jueves, 16 de mayo de 2013

La decepción


La decepción

Erick se despertó por los rayos de luz de mañana que entraban por la ventana. Se sentó en la cama y se frotó los ojos, bostezó y permaneció allí un momento, sintiendo el silencio. Hoy cumplo once años, pensó. Muchos niños de su edad en su lugar estarían super contentos, ansiosos de recibir sus regalos, comer tota y disfrutar de un día de juegos con sus amigos; pero Erick no sentía nada de eso. No es que no le gustara su cumpleaños, simplemente le daba igual, algo que su madre no entendía. Igualmente se sentía feliz, porque hoy vería a su papá.

Se calzó sus pantuflas color rojas y salió de su habitación para dirigirse al baño, se lavó la cara y cepilló sus dientes, luego caminó por el pasillo hasta la cocina. Ahí se encontró con su mamá, que le había preparado su desayuno preferido, medialunas caseras con una buena leche chocolatada. Ella se acercó a él, lo besó y lo abrazó muy fuerte, le dijo “feliz cumpleaños” y otras cosas, típicas de las madres, como “Estás tan grande…” muy emocionada. Si, su madre era de esas que se emocionaban por todo. Lo miró con ternura y se sentó enfrente suyo mientras devoraba su desayuno.

-          Perdón por no darte tu regalo todavía hijo, es que no he cobrado…pero hoy a la tarde iré al banco mientras estás con tu papá y lo compraré. – Se lo dijo con un tono de tristeza, una tristeza discreta, pero visible.
-          Está bien mamá – Le respondió Erick.- ya te dije que no quiero nada. – Él sabía que desde que papá se había ido de casa el salario de mamá apenas alcanzaba para los dos.
-          ¿Qué clase de niño dice eso? – Dijo bromeando su madre y luego sonrío. Eso lo hizo sonreír a él también, le gustaba mucho cuando su mamá sonreía y más ahora, que sus sonrisas no eran muy frecuentes, no después de que papá se fue.
-          Una muy razonable. – Contestó Erick y se le escapó una risita. Ella también río.
-          Mirá, ya tengo pensado tu regalo y te va a encantar…
-          En serio mamá…-Pero ella lo ignoró y siguió hablando:
-          …además tenía pensado que podrías invitar a Peter a jugar, puedo hacerles unas pizzas y llevarlos para alquilar una película y verla acá.
-          No ma, es que hoy voy a ver a papá y…voy a estar cansado.
-          Ah, está bien hijo, como vos quieras, yo solo decía…
-          Si lo sé. Mamá sé que crees que papá me cancelará como siempre, pero hoy es mi cumpleaños y no creo que lo haga. Aparte siento que está vez vendrá, estoy seguro. –No sabía si lo estaba realmente, sólo quería tranquilizar a su madre. Ella abrió la boca para contestar pero el teléfono sonó y Erick se incorporó para atender.

-          ¿Hola?
-          Hola hijo, feliz cumpleaños, ¿cómo estás? – Que no me cancele, que no me cancele por favor, pensó.
-          Hola papá, gracias, estoy bien ¿y vos?
-          Bien, hijo, no tengo tiempo de hablar ahora, tengo mucho trabajo, pasala bien en la escuela, te voy a buscar cuando salgas ¿está bien? Y mandale un beso a tu madre.
-          Está bien papá, yo también te quiero. –Colgó el teléfono.
Se dirigió a su madre y le dijo:
-          ¿Ves? Si vendrá, te mandó un beso.
-          Si vos decís… -Suspiró. –Andá a prepararte que se hace tarde, la madre de Rick  estará aquí en diez minutos.

Erick fue a su habitación, se cambió de ropa, tomó su mochila, se arregló el pelo con las manos apresuradamente y entonces llegó la mamá de Rick en su auto azul, despidió a su madre con un beso y subió al auto. Su amigo le deseó feliz cumpleaños y le regaló un juego de play station, esos de armas que mamá odiaba pero él jugaba igual a escondidas, aunque su madre sabía eso, no era tonta. Pero prefería jugarlos así, a escondidas, que bancarse a su madre malhumorada. Le agradeció el regalo a Rick, lo guardó en la mochila. Dos minutos después llegaron a la escuela, se despidieron de la mamá de Rick y juntos ingresaron a clase. El resto del día fue igual que todos, Erick no tenía muchos amigos en la escuela, no porque no podía si no porque no le gustaba estar rodeado de gente, con la compañía de Rick de vez en cuando le bastaba y si no, quedarse solo no le molestaba, al contrario. Es cierto que el resto de los chicos de su clase pensaban que era raro y eso los mantenía alejados, por suerte, pensaba Erick.

En el recreo, Rick le preguntó a Erick si quería hacer algo a la tarde para festejar su cumpleaños. Erick le contestó que no porque estaría con su padre. Su amigo abrió los ojos como platos y luego sonrío.
-          ¿En serio? Eso es genial amigo.
-          Sí.
-          Y… ¿Estás seguro de que…?-Rick no terminó la pregunta.
-          Sí, esta vez vendrá, es en serio. –Erick dijo sonriendo.
-          Buenísimo Erick, pero hey…no quiero desilusionarte ni nada por el estilo pero tratá de no ilusionarte demasiado, sabés que te lo ha prometido varias veces y…
-          Ya lo sé, pero es mi cumpleaños Rick, vendrá. –Contestó en un suspiro.
-          Está bien.

El resto de la mañana siguió el curso de siempre, casi se durmió en la clase de lengua y tuvo una evaluación de ciencias sociales, que al parecer, le fue bien. Los minutos de la última hora nunca habían pasado tan lentos. Al sonar el timbre, Erick corrió por los pasillos de la escuela, dos profesores le llamaron la atención pero no le importó porque vería a su padre. Sí, saldría y ahí estaría, con su camioneta gris, le dejaría conducir sobre su falda y se divertirían juntos como los viejos tiempos. Escucharían rock and roll en la radio y cantarían hasta que se les acabase el aire. Y todo estaría bien. Hacía tres meses que no veía a su padre, tres meses que parecían tres años. Él siempre tenía trabajo, si no eran reuniones, eran viajes de negocios u otras cosas más. Mamá se enojaba mucho con él por hacerle eso a Erick. Pero Erick quería mucho a su padre y le tenía paciencia y sabía que en algún momento su padre se daría cuenta que lo extrañaba e iría a verlo. Como hoy.

Ya casi llegaba a las puertas de salida, se imaginaba el gran abrazo que le daría a su papá después de tanto tiempo. Bajó los escalones mirando hacia todos lados. Nada. Está retrasado es solo eso, pensó. Se sentó en el pasto recién cortado que se extendía a los dos costados del sendero de entrada, y esperó. La gente se dispersaba y siguió mirando, nada. No puede hacerme esto, no, tiene que venir, pensó, y enseguida otra voz en su consciente le dijo “No va a venir, no te quiere, no le importas”. Sacudió la cabeza y sus cabellos negros se revolvieron. Entonces vio una camioneta gris que se detenía en doble fila con las luces parpadeantes. Su corazón se aceleró. Saltó del pasto y corrió hacia la vereda con entusiasmo. Pero al llegar, no fue su padre el que bajó de la camioneta para abrazarlo, sino una mujer que le hizo señas a una niña un poco menor que él para que subiera a la camioneta. Erick bajó la cabeza y caminó hasta su casa. En ese trayecto sintió algo que nunca antes había sentido, era doloroso, triste. Y por primera vez llegó a creer que su padre no lo quería, es más, se creyó que seguramente se había casado con otra mujer que tenía hijos  y que estaba jugando en el parque con ellos, que los dejaba conducir su camioneta gris sobre su falda…Tonterías, pensó. Igualmente, sus ojos se llenaron de lágrimas que cayeron silenciosamente por sus mejillas.

Al llegar a su casa, mamá no estaba porque había ido al banco así que atravesó el jardín hasta llegar al patio trasero, allí levantó a alfombra, que estaba al pie de la puerta de la cocina, sacó la llave e ingresó. En la casa reinaba una paz tranquilizadora, se secó las lágrimas con la manga de su buzo y fue hasta su habitación, allí dejó la mochila, sacó el regalo de Rick y fue hacia el living para probarlo. Jugó hasta que escucho las llaves girando en la cerradura  de la puerta delantera.

Su madre entraba con una caja debajo del brazo derecho y la cartera en el otro. Al verlo ella se asombró, dejó la caja en el suelo y lo abrazó.

No le dijo nada, ni siquiera por el videojuego pausado en la pantalla, no había nada que decir. Se miraron en silencio por dos segundos, entonces la caja hizo un ruido, mejor dicho, algo dentro de la caja. Erick se sobresaltó y su madre sonrío un poco, casi forzadamente. Se acercó, tomó la caja y se la dio a su hijo.
-          Feliz cumpleaños mi amor.

Erick miró dentro de la caja y encontró una bola de pelos negra con blanco que se movía sin parar. Una cabeza se asomó y una lengua rosada comenzó a lamerle las manos, luego ladró. Nunca había visto un cachorro más hermoso.

-          Mamá…es hermoso, gracias. –La besó.
-          Iba a comprarte otra cosa, pero saliendo del banco había una mujer regalándolos y bueno…pensé que era mejor que algo material. Sé que es una boca más que alimentar…pero bueno, nos arreglaremos, encontraremos la forma.
-          ¿Es macho? –Le preguntó mientras lo acariciaba.
-          No, hembra. ¿Qué nombre le vas a poner?
-          Todavía no lo sé.
Todavía sonreían cuando el teléfono sonó, su madre se incorporó violentamente y tomó el teléfono.
-          ¿Si?
-          Jennifer, perdóname, en serio, no pude ir…
-          Conmigo no tenés que disculparte. –Dijo frunciendo el ceño.
-          Pasame con él.
-          No, vas a tener que venir a disculparte y explicarle por qué sos tan mierda en su cara.
-          Vamos Jen, no puedo, estoy trabajando…
-          Andate a la mierda, vos y tu estúpido trabajo, por dios Mike, es tu hijo, acaba de cumplir once años y vos… -Lanzó un grito de furia.
-          Jen…
-          Hijo de puta –Estrelló el auricular con violencia contra la pared, que quedó balanceándose en el aire. Luego rompió a llorar.

Erick se acercó y la abrazó. Entonces encontró la palabra para definir lo que sentía en ese momento. Decepción. Y aunque esa no fue la única vez en su vida que lo sintió en los años de su vida, esa vez fue la peor de todas. Siempre había creído que su padre era una buena persona, que lo quería y que siempre estaría a su lado. Pero su padre lo había decepcionado de tal forma (había hecho llorar a mamá una vez más) que sentía que se quebraba por dentro. ¿Era posible que un niño de tan solo once años se sintiera así? Madre e hijo se miraron a los ojos por unos segundos y entendieron que ahora, eran ellos dos contra el mundo. Erick acarició a su nueva perrita que comenzó a correr, se resbaló con el piso y se chocó una pared. No, somos tres contra el mundo. Y aunque ambos estaban destrozados no pudieron evitar reír.

Vera Miszka.


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