Esto va dedicado a mis amigos, que cada día hacen mi vida más
fácil de llevar.
Eran las nueve de la mañana y Karla abría su almacén como todos
los días, excepto los domingos, que no abría. Era un almacén pequeño, pero que
tenía casi de todo. La mañana estaba fresca, pero el sol asomaba entre las
nubes, parecía que iba a ser un lindo día.
Subió las persianas y corrió las cortinas, encendió un rato el
calefactor, que tenía detrás del mostrador y se sentó en una silla detrás de
éste. Comenzó a anotar las cosas que le tenía que traer el proveedor. Que como
si le leyera la mente, dos minutos después, entraba por la puerta.
- Buenos días Karlita. – Le dijo
Esteban. Se conocían hace años. Era alto, delgado, barbudo y de unos cincuenta
años.
- Buenos días Esteban.
- ¿Cómo va todo? – Preguntó él sonriendo.
- Bien, bien, ¿vos? – Karla anotaba lo
último de la lista.
- Bien, linda mañana ¿eh? – Comentó
Esteban sonriente, más alegre de lo normal, entusiasmado por algo que estaba
desesperado por contar.
- Te ves muy animado, Esteban. – Le dijo
ella.
- Mmm – Asintió. A Karla le recordó a su
sobrino cuando tenía cuatro años y ella le preguntaba si quería alguna
golosina, entonces el niño asentía moviendo la cabeza de arriba abajo
salvajemente y luego decía “mmm”…- Voy a ser abuelo.
- Oh, ¿de verdad? – Silvia, la hija de
Esteban, que tendría casi la edad de Karla, estaba casada con un hombre y
habían intentado tener un bebé por unos años y no había dado resultado. -
¡Felicitaciones!- Karla se alegraba mucho.
- Silvia está contentísima y Felipe,
imaginate…- Esteban entrelazó las manos contra el pecho y las movió adelante y
hacia atrás mientras miraba hacia arriba.
- Y claro, después de todo este
tiempo…Mandales mis saludos.
- Está bien.
- Acá te dejo la listita. – Esteban la
tomó y la leyó.
- Bueno…para el lunes te traigo todo.
- Buenísimo, nos vemos entonces. – Le
contestó Karla. Esteban se despidió y se fue.
Karla se acordó de las cartas que había tomado apurada de la
puerta del departamento y las había guardado en el saco, para revisarlas
después, la mayoría serían cuentas y alguna que otra promoción de tarjeta de
crédito. Las fue pasando, sin mucho interés, cuando vio una que le llamó la
atención. Karla leyó la carta y una rara emoción comenzó a recorrerle el cuerpo.
Estimada Karla Medina:
La invitamos a concurrir el día domingo 7 de Abril a una reunión de reencuentro
de los alumnos egresados de la escuela Sargento Cabral 8va promoción, a las
17:00hs en Belgrano 8638. La esperamos.
Sus compañeros de la escuela secundaria.
Karla se sorprendió tanto que releyó la carta tres veces. No lo
podía creer. Después de tantos años…Inmediatamente se le vinieron a la cabeza
recuerdos de los que habían sido sus mejores amigos. Recordó las juntadas en la
casa de Barbie, las fiestas descontroladas, las tardes en la plaza tomando
mates…
Habían pasado quince años, pero hasta los detalles abundaban su
mente. ¿Hace cuánto que no pensaba en ellos? Alan con sus chistes obscenos,
Barbie y su hermosa voz, Braian y su pasión por los videojuegos, Mía y su risa
contagiosa, Kevin tocando la guitarra…
Principalmente se acordó de ese día, el último que habían estado
todos juntos…Habían ido a la casa de Kevin a la noche. Y Karla recordaba cuando
se les quemó la comida en el horno y casi se incendia la cocina. Terminaron
pidiendo comida y riendo tanto que Alan se le había salido la gaseosa por la
nariz.
Recordó caminar esas tres cuadras hacia la playa para ver el
amanecer. Estar sentados en la arena en semicírculo, Kevin tocando la guitarra,
Barbie cantando, Alan molestándola a Karla, como siempre, Braian tomando
una cerveza. Se vio a sí misma corriendo a Alan por la orilla de la playa
y lanzándole arena. No pudo evitar sonreír al recordar eso.
Se acordó estar parada en la orilla, con las zapatillas colgando
de los dedos de la mano derecha, con los ojos cerrados, sintiendo el agua
acariciándole los pies. Cuando, minutos después, Kevin se había parado a su
lado y en silencio le revolvía el pelo, cosa que siempre hacía en momentos como
ese. Tampoco pudo evitar sentir un nudo en la garganta. Kevin le había pedido
que volvieran a donde estaba los demás y así lo hicieron. Entonces, cuando
estaban todos en grupos, tomó una botella de cerveza y con un destapador de
botellas la golpeó haciendo un ruido fuerte, imitando a alguien que quiere
iniciar un discurso en una cena formal. Sonriendo había dicho:
- Amigos, hoy ha sido uno de los mejores
días de mi vida. – Todos lo habían mirado enternecidos. Entonces Braian había
lanzado un suspiro y luego un “aaaaaaaah” rompiendo el momento sentimental y
Alan lo había seguido haciéndose el que lloraba histéricamente. Karla les había
dicho que se callaran y entonces Alan le había contestado:
- Callate vos, Karla con “k” de quesera.
– Y todos incluyendo a Karla, habían estallado en risas. No tenía sentido, pero
reían sin parar porque ya estaban un poco borrachos.
Entonces, cuando las risas se fueron apagando Kevin agregó:
- Chicos, en serio, después de la
graduación seguiremos todos juntos ¿verdad? – Y Alan, a pesar de estar
borracho, contestó seriamente y con toda sinceridad:
- Claro que sí, tendrás que aguantarnos
hasta que seamos viejos y nos hagamos pis encima. – Y todos comenzaron a reír
nuevamente, mientras afirmaban lo dicho por Alan.
A Karla se le habían llenado los ojos de lágrimas y agradeció
que no hubiera entrado ningún cliente cuando lloraba desconsoladamente. Y se
preguntó, una vez más, ¿cómo hubieran sido las cosas si Kevin no se hubiera
quitado la vida? ¿Cómo sería su aspecto de hombre de treinta años y tres? ¿Cómo
haría para estar con las mejores personas que había conocido sin recordar a
Kevin? Pero iría, por más duro que fuese. Habían pasado quince años…todos
tendrían mucho que contar, no era necesario recordar malos momentos.
Después de lo de Kevin, todos se habían distanciado, cada uno
había ido a una universidad, o a trabajar en algún lugar. No podían estar
juntos sin sentir esa ausencia y ese dolor. Al parecer, Kevin sufría depresión
desde principios de su adolescencia, cosa que ninguno de ellos se había
enterado mientras Kevin vivía. Ni siquiera ella, Karla, su mejor amiga,
aunque lo había sospechado, lo admitía pero nunca creyó que fuera tan grave. Y
simplemente el tiempo había pasado, cada uno había hecho su propia vida.
El lunes, Karla se bajaba del colectivo y caminaba tres cuadras
hasta el lugar de la reunión. Había llegado cinco en punto. El salón era chico,
había unas cuantas mesas con platos que contenían masas dulces. La recibió una
mujer de ojos marrones y pelo castaño. Reconoció que era Cristina, una de
sus ex compañeras y notó que le sobraban unos kilos, nada exagerado, ella
siempre había sido rellenita. Cristina la saludó alegremente y le indicó que se
sentara donde quisiese. Luego se había alejado para recibir a otras personas
que entraban detrás de Karla.
Karla buscó con la mirada a alguien. Por un segundo, el miedo de
que sus amigos estuvieran tan cambiados y no poder reconocerlos la puso más
nerviosa de lo que estaba, pero al ver a Alan sentado fumando un cigarrillo,
distraído, se tranquilizó. Se acercó hacia él, que no notó su presencia hasta
que ella se estuvo a su lado.
- ¡Karla! Por dios, tanto tiempo – Alan
la abrazó. - ¿Cómo estás?
- Bien. – Ella se sentó a su lado, notó
que Alan se había dejado la barba y el pelo corto (en su adolescencia siempre
lo usaba largo)- ¿Vos?
- Bien. – Se acercó a ella para
susurrarle algo.- ¿Has visto a Cristina? ¡Si que está gorda! – Soltó una risita.
- Alan, no has cambiado nada. – Dijo
Karla riendo.
- Amigo, ¿qué te has hecho en el pelo? –
Una voz interrumpió la conversación de Karla y Alan, que se giraron hacia donde
provenía el sonido. Y vieron nada más y nada menos que a Braian, que sonreía.
- ¡Braian! Vení, sentate, estaba
por contarle a Karla que…
La tarde se pasó rápido, todo fue muy emocionante, hacía mucho
que Karla no se divertía así, todo estaba saliendo mejor de lo que
esperaba. Hablaron de sus vidas, algunos de sus hijos, otros de sus
trabajos, otros recordaban alguna que otra anécdota. Mía se había recibido de
psicóloga, Alan era profesor de historia en la universidad, Barbie era maestra
jardinera y además cantaba en una banda en su tiempo libre. Braian trabajaba en
un diario, escribiendo columnas. Todos habían asistido al evento y Karla
escuchó las historias de sus compañeros de los que apenas se acordaba, algunos
estaban irreconocibles.
Cuando llegó el momento de despedirse, Alan sugirió a sus cuatro amigos, invitarlos a su casa a cenar. Todos aceptaron y se dirigieron hacia
allí.
Conocieron a la esposa de Alan, una mujer muy bonita y simpática
que les preparó una cena espectacular, y a la pequeña Clara, de seis años, que
era igual a su padre. Alan era el único que había tenido hijos hasta ahora.
Después de la cena, se sentaron todos en el living. Mientras
tomaban café, Alan miró a Karla de una forma familiar y dijo:
- Karla con k de quesera. – Y todos
rieron, menos Patricia, la esposa de Alan, que no entendía de qué hablaban y
sonrío incómoda.
- Deberías pasar por mi almacén, tengo
muchos quesos, de toda variedad. – Contestó Karla y todos siguieron riendo.
Alan con la voz ahogada por la risa dijo que lo haría. Patricia se excusó,
incómoda y salió de la habitación.
Entonces el momento que Karla había temido, ocurrió, Mía dijo:
- A veces pienso en él…tengo pacientes
con depresión muy a menudo. – Todos se quedaron en silencio y Mía se
llevó la taza de café a los labios. Entonces Barbie dijo:
- Yo le escribí una canción…hace unos
años.- La tensión levitaba en el ambiente, hasta que Barbie comenzó a cantar…La
letra era hermosa y no era triste, la dulce voz de Barbie bastó para que, al
terminar la canción, la tensión hubiese desaparecido. Todos se miraron en
silencio y sonrieron. Entonces Alan contó una anécdota graciosa sobre Kevin y
Braian contó otra y Mía otra y todos volvieron a reír. Luego solo se oía
el tintineo de las tazas y las cucharas. Entonces Karla volvió a sentir el agua
en sus pies y Kevin que la despeinaba en silencio. Recordó lo que iba a hacer
ese día que nunca había hecho.
Y eso fue todo. Se despidieron de Patricia, Clara se había
dormido, luego de Alan. Se abrazaron todos y el abrazo fue largo. Mía alcanzó a
Karla hasta su departamento, volvió a abrazarla al momento de irse y le dijo
que la llamaría.
Y cuando Karla entró a su departamento y se echó en el sofá con
los ojos cerrados, volvió a sentir el mar en sus pies, a Kevin revolviéndole el
pelo, a Kevin acercándose a su oreja y susurrándole un “te amo”. Ella le
susurraba que ella también lo amaba. Pero eso nunca había pasado. Porque ella
no se había animado a decirle que lo amaba y volvió a detestarse una vez más,
por haber sido tan cobarde. Y una vez más volvió a preguntarse si Kevin se
habría suicidado si ella se lo hubiera dicho. Y aunque si eso no hubiera sido
suficiente, a Karla si le hubiera bastado con que él muriese sabiendo cuánto lo
amaba.
Sólo se vive una vez. La vida pasa y no se detiene, y no sabés
cuando se puede acabar. Disfruta cada día como si se acabase mañana.

muy lindo , te hace pensar en lo bueno y lindo que es tener un grupo de amigos y en que si se quiere se puede tener uno por muchos años , hay que cuidarlo , pero poder se puede
ResponderEliminarMe alegro que te haya dejado ese mensaje, gracias c:
Eliminar