“-Dígame una última
cosa –Pidió Harry- ¿Esto es real? ¿O está pasando sólo dentro de mi cabeza?
-Claro que está
pasando dentro de tu cabeza, Harry, pero ¿por qué iba a significar que esto no
es real? –Contestó Dumbledore.”
- Harry Potter y las reliquias de la muerte.
Alma tenía quince años y vivía con sus padres, su hermano
menor, Julián y su hermana mayor, Bianca.
Su hermana la detestaba y su hermano era muy pequeño, se la pasaba
jugando con sus tractores de juguete y revolcándose en el patio del jardín, en
su propio mundo. Sus padres debían las únicas personas en el mundo que le
tenían algo de afecto, pero ellos no tenían tiempo para ella.
Bianca tenía dos años más que Alma. Ambas iban a la misma
escuela, pero todas las mañanas Bianca se iba caminando con sus amigas por la
vereda del frente porque no quería que en la escuela se supiera que ellas eran
hermanas. Su hermana era morocha, tenía el pelo lacio y hermanos, unos ojos
azules deslumbrantes y una sonrisa perfecta. Mientras que Alma no era fea, pero
al lado de su hermana cualquier chico elegiría a Bianca porque era “perfecta”.
Por otro lado, Alma no era muy femenina, no le importaba
arreglarse o lucir sus piernas, no mientras se sintiese cómoda. Ella no tenía amigos, era invisible para
todos. O al menos ella se sentía así. También se sentía muy sola. Se detestaba
así misma por no poder agradarles a los demás
y se culpaba por la mayoría de las cosas malas que le pasaban. Muchas
veces había pensado en el suicidio y se imaginaba a su hermana feliz, a sus
padres olvidándola y a Julián sacándose los mocos. Pero nunca había tenido el
valor de hacerlo.
Un día salió del colegio y caminaba a casa cuando empezó a
llover, Alma seguía a paso tranquilo, disfrutando la lluvia, mientras los demás
se refugiaban en sus paraguas y capuchas. Al llegar a una esquina un auto pasó
por un charco y la empapó de la cabeza a los pies. Inmediatamente escuchó una
risa a su lado, al girar la cabeza se encontró con un chico más grande que
ella, el pelo rubio mojado le tapaba los ojos. Alma se sintió avergonzada y
bajó la cabeza, sin saber que decir. El chico se presentó como Gastón. Y así
fue como Alma fue feliz después de mucho tiempo.
Gastón tenía diecisiete años e iba a su escuela, en realidad
casi nunca iba, porque solía escaparse y pasear por la ciudad solo. Alma lo
acompañaba las veces que podía y pasaban mañanas y tardes tirados en plazas,
hablando, o a veces oyendo el viento colándose entre las hojas de los árboles.
Era el primer chico que a Alma le gustaba en serio.
Una tarde estaban en la terraza de un edificio. El viento
soplaba constantemente, pero no hacía frío. Se habían quedado en silencio, cuando
Gastón la tomó por sorpresa y empezó a hacerle cosquillas. Alma se retorció en
el suelo, riendo a carcajadas y tratando de defenderse con sus brazos. Ambos
reían, cuando de repente Gastón se quedó quieto y su sonrisa se borró, dejando
una cara de desconcierto. Él le estaba
mirando el brazo. Entonces Alma se dio cuenta de que la manga de su remera se
había subido, dejando al descubierto sus cicatrices. Avergonzada, se tapó
rápidamente y con movimientos nerviosos. Él le preguntó por qué lo hacía y Alma
le contó, por primera vez a alguien, esos sentimientos que había guardado por
tanto tiempo. Desde cómo se horrorizaba con tan solo mirarse al espejo, hasta
las veces que sentía que era invisible para todos, que no le importaba a nadie.
Entonces él, sin decir nada, tomó su brazo y descubrió las cicatrices, se
inclinó y se las besó. Ese fue el día más feliz de su vida.
Empezaba a sentirse feliz, había dejado de cortarse y de
pensar en las cosas malas de su vida. Ese día le diría a Gastón lo que sentía
por él. Lo estaba esperando, en la esquina de la escuela, donde se habían visto
por primera vez. Pero Gastón no aparecía. Alma empezó a caminar hacia la plaza que iban
frecuentemente y cuando llegó se encontró con algo inesperado: Gastón estaba
besando a otra chica. Cuando sintieron su presencia y se volvieron hacia ella,
su mundo se derrumbó al reconocer a su hermana Bianca.
Alma se dio vuelta y corrió si rumbo. Corrió por lo que
parecieron horas. Cuando llegó a su casa estaba agotada, sudorosa y con
lágrimas en el rostro. Sus padres aún no habían llegado de trabajar, su hermana
tampoco y Julián estaba en la guardería. Alma trató de tranquilizarse y fue al
baño a lavarse la cara. Cuando terminó, levantó su cabeza y se miró al espejo,
se odió por ser tan estúpida, ingenua y fea. No soportaba más ser así. Un
impulso la llevó a estrellar su puño contra el espejo y los trozos de vidrio se
incrustaron en sus dedos. Luego corrió a su habitación, allí había un espejo de
tamaño cuerpo entero y se encontró con su reflejo otra vez. Fuera de sí, se
acercó a él y comenzó a golpearlo. Sus manos quedaron ensangrentadas y deseó
con toda su alma morirse ahí mismo, pero eso no pasó. Volvió al baño y se lavó
las manos con agua fría, las vendó con gasas y se acostó a dormir. Un segundo
antes de caer en el sueño pensó “ojalá no despierte jamás”.
Cuando abrió los ojos, se encontraba en su cama. Se levantó
y caminó hacia el pasillo que iba hacia el baño, pero antes de entrar se
detuvo. Había un silencio anormal en la casa. La recorrió llamando a sus
padres, a Julián y hasta a su hermana, que era la última persona que quería ver
en el mundo. Nadie contestó. Entonces se miró los pies y descubrió que estaba
flotando. Pensó que estaba soñando, cerró los ojos y los volvió a abrir.
Evidentemente había estado soñando, o eso creyó, porque estaba acostada en su
cama otra vez. Se levantó y el silencio anormal abundaba la casa, la recorrió.
Todas las habitaciones revisó y no encontró a nadie. Salió a la vereda y
caminó, así en pijama como estaba. Nadie. Afuera estaba todo cubierto de nieve,
incluso caían algunos copos silenciosos, pero Alma no sentía frío. Corrió por
la calle, sintió que pasaron horas. Pero al mirar a la izquierda, su casa
seguía ahí. “Quiero despertar” pensó. Cerró los ojos dos segundos y los volvió
a abrir. Otra vez estaba en su cama. ¿Qué estaba pasando? Esta vez cuando se
levantó, no salió del cuarto y notó que el espejo que había roto a golpes, no tenía ni un rasguño. Miró a través de él. Divisó
su habitación, y una chica exactamente igual a ella, sentada en la cama, con el
filo de un cuchillo habría sus cicatrices, las atravesaba, en forma vertical.
Un grito atravesó la garganta de Alma y nadie la escuchó.
Nadie la despertó.

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