la vereda, aunque ella no había visto a nadie hacerlo. Sobre las piernas del oso y apoyada contra su panza, se hallaba un sobre rojo que decía “Emma”.  En un principio, mi hija pensó que era una broma de alguno de sus amigos, ella no tenía novio, pero al leer la carta y la firma “Toby” un escalofrío la abrumó. Nadie sabía de la existencia de Toby. Hasta ese día. Cuando llegó uno de sus amigos y la encontró llorando con los pedazos de la carta esparcidos por la mesa, Emma le contó todo. Su amigo, August, la tranquilizó y le pidió que la dejara ayudarla, ella aceptó con la condición de que no le contara nada a nadie.


Al día siguiente, por la tarde, Emma fue a su clase de educación física, dejó su bolso en el vestuario y se concentró en mejorar sus pases. Al finalizar la clase y dirigirse junto a las demás chicas, entre ellas su mejor amiga Rose, encontró su bolso tirado en el suelo, con todas sus cosas desparramadas, como si el bolso hubiera sido arrojado en un acto de furia. Y sobre éste, una nota impresa que decía “no te desharás de mí”. A Emma estaba por darle un ataque de histeria cuando Rose tomó las cosas rápidamente y sacó a mi hija de allí lo antes posible. Una vez en la calle, Emma logró no estallar en un ataque nervioso, sólo algunas lágrimas escaparon de sus ojos. Pero nada que llamase la atención alrededor. En cuanto se tranquilizó, llamó a August y ambas fueron a su casa. De donde me llamó más tarde para pedirme permiso para quedarse a dormir. No era algo anormal, conozco a los padres de August desde hace años. No noté nada raro en su voz. Emma con la ayuda de August le contó todo a Rose. Y juntos los tres, comenzaron a buscar soluciones para el asunto. La primera fue, que Emma no se quedara sola en ningún momento. Las noches que yo trabajaba, o Rose se quedaba a dormir, o Emma iba a dormir a lo de Rose, o a lo de August. Pero eso no fue suficiente.


Una noche, yo tuve que ir a trabajar, Rose y Emma se quedaron solas por unas horas. Era medianoche, yo volvía hacia la casa cuando sucedió, ambas estaban durmiendo, entonces Emma oyó que algo golpeaba la ventana. Se sentó en la cama y esperó. El sonido de la piedra golpeando el vidrio la terminó de despertar. Alguien estaba arrojando piedras a la ventana. Se levantó de la cama y caminó hacia ella. Al mirar hacia afuera, todo estaba oscuro, pero pudo ver que al lado de un poste de luz había una persona vestida toda de negro, que por su contextura se adivinaba que era un hombre. Según Emma, justo en el instante que reparó en él la mirada, éste levantó su brazo en dirección hacia ella, en la mano tenía una rosa roja. Emma me explicó que por un segundo pensó que se quedaría clavada allí del susto. Pero pudo reaccionar y despertó a Rose. Cuando ambas se acercaron nuevamente a la ventana ya no había nadie, sólo la rosa yacía en el suelo. 

A los diez minutos, sonó su celular. Ella atendió, dijo “hola” varias veces y nadie contestó del otro lado, cortó la llamada, el número era desconocido. Cinco minutos después, el celular volvió a sonar. Se repitió lo mismo tres veces, y a la tercera vez Emma le gritó que la dejara en paz. Entonces, le llegó un mensaje que decía “Sos mía”.  Entonces fue cuando decidió contarme lo que pasaba, pero en la mañana.  Así lo hizo, cuando me enteré no sabía qué pensar.


En una situación así, podría haber enloquecido, pero no fue así. No fue así porque mi hija estaba muy dolida, pero sobre todo asustada y no le beneficiaba que yo reaccionara de esa manera. Después de estar consolándola por un rato, Emma se calmó y ambos estuvimos de acuerdo en llamar a la policía. Así lo hicimos, pero no sirvió de nada, ya que no teníamos suficientes pruebas, el acosador de mi hija no le había hecho nada. Lo más grave que había hecho era tirar piedras a mi casa. Emma no tenía conocimiento alguno de su aspecto, ya que se había presentado a oscuras y vestido completamente de negro, podría ser cualquiera. Además, no había pruebas de que era el mismo que había hecho el desastre en el vestuario del gimnasio, lo mismo con el oso de peluche. Después de discutir acaloradamente con el oficial de policía, tuve que desistir, lo único que nos faltaba es que me llevaran detenido a mí.


Así que, tuve que proteger a mi hija por mis propios medios. Ese día, llamé a mi trabajo y dije que me encontraba enfermo, por lo que no iría. Emma no fue al colegio, nos quedamos juntos en la casa, ideando planes para resolver esto. La única manera de conseguir pruebas, era dejar que el maldito se acercara a mi hija, y eso no iba a pasar. Entonces comenzamos a investigar todo lo que pudimos, en base a lo que teníamos. Lo que logramos no fue mucho. El oso no tenía etiqueta del local donde lo habían comprado, las cartas estaban impresas y el número del celular era desconocido. No teníamos conocimientos para averiguarlo. Entonces Emma llamó a August, que tenía un poco de conocimiento en el tema de informática. Luego de unas horas, vino a la casa e intentó rastrear el número de IP de la computadora que usaba Toby para comunicarse con Emma. Finalmente, después de mucho trabajo, logró localizarlo, un cyber en el centro de la ciudad. Todos nos decepcionamos, tantas horas de trabajo y no teníamos nada. Entonces el teléfono comenzó a sonar, no el celular de Emma, el teléfono de nuestra casa. Y yo atendí esta vez, pero al decir “hola” se cortó la llamada. Y esto se repitió varias veces, Emma comenzó a ponerse nerviosa. Yo, enfurecido, tomé el teléfono y le grité que parara, que nos dejara en paz y que iba a llamar a la policía. Entonces, dejó de sonar el teléfono. Emma, August y yo nos quedamos en silencio, mirándonos. De repente, sonó el celular de Emma, ella lo tomó en sus manos y lo miró, dejó que sonara y no contestó. Silencio. El celular sonando otra vez, una, dos, tres veces. Silencio. Emma me miró. August estaba inquieto y miraba hacia fuera por las ventanas del living. Se dio vuelta y nos dijo que había alguien afuera. Comenzamos a movernos y le ordené a  mi hija que se quedara donde estaba. Miré por la ventana. En la vereda de enfrente de nuestra casa, había un auto negro estacionado, con un hombre adentro que no se divisaba bien. Pero claramente podíamos ver la mano en su oreja. Creo que en ese momento perdí el control, el odio me invadió, quería salir y darle una buena paliza al hombre. Estaba ya saliendo de la casa cuando mi hija me detuvo. Tenía lágrimas en los ojos y se estremecía con el celular en las manos. Me acerqué y le pregunté que le pasaba. Ella me dio el celular. En la pantalla se visualizaban fotos de Emma. Emma yendo al colegio, Emma en el colegio, Emma en casa de August, Emma con Rose, Emma caminando por la calle y la última, Emma durmiendo en su propia cama. Luego había un video, en el que se veían Emma en su habitación con Rose hablando. Mientras asimilaba lo que veía, August interrumpió mis pensamientos hablando casi a los gritos, con un tono de alivio, diciendo que el tipo se marchaba. Entonces miré por la ventana y en definitiva, el auto se movía, se marchaba, pero no por mucho.


El momento de alivio, duró unos segundos, un mensaje le había llegado a Emma. Esta vez Toby decía que vendría por Emma para que estuviesen juntos para siempre y que mataría a cualquiera se interpusiera. Que aunque llamara a la policía se la llevaría, que tenía ojos en todos lados y que nadie podría evitar que estuviesen juntos. Después aclaraba que si se entregaba por voluntad propia, no lastimaría a nadie, por lo contrario, haría lo que tendría que hacer para llevársela. Esto nos horrorizó a los tres e inmediatamente llamé a la policía. No sabía que más hacer.  Esta vez, un policía vino a la casa, le ofrecimos todas las pruebas que teníamos, que no eran muchas, dijo que las investigaría y que vendría un móvil policial con dos policías a custodiar la casa todo el día y la noche. Así fue, pero ni eso impidió que se llevaran a mi niña. Desde entonces me pregunto si de no haber ido a trabajar esa noche, podría haberlo impedido. Aunque sea una persona que casi llega la mitad de años de su vida, que ya no es tan ágil. Y si August, un chico joven, con más habilidades que yo, no pudo hacerlo, no me deja muchas posibilidades. Pero si hubiéramos estado los dos…Estaríamos muertos.


Todo ocurrió en la noche, antes del cambio de guardia de policía. Yo había ido a trabajar, sin ganas, luego de que mi hija insistiera en ello. Después de todo, había policías en la vereda y August estaba en la casa. Qué tontos fuimos. Cuando llegué del trabajo, había dos autos de policía en la entrada de mi casa. Eso ya me alteró, porque el cambio de guardia era hace una hora. Bajé de mi auto, pasé por al lado de las patrullas, ambas tenían las puertas delanteras abiertas. De uno de ellos, del asiento del conductor, un policía descansaba, con la cabeza hacia atrás. Mi primera impresión fue que estaba dormido, ya que, a pesar de las luces de la calle, estaba oscuro. Al acercarme más, logré ver que tenía un tajo enorme de oreja a oreja y estaba cubierto de sangre. Había sangre por todos lados, en su cuerpo, salpicada en el parabrisas y en el piso.  En el asiento del acompañante, se divisaban unas piernas. Rodeé el auto y vi que el otro oficial había caído de costado al intentar salir, supuse, pero no lo había logrado. El mango de un cuchillo sobresalía de su ojo y un enorme charco de sangre se había esparcido por el asfalto de la calle. Sentí la acidez del vómito cuando llega hasta la garganta y lo retuve, en una reacción de urgencia por la vida de mi niña. Tomé el arma de los pantalones del policía que tenía el cuchillo en el ojo y corrí hacia la casa. Al entrar todo estaba muy silencioso, todo parecía normal, y saber que no era así, le daba un contraste espeluznante a la situación. Subí las escaleras tratando de hacer el menor ruido imposible. Aunque sentía que el latido de mi corazón me delataba. Con el arma en alto, recorrí el pasillo, fui directo a la habitación de Emma. Ya me imaginaba, encontrar a Toby ahí y poder dispararle hasta matarlo, realmente lo deseaba. Al ingresar en la habitación de Emma no había ningún Toby allí. Ni ninguna Emma. Solo dos policías de cuclillas al lado del cuerpo de August. Uno de ellos intentó de revivirlo, pero ya era demasiado tarde, la bala había pasado muy cerca del corazón y August se desangró en menos de dos minutos. Los policías habían llegado no mucho antes que yo y August todavía tenía pulso, llamaron a la ambulancia, hicieron todo a su alcance para salvarlo y no lo lograron. Toby había cumplido su promesa.


En los siguientes meses no supimos más de Toby. La policía ni siquiera tenía una pista. No había dejado huellas en la casa, ni en el cuchillo con el que mató a los oficiales el día en que se llevó a Emma. Las únicas personas que lo vieron estaban muertas. Nadie sabía cómo lucía. La foto de mi hija salió en los noticieros, y pegué mil copias de ella por todos lados. Nadie la vio.


Fui a los funerales de los oficiales y de August. Vi el sufrimiento de sus familiares. Pero la diferencia es que ellos tenían a quién velar, de quién despedirse. Tenían la posibilidad de seguir adelante y superarlo. Yo no. Porque mi Emma no está muerta. Mi Emma está en algún lugar, esperando ser rescatada. Y yo no puedo hacer nada.


Ya no puedo mantener los ojos abiertos con este dolor de cabeza, así que, cierro las cortinas, apago la luz del living y me dirijo a mi dormitorio. Sé que no voy a poder dormir. Hace meses que no duermo bien. Camino por el pasillo, paso por la puerta de la habitación de Emma y me detengo ahí. Sin pensar entro. Y recorro la habitación, miro los posters de sus bandas preferidas en las paredes, la biblioteca con sus libros, en la mesa de luz hay un par apilados. Me acerco para verlos mejor, los ojeo. Cuando voy a dejarlos donde estaban  veo que hay un portarretratos con una foto. En ella Emma es pequeña y está con su traje de baño en la playa, abrazada a mi pierna. Ella hacía eso porque le daba miedo el mar. Sonreí.


Estaba en una playa, Emma era pequeña y corría con sus piernitas gordas por la orilla y reía. Yo corría detrás de ella, la tomaba por sorpresa en mis brazos, ella lanzaba una carcajada  y sacudía los brazos de arriba abajo. Y yo giraba mientras la abrazaba. Entonces escuché un ruido. Me detenía y allí estaba Lisa, me hablaba pero no le entendía. Emma había desaparecido. Lisa se acercaba hacia mí, seguía sin entenderle. De repente me di cuenta de que no me estaba hablando, emitía un sonido como el de…un teléfono. El teléfono está sonando. Abrí los ojos. Estaba en la habitación de Emma, me había quedado dormido en su cama. Miré el reloj en la mesa de luz y eran las tres de la madrugada. Me levanté rápidamente y llegué a atender el teléfono.


-          Papá ¿sos vos? – Era la voz de Emma, una Emma agitada, casi sin aliento. No podía creerlo,

-          ¿Emma? Hija, mi amor, ¿dónde estás? ¿estás bien?

-          No tengo tiempo papá, necesito que me escuches. ¿Te acordás cuándo en el colegio nos llevaban a una excursión en una granja?

-          Sí. Hija…

-          Bueno, creo es por ahí dónde estoy. A veces escucho a los niños bajar de las combis. He visto por la ventana el cartel con el sol enorme. –Se oían sus sollozos.

-          ¿Te hizo daño?

-          Eso no importa ahora, tenés que llamar a la policía y decirles dónde estoy.  Él se va a dar cuenta, en cuanto venga y no sé lo que es capaz de hacer, podré entretenerlo, pero no mucho. Diles que se apuren papá. Te quiero mucho. –Ahora lloraba con más fuerza. –Adiós.


Me quedé con el teléfono en la mano un segundo, escuchando el tono. Estaba a punto de marcar el 911 cuando algo me detuvo. Fue la imagen de los cuerpos de los policías ensangrentados. Y las imágenes de cómo sería todo si yo marcaba esos números ahora. La policía iría, suponiendo que llegaran a tiempo, salvarían a Emma. Si Toby se hallaba ahí, lo encarcelarían. ¿Cuántos  años le darían? ¿Perpetua? ¿Para qué? ¿Para que se portara bien por unos años y luego salir con libertad condicional? No. No podía existir una posibilidad de que ese monstruo viviera. ¿Era eso lo que me impedía llamar a la policía o el incontrolable deseo de la venganza corriendo por mis venas?


Puse el teléfono en su lugar y fui hasta mi dormitorio. Allí me vestí lo más rápido que pude. Me acerqué a la cómoda y abrí el primer cajón, busqué debajo de la ropa interior y saqué el arma. La había comprado luego de la noche en que Emma desapareció, solo por si acaso. Luego de cargarle las balas, la guardé en el bolsillo derecho de la campera. Tomé el celular, las llaves de mi auto y salí.


Conduje lo más discreto y rápido que pude. En la ruta no había mucho tránsito, así que no tuve inconvenientes. Dejé el auto a unos pocos kilómetros de la granja, entre unos árboles, luego seguí a pie. Todo estaba oscuro. Entonces caí en la cuenta de que no había pensado un plan. Emma había dicho que este hombre se iba a dar cuenta de que ella me había llamado. Si era así, estaría alerta, me vería llegar y la mataría antes de que pudiera poner un pie en la casa.  Tal vez ya la había matado. Me sentía un tonto, había actuado por el impulso de la desesperación, la ira, el odio, la venganza y había puesto en riesgo la vida de Emma. Pero ahora no había vuelta atrás, ya había llegado demasiado lejos. Entonces seguí avanzando entre los pastos altos, con las manos dentro de los bolsillos de la campera, la derecha tomando firmemente el arma, ya se veían unas luces de la casa. Deseaba con todas mis fuerzas que no me viera llegar, que no me estuviera esperando.


Llegué a la casa,  no era muy grande, una típica casa de campo. A unos metros estaba el granero, con un enorme sol en la entrada, allí es dónde llevaban a los niños de excursión. Por allí habían pasado quién sabe cuántos alumnos y maestros y nunca oyeron nada, ni vieron nada. Mi hija estaba encerrada en esa casa, sin embargo nadie se había dado cuenta. Había luces dentro de la casa, me quedé pegado a una de las paredes laterales, junto a una ventana para pensar cómo me convendría entrar. A veces, la vida ni eso te otorga. La vida te pone a prueba, situaciones en las que, solo tienes minutos, a veces segundos, para actuar. Si no sos lo suficientemente rápido y eficaz, puede significar algo tan trágico, que te marca por el resto de tu vida. Puede llegar a cambiarte la forma de ver la realidad, lo que considerás que está bien o mal. Tengo que concentrarme, cualquier error que cometa, puede significar la muerte de Emma. Espié por la ventana. Una mesa. Un sillón. Una televisión encendida. Cuadros en las paredes. Un reloj. Lo único que se oye es el televisor.  Escucho un quejido. Me aplasto más contra la pared. Un hombre irrumpe en la habitación y empieza a caminar en círculos. Está nervioso. Camina hacia la izquierda rápidamente y desaparece.

Entonces lo escucho gritar “¿Por qué me hacés esto?”  y cosas que se estrellan contra el suelo.  Trato de seguir el sonido, rodeando la casa, esperando el momento adecuado para ingresar.  Hay una puerta trasera, parece que da hacia una cocina. Me escondo detrás de una planta y escucho, ahora se oye más cerca.


-          Te di todo de mí para que seas feliz y así me lo pagás. –Estaba diciendo el hombre, parecía que estaba a punto de llorar.  Nadie le contestaba, parecía estar hablando solo. –Confié en vos, te alimenté bien, te traté bien, te… no lo entiendo Emma ¿Por qué no podés amarme como yo te amo a vos?

-          Vos no me amás. –La voz de Emma sonó fría, cortante como una daga afilada. ¿Qué está haciendo? Si lo altera más es peor.

-          ¿¡Qué!? –Hubo un silencio de unos segundos, luego Emma habló.

-          Una persona que ama a otra persona no la secuestra, no la obliga a quedarse en un lugar en contra de su voluntad, no la aleja de las personas que quiere.

-          ¿Qué estás diciendo? No podés hablarme de esa manera. ¿Te olvidás lo que le hice a tu amiguito y a los policías Emma? –Este tipo es un loco. Segundos atrás parecía estar al borde del llanto y ahora habla como un psicópata. Se oyó un sollozo de Emma.

-          Sos un loco de mierda. –Lo dijo con tanto odio que no parecía ella. Se río. –¿Es que no te das cuenta? Sos un fracasado, sos tan patético que para tener una mujer tuviste que secuestrarla, porque ninguna te daba bola. –Si sigue así va a matarla. Comencé a abrir la puerta lentamente, tratando de hacer el menor ruido posible, agradecí a Dios que no estaba cerrada con llave. –Vendrán en cualquier momento, no podés hacer nada. Aunque no estés acá, averiguarán de quién es la propiedad y sabrán quién sos. –Seguía diciendo Emma. Ya casi estaba dentro de la cocina.

-          ¿Te das cuenta de lo que hiciste? Ahora te tengo que matar Emma. –Lo dijo lentamente. Emma se quedó callada. Había una puerta a la izquierda, de donde venían las voces.


Entonces Emma gritó y yo al intentar abrir la puerta, se trabó, la pateé con todas mis fuerzas y se abrió. El dormitorio era pequeño, había una cama de dos plazas, no tenía ventanas, había cosas tiradas, rotas por todo el suelo. En el centro de la habitación, un hombre de unos treinta años, cabello rubio, corto, ojos negros llenos de locura me miraba por detrás de mi hija. La apresaba con el brazo izquierdo y con el derecho le rodeaba el cuello, sostenía un cuchillo, rozándolo. No podía creer a quién estaba viendo.


-          Bajá el arma o la mato. –Me dijo. Tiré el arma al piso.

-          ¿Detective Thomas? –Dije estupefacto. Él sonrío.

-          Hola, señor James.

-          ¡Yo confié en usted! –Nunca había estado tan enfadado en mi vida. Río a carcajadas –¡Hijo de puta!

-          Callate o le corto el cuello en este instante. –Dijo el detective Thomas, serio.

-          No llamé a la policía, no tenés que matarla. –Le contesté lo más calmado que pude. De los ojos de Emma caían lágrimas silenciosas.

-          ¿Cómo sé que no me mentís?

-          ¿Estaría acá si los hubiera llamado? –Se quedó en silencio. –Soltala.

-          ¿Por qué? Me pertenece. –Emma lanzó un chillido de rabia. -¡Callate! –Una gotita de sangre comenzó a salir de su cuello. Emma hizo una mueca de dolor.

-          No, no hagas eso, por favor. –Miré a Emma, en su rostro no había ni un signo de miedo. Sólo odio.

-          Papi vino a rescatarte Emma, qué ternura. –Se burló. –Lástima que no va poder lograrlo. Estalló en una carcajada. Emma cerró los ojos. Suspiró.

-          Soltame, ahora. –Él se quedó en silencio. –Soltame, dejás ir a mi papá y me quedo con vos para siempre. –Abrió los ojos y sonrió. Le besó la oreja. Emma puso cara de asco.

-          Te amo tanto. –Le dijo.


La sangre me hervía en el cuerpo. Emma sollozó. El detective Thomas bajó el cuchillo, pero demasiado lento. Ella aferró su mano a la de él, intentando sacárselo. Luego le pateó la pierna con violencia, él lanzó un grito de dolor y movió el brazo al que Emma estaba aferrada y la lanzó contra la pared. Ella cayó sentada, pensé que había perdido el conocimiento, entonces se movió, intentó incorporarse pero no pudo, pero logré ver un destello en su mano. Lleno de rabia, me agaché, tomé el arma y disparé. No acerté. De repente, algo voló por el aire, se clavó en el estómago del detective, que abrió los ojos y la boca. Miró a mi hija, con tristeza, como si se sintiera traicionado. Se llevó las manos a donde estaba el cuchillo, que minutos antes estaba a punto de cortar la garganta de mi hija. La sangre se expandió por todo su sweater gris, que se tiñó de un rojo oscuro. Luego se desplomó en el suelo y siguió mirándola, mientras gemía de dolor, hasta morir.

Cuando estuvo inmóvil, corrí hacia Emma y nos abrazamos. Ambos llorábamos.

-          Sabía que ibas a venir papá. –Me dijo.

-          Siempre te encontraré. –Es todo lo que pude decir.


Vera Miszka.



jueves, 16 de mayo de 2013

La decepción


La decepción

Erick se despertó por los rayos de luz de mañana que entraban por la ventana. Se sentó en la cama y se frotó los ojos, bostezó y permaneció allí un momento, sintiendo el silencio. Hoy cumplo once años, pensó. Muchos niños de su edad en su lugar estarían super contentos, ansiosos de recibir sus regalos, comer tota y disfrutar de un día de juegos con sus amigos; pero Erick no sentía nada de eso. No es que no le gustara su cumpleaños, simplemente le daba igual, algo que su madre no entendía. Igualmente se sentía feliz, porque hoy vería a su papá.

Se calzó sus pantuflas color rojas y salió de su habitación para dirigirse al baño, se lavó la cara y cepilló sus dientes, luego caminó por el pasillo hasta la cocina. Ahí se encontró con su mamá, que le había preparado su desayuno preferido, medialunas caseras con una buena leche chocolatada. Ella se acercó a él, lo besó y lo abrazó muy fuerte, le dijo “feliz cumpleaños” y otras cosas, típicas de las madres, como “Estás tan grande…” muy emocionada. Si, su madre era de esas que se emocionaban por todo. Lo miró con ternura y se sentó enfrente suyo mientras devoraba su desayuno.

-          Perdón por no darte tu regalo todavía hijo, es que no he cobrado…pero hoy a la tarde iré al banco mientras estás con tu papá y lo compraré. – Se lo dijo con un tono de tristeza, una tristeza discreta, pero visible.
-          Está bien mamá – Le respondió Erick.- ya te dije que no quiero nada. – Él sabía que desde que papá se había ido de casa el salario de mamá apenas alcanzaba para los dos.
-          ¿Qué clase de niño dice eso? – Dijo bromeando su madre y luego sonrío. Eso lo hizo sonreír a él también, le gustaba mucho cuando su mamá sonreía y más ahora, que sus sonrisas no eran muy frecuentes, no después de que papá se fue.
-          Una muy razonable. – Contestó Erick y se le escapó una risita. Ella también río.
-          Mirá, ya tengo pensado tu regalo y te va a encantar…
-          En serio mamá…-Pero ella lo ignoró y siguió hablando:
-          …además tenía pensado que podrías invitar a Peter a jugar, puedo hacerles unas pizzas y llevarlos para alquilar una película y verla acá.
-          No ma, es que hoy voy a ver a papá y…voy a estar cansado.
-          Ah, está bien hijo, como vos quieras, yo solo decía…
-          Si lo sé. Mamá sé que crees que papá me cancelará como siempre, pero hoy es mi cumpleaños y no creo que lo haga. Aparte siento que está vez vendrá, estoy seguro. –No sabía si lo estaba realmente, sólo quería tranquilizar a su madre. Ella abrió la boca para contestar pero el teléfono sonó y Erick se incorporó para atender.

-          ¿Hola?
-          Hola hijo, feliz cumpleaños, ¿cómo estás? – Que no me cancele, que no me cancele por favor, pensó.
-          Hola papá, gracias, estoy bien ¿y vos?
-          Bien, hijo, no tengo tiempo de hablar ahora, tengo mucho trabajo, pasala bien en la escuela, te voy a buscar cuando salgas ¿está bien? Y mandale un beso a tu madre.
-          Está bien papá, yo también te quiero. –Colgó el teléfono.
Se dirigió a su madre y le dijo:
-          ¿Ves? Si vendrá, te mandó un beso.
-          Si vos decís… -Suspiró. –Andá a prepararte que se hace tarde, la madre de Rick  estará aquí en diez minutos.

Erick fue a su habitación, se cambió de ropa, tomó su mochila, se arregló el pelo con las manos apresuradamente y entonces llegó la mamá de Rick en su auto azul, despidió a su madre con un beso y subió al auto. Su amigo le deseó feliz cumpleaños y le regaló un juego de play station, esos de armas que mamá odiaba pero él jugaba igual a escondidas, aunque su madre sabía eso, no era tonta. Pero prefería jugarlos así, a escondidas, que bancarse a su madre malhumorada. Le agradeció el regalo a Rick, lo guardó en la mochila. Dos minutos después llegaron a la escuela, se despidieron de la mamá de Rick y juntos ingresaron a clase. El resto del día fue igual que todos, Erick no tenía muchos amigos en la escuela, no porque no podía si no porque no le gustaba estar rodeado de gente, con la compañía de Rick de vez en cuando le bastaba y si no, quedarse solo no le molestaba, al contrario. Es cierto que el resto de los chicos de su clase pensaban que era raro y eso los mantenía alejados, por suerte, pensaba Erick.

En el recreo, Rick le preguntó a Erick si quería hacer algo a la tarde para festejar su cumpleaños. Erick le contestó que no porque estaría con su padre. Su amigo abrió los ojos como platos y luego sonrío.
-          ¿En serio? Eso es genial amigo.
-          Sí.
-          Y… ¿Estás seguro de que…?-Rick no terminó la pregunta.
-          Sí, esta vez vendrá, es en serio. –Erick dijo sonriendo.
-          Buenísimo Erick, pero hey…no quiero desilusionarte ni nada por el estilo pero tratá de no ilusionarte demasiado, sabés que te lo ha prometido varias veces y…
-          Ya lo sé, pero es mi cumpleaños Rick, vendrá. –Contestó en un suspiro.
-          Está bien.

El resto de la mañana siguió el curso de siempre, casi se durmió en la clase de lengua y tuvo una evaluación de ciencias sociales, que al parecer, le fue bien. Los minutos de la última hora nunca habían pasado tan lentos. Al sonar el timbre, Erick corrió por los pasillos de la escuela, dos profesores le llamaron la atención pero no le importó porque vería a su padre. Sí, saldría y ahí estaría, con su camioneta gris, le dejaría conducir sobre su falda y se divertirían juntos como los viejos tiempos. Escucharían rock and roll en la radio y cantarían hasta que se les acabase el aire. Y todo estaría bien. Hacía tres meses que no veía a su padre, tres meses que parecían tres años. Él siempre tenía trabajo, si no eran reuniones, eran viajes de negocios u otras cosas más. Mamá se enojaba mucho con él por hacerle eso a Erick. Pero Erick quería mucho a su padre y le tenía paciencia y sabía que en algún momento su padre se daría cuenta que lo extrañaba e iría a verlo. Como hoy.

Ya casi llegaba a las puertas de salida, se imaginaba el gran abrazo que le daría a su papá después de tanto tiempo. Bajó los escalones mirando hacia todos lados. Nada. Está retrasado es solo eso, pensó. Se sentó en el pasto recién cortado que se extendía a los dos costados del sendero de entrada, y esperó. La gente se dispersaba y siguió mirando, nada. No puede hacerme esto, no, tiene que venir, pensó, y enseguida otra voz en su consciente le dijo “No va a venir, no te quiere, no le importas”. Sacudió la cabeza y sus cabellos negros se revolvieron. Entonces vio una camioneta gris que se detenía en doble fila con las luces parpadeantes. Su corazón se aceleró. Saltó del pasto y corrió hacia la vereda con entusiasmo. Pero al llegar, no fue su padre el que bajó de la camioneta para abrazarlo, sino una mujer que le hizo señas a una niña un poco menor que él para que subiera a la camioneta. Erick bajó la cabeza y caminó hasta su casa. En ese trayecto sintió algo que nunca antes había sentido, era doloroso, triste. Y por primera vez llegó a creer que su padre no lo quería, es más, se creyó que seguramente se había casado con otra mujer que tenía hijos  y que estaba jugando en el parque con ellos, que los dejaba conducir su camioneta gris sobre su falda…Tonterías, pensó. Igualmente, sus ojos se llenaron de lágrimas que cayeron silenciosamente por sus mejillas.

Al llegar a su casa, mamá no estaba porque había ido al banco así que atravesó el jardín hasta llegar al patio trasero, allí levantó a alfombra, que estaba al pie de la puerta de la cocina, sacó la llave e ingresó. En la casa reinaba una paz tranquilizadora, se secó las lágrimas con la manga de su buzo y fue hasta su habitación, allí dejó la mochila, sacó el regalo de Rick y fue hacia el living para probarlo. Jugó hasta que escucho las llaves girando en la cerradura  de la puerta delantera.

Su madre entraba con una caja debajo del brazo derecho y la cartera en el otro. Al verlo ella se asombró, dejó la caja en el suelo y lo abrazó.

No le dijo nada, ni siquiera por el videojuego pausado en la pantalla, no había nada que decir. Se miraron en silencio por dos segundos, entonces la caja hizo un ruido, mejor dicho, algo dentro de la caja. Erick se sobresaltó y su madre sonrío un poco, casi forzadamente. Se acercó, tomó la caja y se la dio a su hijo.
-          Feliz cumpleaños mi amor.

Erick miró dentro de la caja y encontró una bola de pelos negra con blanco que se movía sin parar. Una cabeza se asomó y una lengua rosada comenzó a lamerle las manos, luego ladró. Nunca había visto un cachorro más hermoso.

-          Mamá…es hermoso, gracias. –La besó.
-          Iba a comprarte otra cosa, pero saliendo del banco había una mujer regalándolos y bueno…pensé que era mejor que algo material. Sé que es una boca más que alimentar…pero bueno, nos arreglaremos, encontraremos la forma.
-          ¿Es macho? –Le preguntó mientras lo acariciaba.
-          No, hembra. ¿Qué nombre le vas a poner?
-          Todavía no lo sé.
Todavía sonreían cuando el teléfono sonó, su madre se incorporó violentamente y tomó el teléfono.
-          ¿Si?
-          Jennifer, perdóname, en serio, no pude ir…
-          Conmigo no tenés que disculparte. –Dijo frunciendo el ceño.
-          Pasame con él.
-          No, vas a tener que venir a disculparte y explicarle por qué sos tan mierda en su cara.
-          Vamos Jen, no puedo, estoy trabajando…
-          Andate a la mierda, vos y tu estúpido trabajo, por dios Mike, es tu hijo, acaba de cumplir once años y vos… -Lanzó un grito de furia.
-          Jen…
-          Hijo de puta –Estrelló el auricular con violencia contra la pared, que quedó balanceándose en el aire. Luego rompió a llorar.

Erick se acercó y la abrazó. Entonces encontró la palabra para definir lo que sentía en ese momento. Decepción. Y aunque esa no fue la única vez en su vida que lo sintió en los años de su vida, esa vez fue la peor de todas. Siempre había creído que su padre era una buena persona, que lo quería y que siempre estaría a su lado. Pero su padre lo había decepcionado de tal forma (había hecho llorar a mamá una vez más) que sentía que se quebraba por dentro. ¿Era posible que un niño de tan solo once años se sintiera así? Madre e hijo se miraron a los ojos por unos segundos y entendieron que ahora, eran ellos dos contra el mundo. Erick acarició a su nueva perrita que comenzó a correr, se resbaló con el piso y se chocó una pared. No, somos tres contra el mundo. Y aunque ambos estaban destrozados no pudieron evitar reír.

Vera Miszka.