Rick es un hombre de treinta años, es profesor en la
facultad de psicología, no está casado ni tiene hijos, vive solo con su perro
Freud. Su vida se básicamente es ir a
dar clase, tomar café en el descanso, volver al departamento en su auto, darle
de comer a Freud y leer. Rick lee mucho desde que era chico. Siempre fue una
persona solitaria, pocos amigos, que ve de vez en cuando y con las chicas nunca
tuvo algo serio. Pero él no es una
persona infeliz. Siempre se las ha arreglado solo, desde que era pequeño.
La historia de Rick comienza una tarde ventosa de otoño,
cuando al nacer su madre lo abandona en un orfanato en el que Rick vivirá los
primeros doce años de su vida. En ese tiempo Rick verá cómo niños afortunados
son adoptados (siempre son los más pequeños) y cómo otros se quedarán esperando
ese día en que alguien los saque de allí para vivir como una familia de verdad.
Jeremy es uno de ellos. Se la pasa hablando de cómo llegarán a adoptarlo, a
veces su madre es rubia, a veces es morocha, otra veces su padre es corredor de
autos de carreras y otras veces es bombero. Cosas de chicos. Desafortunadamente, nadie nunca adoptará a
Jeremy, y con dieciséis años se marchará a sobrevivir solo en las calles. Rick no supo más de él desde el día en que
Albert y Leila lo vinieron a buscar. Ese fue uno de los días más importantes de
su vida. Albert y Leila tenían un hijo de veinte años, Martin, que no veían
desde que lo habían echado de la casa. Martin era un chico problemático, se
había vuelto adicto a la marihuana y sus padres se habían cansado de hacer de
todo para que se recuperara, ya habían perdido la cuenta de las veces que lo
habían llevado a rehabilitación. Después de pasar años lidiando con esta
situación, Leila decide adoptar a un niño, tarda dos meses en convencer a
Albert y juntos comienzan a hacer los trámites en cuanto conocen a Rick.
El día en que van a llevar a Rick a casa por primera vez,
fue el comienzo de una vida feliz para los tres. La vida era buena en la casa
de Albert y Leila. Leila hacía unas comidas riquísimas, por primera vez iba a
una buena escuela. En el orfanato tenían maestros, pero se notaba que en
realidad no les importaba si los niños aprendían o no. Y por primera vez, Rick
tenía muchos libros para leer, Albert tenía una biblioteca llena. Un día se
puso a mirarlos buscando algo para entretenerse, justo tenía uno en las manos
que le había interesado de un tal Freud, cuando Albert se acercó y le dijo que
para chicos de su edad esos libros resultarían aburridos.
-
Albert ¿igual puedo leer éste? Es de un
tal…Freud. –Le dijo Rick.
-
Se dice “Froid”, Rick –Dijo Albert sonriendo-
leelo si querés…-Se quedó pensando un momento. –Ahora vuelvo.
Al rato, Albert apareció con una caja llena de libros y le
dijo a Rick que habían sido de Martin y que ahora eran suyos.
Todo iba bien y lo fue por años. Rick egresó de la escuela
secundaria y estaba por ingresar a la facultad de psicología cuando ocurrió el
accidente. Ese día el sueño feliz terminó y empezó la pesadilla. Resulta que
Martin había tenido una sobredosis y estaba en el hospital. Lo habían traído
unos chicos universitarios que pasaban justo por el parque donde se encontraba
Martin a las tres de la mañana. De alguna manera habían contactado a Albert y
Leila que inmediatamente salieron para allí, dejando a Rick solo en la casa.
Fue la última vez que los vio. Tuvieron un accidente en el camino, un conductor
borracho los chocó y murieron en el acto. Martin murió también esa noche.
Rick estuvo solo desde entonces, se quedó con la casa de sus
padres adoptivos y vivió ahí por un tiempo, luego no lo soportó más y la
vendió, se compró un departamento y consiguió un trabajo temporal en una
librería para mantenerse mientras estudiaba en la facultad. Años después se recibió de psicólogo, estuvo
unos años trabajando en una clínica y luego se dedicó a la docencia en la
facultad. Un día de esos, encontró un perrito abandonado en la puerta de la
facultad. Era un día lluvioso y el cachorro intentaba entrar en el edificio
para refugiarse de la lluvia, pero las personas no lo dejaban pasar. En cuanto lo vio, Rick, no pudo resistirse y
se lo llevó a su casa. Así conoció a Freud.
El tiempo pasó y de pronto, Rick se encontró con que tenía treinta años.
Una noche, Rick se había dormido con un libro en las manos. Su
mente lo transportó a un lugar donde había muchos pasillos y puertas, algunas
de ellas cerradas. El pasillo era
interminable, veía una puerta al final, pero le costaba llegar y cuando lo hizo
se dio cuenta que no era una puerta, sino un espejo y su reflejo. Su reflejo
era de un niño de ocho años. Su reflejo reía. Pero Rick no sabía de qué.
Entonces todo se volvía de color verde. Los ojos de Rick y su reflejo de niño
se encontraban, sus miradas se conectaban. Ambos estiraban sus brazos y el niño
Rick sacaba su pequeña mano a través del espejo, tomando la mano de Rick
adulto, que se dejaba llevar y atravesaba el espejo, sentía que caía. En ese
instante despertaba, pero no en su dormitorio con Freud a los pies, estaba en
una cama incómoda, fría y escuchaba respiraciones profundas de niños durmiendo,
algunos roncaban. Se sentó de repente, al adivinar donde estaba, se quedó
observando la oscuridad. Volvía a estar en el orfanato. Rick se sobresaltó a
escuchar un sonido y se quedó inmóvil, lo escuchó nuevamente, se tranquilizó, él
conocía ese sonido. Se bajó de la cama, emocionado y lo vio. Era Pucky, su
amigo imaginario, que ahora tenía forma de ciervo, sus ojos estaban tristes. Cuando Rick se
acercaba, Pucky se daba media vuelta y
comenzaba a alejarse de él. Rick nunca supo qué era Pucky, porque siempre
estaba cambiando de forma, pero él siempre lo reconocía por sus ojos celestes.
Ahora se preguntaba por qué lo miraba de esa forma. Comenzó a seguirlo.
Atravesaron la habitación, caminando entre las camas en donde algunos niños
soñaban, otros tenían pesadillas. Y mientras seguían caminando, porque parecía
que iban en cámara lenta, algunos desaparecían, otros se quedaban. A los que se
quedaban les empezaban a quedar chicas las camas. Se despertaban sobresaltados,
y con la luz que emanaba Pucky, Rick les veía los rostros sin ningún rastro de
esperanza. De repente, Pucky se detuvo y la luz desapareció.
Todo estaba oscuro
y solo se escuchaba las respiraciones de los pocos niños que quedaban, niños
que ya no eran niños. Cada vez las se oían más fuertes, se convertían en
susurros, en llantos, que aunque Rick se tapara los oídos con ambas manos
apretando su cabeza, no se callaban. Ahora eran gritos desesperados, Rick no
podía entender que decían porque gritaban todos a la vez. Entonces todo se
volvió celeste, porque Pucky estaba allí, en forma de un ave, que volaba por
toda la habitación, que no era el orfanato, era su dormitorio. Luego de dar
unas vueltas, se posaba en su cama y se transformaba en una serpiente que
comenzaba a arrastrarse hacia él. Rick tenía mucho miedo, porque Pucky nunca lo
había mirado así, con tanto odio. Cuando llegaba hasta él, se detenía justo
enfrente de su cara y se quedaba ahí, mirándolo, sacando la lengua y Rick solo
deseaba morir en ese instante…
Se despertó sobresaltado y confundido, encendió el velador,
miró el reloj y eran las tres de la madrugada. El libro que estaba leyendo
cuando se durmió se había caído al suelo, las sábanas y las frazadas estaban
enroscadas, parecían serpientes. Se
levantó, fue hasta al baño, se miró en el espejo y vio que tenía las mejillas
empapadas de lágrimas. Nunca había tenido un sueño tan vívido en su vida, pero
se convenció de que era solo eso, un sueño. Orinó y volvió a acostarse. Se
acordó de Freud y lo buscó, pero no lo encontró, fue a la cocina, al comedor,
al balcón, a su dormitorio, nada. Se sentó en el sillón, pensando qué hacer,
cuando oyó un sonido raro que provenía de su dormitorio. Fue hasta ahí,
llamando a Freud, y cuando llegó se
encontró con la ventana abierta. La
cerró, y siguió llamando a su perro,
cuando escuchó otra vez el sonido, le era familiar pero no sabía de dónde, no
podía recordar. Estaba de espaldas a la
ventana cuando algo impactó contra la ventana, la destrozó, entró en la
habitación volando expulsando una luz celeste. Era un dragón enorme, que se
posó sobre el ropero de Rick y lo miró, con sus ojos celestes. Entonces Rick
recordó, pero Pucky seguía furioso, porque se había olvidado de él todos estos
años, porque lo había dejado ahí, en el orfanato, solo, junto con todos esos
niños que no lo podían ver. Rick se disculpó, pero era demasiado tarde. Pucky
se elevó y enormes llamas de fuego de todos colores llenaron la habitación.
Rick intentó correr, pero estaba acorralado, el fuego estaba en todas partes.
Pucky seguía lanzando fuego, a Rick lo
envolvieron las llamas que comenzaron a consumirlo. Cuando todo acabó y todo era cenizas, Pucky
se elevó, salió volando por la ventana y
desapareció.
Horas después, Marta, una anciana que vivía en el
departamento de enfrente al de Rick, se despertó por los ladridos de Freud en
su puerta. Vinieron policías y bomberos, periodistas y gente del barrio. La
policía determinó que Rick se había suicidado y nadie lo cuestionó, porque Rick
no tenía familia y sus amigos no conocían mucho de su vida. Marta se quedó con Freud, que murió de viejo
años después.
Nunca olvides a tus amigos imaginarios.
Vera Miszka

Wow, ha sido un relato muy siniestro pero me ha gustado mucho! vaya, además ese nombre tan adorable "Pucky" para algo tan feo sirve para ponerle a uno la carne de gallina.
ResponderEliminarEspero leer más de ti :) Por aquí me quedo y gracias por visitar mi blog n.n
Un saludo!
Me alegro que te haya gustado, gracias c:
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