miércoles, 2 de diciembre de 2015

Cambiar el universo

El día se despedía lentamente bajando un telón de colores que pintaba el cielo. Ella lo miró detenidamente, apreciando cada segundo, porque esa era una de las pocas cosas que todavía podía apreciar. Esperaba el colectivo pacientemente, hipnotizada por ese ocaso tan mágico. Se avecinaba la oscuridad. Y entonces, las luces de los autos se volvían destellos, que se acercaban y se alejaban. Reconoció el colectivo por su ruido tan característico, del que todas las sombras conocemos, y partió rumbo al lejano hogar. Las sombras ocupaban todos los asientos, así que se quedó parada, mirando por la ventana las miles de casas pasando rápidamente por como una cinta transportadora y adentrándose cada vez más en sus pensamientos, de los que ya no le pertenecían porque hacía rato de que ellos se habían vuelto dueños de ella.

De pronto le asaltó una idea tan rápida que fue como si le pegaran una patada en el estómago, tuvo que contener las ganas de doblarse y caerse al suelo. Cerró los ojos e imaginó el universo cayendo a toda velocidad e infinitamente. Pensó que tal vez todo se estaba desmoronando, que estábamos transitando una caída hacía al vacío, que en algún momento íbamos a llegar al fondo, chocar contra él y desaparecer junto con todo. La idea de que nada existiera jamás le adormeció las piernas y sintió como si la cabeza le diera millones de vueltas. ¿Y si algún día todo se termina? Ya no hay más vida, no hay más estrellas, lunas ni soles, días ni noches, ni tiempo. No hay tampoco partículas ni moléculas. Solo la nada misma.

De repente su mirada reparó en un niño que no debería tener más de dos años. Iba sentado encima de su madre jugando con unos lentes de sol demasiado grandes para su pequeña cabecita mientras se reía. En un momento se los sacó y ambos se miraron. El niño abrió los ojos asombrado, acercó su diminuta manito hacia ella y le acarició los dedos que estaban fuertemente aferrados al asiento. No supo cuánto tiempo duró ese momento. Tal vez fue solo una milésima de segundo. Se miraron tan fijamente que ella quedó atrapada en sus ojos grandes y brillantes. Vas a cambiar el universo, le dijo con la mente. Entonces descubrió su propio reflejo, su rostro plasmado en esos dos ojos como espejos. Y entendió que lo que había dicho, no se lo decía ni más ni menos, que a ella misma.


Vera Miszka


domingo, 5 de julio de 2015

El camino de la cornisa

Camino por una cornisa. A mi izquierda un edificio con ventanas yace en el medio de la noche, a mi derecha, el vacío. Con mis pies descalzos siento el frío del mármol. El viento sopla, amenazante. Avanzo lentamente, un pie delante del otro. Voy pasando por las distintas ventanas del edificio. En la primera, un niño en el suelo juega con sus juguetes. Concentrado, hace volar aviones, conduce autos, crea su propio mundo, y vive en él con alegría. Sigo caminando hasta que llego a la segunda ventana. En esta visualizo una cocina, en la que una mujer con delantal, revuelve la cacerola con una cuchara de madera. De allí sale un olor exquisito. Me recuerda a mi madre cuando cocina y llena la casa de esos aromas de los que están hechos las familias. Avanzo. La próxima ventana está muy iluminada. Me detengo para mirar. Allí una pareja se besa apasionadamente y de fondo se escucha una melodía que dan ganas de danzar. Al final, el beso termina en un abrazo profundo. Y pienso, qué bello es amar. El hombre, aun abrazando a la mujer, comienza a mecerse. Y de pronto el abrazo se convierte en una danza, la danza del amor. La música se termina pero ellos siguen danzando, en silencio, mirándose, haciendo el momento eterno.

Yo sigo mi camino. Primero un pie, luego el otro y así sucesivamente. Hasta que llego a la última ventana. Esta tiene una luz tenue. Parece oscura. La ventana está abierta y el viento entra como un intruso, haciendo ruido y molestando a las cortinas, que se alborotan violentamente. Escucho un ruido, parece un quejido. Mis ojos se acostumbran a la oscuridad de la habitación y logro ver una cama. Una silueta encima de ella, parece una bola meciéndose lentamente. Luego oigo el llanto. Comienza siendo bajito, como un susurro y se va haciendo más fuerte. Es tan profundo que siento unas lágrimas cayendo por mis mejillas. Quiero entrar, abrazar a esa persona y aliviar su dolor. Pero estoy paralizada. La silueta comienza a gritar, se sacude violentamente. Grita y se abraza con fuerza, con odio. La tristeza se ha convertido en odio. El dolor se manifiesta en un deseo por la muerte. Y, de repente, se hace silencio. Hasta el aullido del viento se calla. Entonces escucho unos pasos, rápidos como los de una rata escabulléndose. Siento el peligro.


La mujer aparece del otro lado de la ventana. Me ha descubierto, me mira fijamente. Sus ojos están irritados y exageradamente abiertos, junto con las ojeras le dan un aspecto macabro. Un relámpago produce un destello por unos segundos antes de que empiece a llover torrencialmente. En esos segundos logro ver su cara iluminada. Me invade el terror al descubrir que aquella mujer que me observa no es más que mi propia imagen. Ella también me identifica. Nos miramos fijamente, asombradas. Alzamos las manos, nos las rozamos suavemente. Tocamos nuestros rostros, los recorremos. Así nos descubrimos, nos encontramos. De repente, mi propio reflejo me sonríe. Pero no de alegría. Sus cejas se inclinan, formando una mueca horripilante. Los ojos inyectados en sangre se clavan en mí como dos dagas. Lentamente, levanta las manos. Me toma de los brazos con fuerza, me estruja como si fueran hojas secas de otoño. Grito de dolor, de miedo, de angustia. Y entonces puedo sentir como mi cuerpo pierde el equilibrio. Siento el empujón, las manos me sueltan y la caída se vuelve eterna. El vacío me absorbe, me transporta hacia lo desconocido. Cierro los ojos. Puedo sentir los últimos minutos, recuerdo las ventanas. Las gotas de lluvia me atraviesan, el viento me envuelve. Luego, todo termina. Ya no hay más dolor, para ninguna de las dos.


Vera Miszka


lunes, 22 de junio de 2015

La isla de las serpientes

Me encuentro en un sueño, del que no puedo salir.
Camino sobre el agua, descalza y despreocupada. Hasta que llego a una isla pequeña y conformada por negras rocas que se apilan hasta tocar el cielo. Está calma y silenciosa.
Estoy en la orilla, observando las extrañas formas de las rocas, cuando empiezan a salir de ellas serpientes que sisean y se precipitan hacia mí. Son tantas que mi mente asocia que la isla está hecha de serpientes, que se enroscan y desenroscan. Es entonces cuando miro mis pies desnudos, y veo una serpiente pequeña intentando subirse a mi pie. La esquivo delicadamente y comienzo a rodear la isla, intentando alejarme.
Si bien vine caminando sobre el agua, ahora sé que ya no puedo hacerlo y no hay forma de escapar. Sigo rodeando la isla, esquivando las serpientes. En ese momento me encuentro con una mujer que está agachada y de espaldas a mí. De repente me doy cuenta que yo, no soy yo, que soy otra persona, porque frente a esta mujer me encuentro yo, mirándome a mí misma. Estoy  sentada frente a esta mujer, que me ofrece un frasco que contiene un líquido de color piel. Mientras, parte de mí, dentro de esta persona que no sé quién es, observa como tomo este frasco y lo acerco a mi boca para beberlo. Entonces tengo un mal presentimiento, de alguna manera sé que ese líquido es veneno. Sin pensarlo, me doy vuelta y salto a una roca, y luego a otra, sin tocar el agua, alejándome sin mirar atrás.
Y así es como me abandoné a mí misma en la isla de las serpientes.



Vera Miszka

sábado, 31 de enero de 2015

El regreso a casa




Estoy acampando sola, en la oscuridad. Es tarde, y aún no puedo dormir. Oigo los sonidos que hacen los animales y la brisa, ese silbido que hace el viento siempre como anunciando que algo está por venir.


Hoy me desperté en mi cama, pensando que tenía que venir a acampar. Apenas lo supe me organicé todo para ir. Ahora acá estoy. Ni siquiera tengo una explicación. Solo lo hago porque siento que debo hacerlo. Es como si algo me llamara. Sí, creo que recuerdo haber soñado con este lugar. Recuerdo un susurro que no entiendo pero continúa sonando, no se detiene.


Es entonces cuando lo vuelvo a escuchar. Abro los ojos, pensando que estoy soñando. Después de unos segundos lo oigo otra vez, suena como si el viento me hablara. Entre esos sonidos de lengua extraña escucho mi nombre. La frase se repite, una y otra vez. Prendo la luz de la linterna, me quedo quieta y atenta. Comienzo a ver sombras por las paredes de la carpa. El sonido se vuelve más fuerte.


Hoy me desperté, sintiendo que debía buscar algo, pero no sé qué es. Ahora, muchas horas después, siento que debo salir a buscarlo.


Rápidamente, me pongo un abrigo y las zapatillas. Salgo con la linterna en una mano, me detengo a observar al rededor y luego comienzo a caminar.


Los grillos les cantan a la luna. Algunas lechuzas conversan con las estrellas. Todos los sonidos se combinan en una melodía hermosa, pero a la vez, misteriosa.


Después de caminar un rato, veo una luz a unos metros. Sin saber por qué me acerco hacia ella, estoy a punto de tocarla. Estiro los dedos cuando, de repente, comienza a alejarse rápidamente. Empiezo a correr detrás de ella, pero cada vez va más rápido. Nunca puedo alcanzar la luz. Los pies me duelen, siento ramitas que se me clavan en los pies. Pero no me importa, yo sigo corriendo la luz. Cada vez está más lejos, hasta que la pierdo de vista. Entonces me detengo. Me doy cuenta que no tengo a linterna, se me debe haber caído en el camino. Todo está oscuro. Casi no puedo ver. Además los animales se han callado por una extraña razón.


Comienzo a oír el susurro otra vez, esa combinación de palabras inentendibles, esa frase con mi nombre. Que me llama, que me reclama. Lo escucho a mis espaldas. Me doy vuelta y allí está la luz, ahora titila y está quieta. Cuando me acerco esta vez, no se mueve y cuando la toco comienza a girar a mi al rededor, produciendo ese sonido cada vez más seguido. Cada vez más veloz me da vueltas. Comienzo a sentir que mis pies se separan del piso. Miro hacia abajo y compruebo que me estoy elevando. Los árboles se van volviendo cada vez más pequeños. Las estrellas se ven más claras desde acá. Y ya no siento frío ni temor. Mis pies bailan en el aire. Y el sonido que reproduce la luz se vuelve una melodía relajante. Elevarse es como respirar, es como un suspiro.


No puedo evitar sentirme feliz, sin preocupaciones. Sólo sé que todo va a estar bien.






Vera Miszka

miércoles, 14 de enero de 2015

La sombra sin nombre



Ahora lo veo en todas partes. Desde aquel día en el café. No sé quién es ni qué quiere de mí. Pero siempre esa silueta. Siempre parado de la misma manera. Siempre alejado. Entre la gente como un ser invisible. No necesito verlo para saber que está ahí, aunque con frecuencia lo miro, oculto entre las sombras. Siento su presencia. El corazón comienza a latirme más fuerte, se me pone la piel de gallina.
Aquel día refugiada en el café, luego de verlo por primera vez, me levanté para ir al baño. Allí frente al espejo sequé mis lágrimas, intenté calmarme mirando mi propio reflejo, dándome palabras de ánimo con poco efecto. Y cuando salí estaba parado a tan solo unas mesas de la mía, observándome. Pasé a su lado, intentando disimular mi desesperación, tratando de pasar desapercibida.  No pude divisar su rostro. Parecía una sombra, llegué a creer que lo era. Llegué a creer tantas cosas, menos lo que terminó sucediendo.
Desde entonces, vivo huyendo, de una sombra sin nombre. Así lo llamo. Ya perdí la cuenta de las veces que me he mudado, de las ciudades que he visto. Pero él siempre me encuentra. Porque se ha transformado en mi propia sombra, siguiéndome a todas partes. A cualquier lado que voy, él está ahí, acechándome. Tanto tiempo he vivido así, asustada, acechada como una presa. Él está esperando, el momento correcto  para caer sobre mí y envolverme con sus garras, lo sé, lo siento en mis huesos. Es tiempo de que haga algo más, es tiempo de dejar de huir. Huir no soluciona las cosas, en algún lado leí esa frase.
Así que aquí estoy, en el café donde todo comenzó. En cualquier instante sentiré su presencia. Sí, creo que lo siento aproximarse. Mi corazón avisa. Pero esta vez estoy más asustada que nunca. Estoy a punto de enfrentar mi peor miedo.  Lo veo de reojo. Me levanto y salgo afuera. La nieve cae silenciosamente. Estoy a unos pasos. Me duele caminar, me duele internamente, pero igual lo hago. Avanzo entre la nieve, entre la oscura tarde.  Entonces ya teniéndolo en frente mío, levanto la cabeza y lo miro, fijamente. Me tiembla todo el cuerpo. De repente me encuentro con mi propia imagen. No lo entiendo. Mis propios ojos me miran con lágrimas en los ojos llenos de confusión, miedo y desesperación. Intento decir algo, pero no puedo. De mi boca solo sale una nube de vapor que se extingue en el aire. Es la sombra, que ya no es la sombra, sino una copia de mí misma, la que rompe el silencio. Con las cejas fruncidas y gesto amenazante me dice:
-          Deja de seguirme, sombra sin nombre.
Luego se da vuelta y desaparece entre los copos de nieve.



Vera Miszka